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– Háblame de su carnet de conducir -dijo Liz, buscando su bolígrafo y su libreta de notas en la mesita de noche.

– A nombre de Lucy Wharmby, de veintitrés años, nacida en el Reino Unido. Dirección: diecisiete A de Avisford Road, Yapton, West Sussex. La fotografía muestra a una mujer caucásica, pelo castaño y rostro oval sin marcas distintivas.

– Sigue -la animó Liz, aunque segura de lo que venía a continuación.

– El carnet de conducir, junto a tarjetas de crédito, dinero en metálico, un pasaporte y otros documentos, fueron robados en Karachi, Pakistán, el pasado agosto. Nuestro consulado tiene una denuncia a ese respecto. Lucy Wharmby es una estudiante del West Sussex College of Art and Design de Worthing, y poco después de terminar el último trimestre académico se le tramitó un carnet nuevo que sigue en su poder.

– ¿Has contactado con ella?

– La llamé por teléfono. Está en su casa de Yapton, donde vive con sus padres. Su teléfono está en la guía y dice que no ha visitado Norfolk en toda su vida.

– ¿Y las cámaras de seguridad de Avis?

– Bueno, tardamos un poco, pero acabamos localizándola en las cintas. La cliente es una mujer de más o menos la misma edad, y vestida de forma expresa para engañar a las cámaras. Llevaba gafas de sol y una gorra calada hasta las cejas, así que no se distinguen bien sus rasgos. Una parka larga para disimular su figura, una pequeña mochila y una maleta tipo roller. Todo lo que puedo asegurar es que es blanca y que mide entre metro setenta y metro setenta y cinco.

– La invisible -susurró Liz.

– ¿Perdona?

– No, nada… pensaba en voz alta. Que todo el equipo se vuelque en esto, ¿puedes arreglarlo con Wetherby?

– Claro. ¿Qué más?

– Quiero la lista de pasajeros del Eurostar inmediatamente anterior a la visita de la mujer al local de Avis. Busca el nombre de Lucy Wharmby en la lista; si no lo encuentras, revísala de nuevo. Buscamos a una ciudadana británica, cuyo pasaporte indique una edad entre los diecisiete y los treinta años, y que haya utilizado su propio pasaporte para viajar. Así que primero selecciona las mujeres de entre diecisiete y treinta años. Eso te dará una lista bastante larga (seguro que el tren estaba lleno de gente que regresaba a casa por Navidades), pero todas tienen que ser revisadas y estudiadas. Consigue sus teléfonos y, si es necesario, que colabore la policía local. ¿Dónde estaban esas mujeres el lunes por la noche? ¿Qué han estado haciendo desde entonces? ¿Dónde están ahora?, etcétera.

– De acuerdo.

– Llámame en cuanto encontréis algo sobre cualquiera de ellas, algo que os suene raro: si no han estado donde deberían o si no tienen una coartada sólida para esa noche.

– Llevará algo de tiempo.

– Lo sé. Utiliza todo el personal disponible.

– Comprendido. Te mantendré informada.

– Hazlo.

Se recostó en la almohada, luchando contra la fatiga que la embargaba. Una sesión bajo la poco fiable ducha de la Temeraria, un par de tazas de café y lo vería todo mucho más claro. La persecución tomaba forma. Tenían un asesino y una invisible -un hombre y una mujer-, y ambos habían sido vistos por testigos más o menos fiables. Y tenían el coche, el Astra negro, elegido expresamente para dar una imagen borrosa en las cámaras de seguridad, al igual que la mujer había elegido su ropa por sus cualidades anónimas.

Abrió su libreta y escribió: «¿Qué? ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué?» Las cinco preguntas básicas. Y no podía responder ninguna.

34

A menos de un kilómetro de la celda donde Kieran Mitchell pasaba la noche, un Vauxhall Astra negro entró en un aparcamiento de Bishopsgate, Norwich. Faraj se apeó por la puerta del pasajero y echó una mirada a las filas de coches, los tejados georgianos y el capitel de la iglesia, mientras sacaba del bolsillo de su abrigo una lista de la compra escrita a mano. La conductora del Astra aparcó, lo cerró con el mando a distancia, buscó en sus bolsillos monedas sueltas y se dirigió tranquilamente hacia el parquímetro.

Cerca de Faraj, un hombre con un pañuelo amarillo y verde del Norwich City sacó a una niña pequeña de un viejo Volvo familiar y la ató a un cochecito MacLaren para niños.

– ¿No odia los sábados por la mañana? -preguntó sonriendo y señalando con la cabeza la lista de Faraj.

Este le devolvió la sonrisa forzadamente, sin comprender nada.

– Las compras del fin de semana -explicó el hombre, cerrando el Volvo de un portazo y levantando el freno del cochecito con el pie-. Al menos el Aston Villa juega esta tarde, así que…

– Exactamente -dijo Faraj, consciente del peso muerto de la PSS bajo su brazo izquierdo-. Dígamelo a mí -añadió-. ¿Sabe dónde puedo encontrar una buena tienda de juguetes?

El otro frunció el ceño.

– Depende de lo que quiera. Hay una bastante buena en St. Benedict's Street, a unos cinco minutos caminando. -Y señaló hacia el oeste.

Una mujer tomó del brazo a Faraj y le cogió la lista de la compra mientras escuchaba las últimas instrucciones.

– Ha sido muy amable -dijo sonriendo al hombre y agachándose para recoger la muñeca de goma que la niña del cochecito había dejado caer.

– Se llama Angelina Ballerina -dijo la niña.

– ¿Ah, sí? ¡Santo Cielo!

– Y tengo el vídeo de Barbie y el Cascanueces.

– ¡Qué bien!

Unos minutos después, todavía cogidos del brazo, los dos llegaron a una tienda en cuyo escaparate un Papá Noel con una barba blanca de algodón iba montado en un trineo lleno de videojuegos, sables-láser de Star Wars y los últimos productos relacionados con Harry Potter.

– ¿Ocurre algo? -preguntó Faraj.

– Nada. ¿Por qué?

– Estás muy callada. ¿Algún problema? Necesito saberlo.

– Estoy bien.

– Entonces ¿ningún problema?

– Estoy bien, ¿vale?

En la tienda, que era pequeña, con la calefacción demasiado alta y atiborrada de gente, tuvieron que esperar casi un cuarto de hora para que los atendieran.

– Silly Putty, por favor -dijo la mujer cuando les tocó el turno.

El joven dependiente, que llevaba una nariz de plástico rojo y un sombrero de Papá Noel, buscó tras la caja registradora y le alargó una pequeña caja de plástico.

– Yo… bien, necesito veinte -aclaró ella.

– ¡Ah, la temible bolsa para fiestas! Disponemos de bolsas estándar para fiestas si le interesa. Babas verdes, huevos de orco…

– No, sólo… sólo quiero los Silly Putty.

– No hay problema. Marchando veinte Puttys de la variedad Silly. Uno, dos, tres…

Cuando ya seguía a Faraj para salir de la tienda con su bolsa de la compra en la mano, el dependiente la llamó:

– Perdone, se deja su…

El corazón de la chica se detuvo. Él le enseñaba su lista de la compra.

Se abrió camino de nuevo hacia la caja registradora disculpándose y recogió la lista. Las palabras «gelatina clara, isopropanol, velas y limpiadores de pipas» eran claramente visibles. Los dedos del dependiente tapaban el resto.

Una vez fuera, mientras aferraba la lista y la bolsa, Faraj la observó con furia controlada desde debajo de la visera de su gorra de los Yankees.

– Lo siento -susurró ella con los ojos húmedos-. No creo que se acuerde de nosotros, estaba muy ocupado.

Pero su corazón latía desbocado. La lista parecía bastante inofensiva, pero a cualquiera con un mínimo de experiencia militar le enviaría un mensaje inequívoco.

– Recuerda quién eres -dijo él con tranquilidad, hablando en urdu-. Recuerda por qué estamos aquí.