– ¿Qué hacía en París?
– No lo sabemos. Ha estado fuera de su casa toda la mañana.
– Tiene posibilidades.
– Ya. La policía de Somerset ha enviado agentes para que la esperen.
– ¿Algo más del resto?
– Cinco de ellas han comentado a sus vecinos que salían de compras navideñas. Es todo lo que tenemos por ahora.
– Gracias, Jude. Llámame cuando haya algo más.
– Lo haré.
A las 12.30, tras recibir una llamada de Steve Goss, Liz fue al centro cultural, donde reinaba una atmósfera de tranquila urgencia. Habían colocado más sillas y mesas, y media docena de pantallas de ordenador lanzaban su pálido brillo contra las abstraídas caras de unos agentes que no conocía. Goss, en manga corta, hablaba por teléfono pero le hizo señas de que se acercase.
– Una pequeña gasolinera en las afueras de un pueblo llamado Hawfield, al norte de King's Lynn.
– Adelante.
– La tarde anterior al asesinato del café Fairmile, pasadas las seis de la tarde, una joven pagó con dos billetes de cincuenta por llenar su depósito de gasolina sin plomo, más varios litros que se llevó en un bidón de plástico. El dependiente lo recuerda porque la chica se manchó las manos y el abrigo de gasolina (dice que era una especie de chaquetón de esquí o de excursionista) mientras llenaba el bidón. Él se lo comentó, pero ella no le hizo caso y le pagó como si no lo hubiera oído, así que pensó que quizá fuera sorda. También compró una guía A-Z de Norfolk.
– Es ella. Tiene que ser ella. ¿Hay cámaras de seguridad?
– No. Seguramente eligió la gasolinera por eso, pero el chico recuerda su aspecto. En la veintena, ojos grandes, cabello castaño sujeto con una goma elástica, bastante atractiva y hablaba con lo que describe como «un acento bastante pijo».
– ¿Aún conserva los billetes de cincuenta?
– No. Los ingresaron junto con toda la recaudación hace un par de días, pero Whitten ha enviado a un dibujante de la policía. Está con el chico del garaje haciendo un retrato-robot.
– ¿Cuándo lo tendremos?
– Nos lo enviarán por correo electrónico dentro de una hora.
– La tenemos delante de las narices, Steve. Prácticamente puedo olerla.
– Sí, yo también. Con petróleo y todo. La compra de la guía sugiere que, sea lo que sea que estén preparando, tendrá lugar aquí. ¿Alguna novedad de Londres?
– Han reducido las sospechosas a una docena aproximadamente. ¿Alguna noticia del Astra?
– No, y yo no esperaría mucho del coche. Hemos hecho circular los detalles y el número de matrícula por todas las comisarías del país, pero… Bueno, con los coches has de tener mucha suerte. Normalmente, sólo los encontramos cuando los abandonan.
– ¿Podemos insistir para que todos los policías del país busquen ese Astra negro como prioridad absoluta?
– Por supuesto.
– Y deberíamos vigilar todos los coches parados en las carreteras de acceso a las bases aéreas norteamericanas.
– Mackay ya lo ha sugerido y Whitten está en ello.
Liz miró alrededor.
– ¿Dónde está Mackay?
– Le dijo a Whitten que se acercaría a Lakenheath para hablar con el comandante de la base.
– Sí, claro -susurró Liz. «Buena forma de no dejarme de lado», pensó.
– Dicen que en esas bases sirven muy buenas hamburguesas -añadió Goss.
– ¿Tenemos a alguien en el Trafalgar?
– Creo que sí.
36
Mientras volvían de Norwich, vieron dos coches de policía. Estaban aparcados en un cruce de la A-1067 y la carretera de circunvalación cuando un Rover rojo sin distintivos pero con una larga antena sobresaliendo de su techo los adelantó a la máxima velocidad permitida. Los rostros del conductor y su acompañante, y su controlado estilo de conducir tenían un inequívoco sello oficial, y ella sintió un enfermizo arrebato de miedo.
– ¡Sigue! -exclamó Faraj. Ella supuso que no había reconocido el Rover por lo que realmente era-. ¿Qué sucede?
La carretera estaba despejada, pero se aproximaba tráfico por la derecha y tuvo que esperar. Por el retrovisor podía ver el impaciente rostro del conductor que iba tras ellos; cuando tuvo el camino despejado lo dejó atrás con un brusco acelerón.
– A partir de ahora conduce con más cuidado -ordenó Faraj con sequedad-. Cuando llegue el momento, estaremos transportando material muy inestable, ¿entendido?
– Entendido -repitió ella, aspirando hondo para controlar el residuo del miedo.
– En cuanto puedas parar, conduciré yo. ¿De acuerdo?
Liz asintió. Se suponía que era importante que él se familiarizara con el coche. Si ella caía…
Si ella caía…
Afrontó la verdad y, ante su sorpresa, el peso del miedo se hizo mucho más liviano. Podían matarla, se dijo, era así de simple. Si terminaban enfrentándose al enemigo, tendrían delante a los mejores. Una unidad de la Brigada Antiterrorista o un equipo del SAS. Pero, por su parte, había descubierto que era buena, y lo descubrió en la más dura de las escuelas de entrenamiento. Las armas la obedecían moviéndose con fluidez en sus manos. El combate cuerpo a cuerpo era su especialidad, una habilidad descubierta recientemente.
Si ella caía…
Condujo en silencio durante quince minutos y al final se detuvo en una parada de autobuses de Bawdeswell. Mientras intercambiaban posiciones y ella se abrochaba el cinturón de seguridad, vio la distante luz de un coche patrulla en la rotonda que se encontraba a medio kilómetro de distancia. El vehículo de la policía conectó brevemente la sirena, tomó la salida del oeste y desapareció.
– Creo que ya es hora de librarnos de este coche -apuntó ella-. Te estuve esperando con él en el aparcamiento del área de servicio donde mataste al ladrón. Alguien podría atar cabos.
Mansoor pensó un segundo y asintió. Ella sabía que había visto y oído a la patrulla de policía.
– Necesitaremos otro.
– Estaba previsto. Alquilaré uno con mi verdadero nombre.
– ¿Y qué haremos con éste?
– Lo haremos desaparecer.
– ¿Dónde?
– Conozco el lugar adecuado.
Faraj asintió y salió de la parada del autobús controlando el Astra con suave y desdeñosa facilidad. No vieron más patrullas policiales.
En el bungalow, después de comer y de que Lucy pasara varios minutos vigilando la costa con los prismáticos, él dispuso las compras de la mañana sobre la mesa de la cocina. Ella conocía la rutina, los instructores de Takht-i-Suleiman la obligaban a memorizarla.
Tomando un bol de pyrex, Faraj lo llenó de agua y lo puso al fuego para que hirviera. Añadió dos paquetes de gelatina, que mezcló cuidadosamente con una cucharilla de postre de acero inoxidable. Se puso los guantes de cocina a rayas azules y blancas que Diane Munday había dejado allí, así como un delantal de cocinero, y apartó el recipiente del fuego. Colgó los guantes y dejó que la mezcla se enfriase un par de minutos, añadió media taza de aceite para cocinar y removió de nuevo. En la superficie empezó a formarse una delgada capa sólida. La fue recogiendo con una cuchara y dejándola en un recipiente tipo Tupperware, que más tarde metió en el congelador de la nevera. Ambos trabajaban en silencio. La atmósfera era casi doméstica.
Tras descartar el residuo y lavar el bol, Faraj comenzó a vaciar la masilla Silly Putty. Cuando tuvo una bola grande del material, la metió en el bol, se colocó nuevamente los guantes Marigold que colgaban sobre la pila y pasó a trabajar con el resto de los ingredientes. Varios minutos después, dejando que los grasosos guantes de goma colgasen del borde del bol, fue a su habitación en busca de la mochila.
El hidrómetro electrónico todavía se encontraba en su embalaje original. Las instrucciones impresas, a las que apenas echó un vistazo, venían escritas en ruso. Una segunda bolsa contenía una selección de pilas celulares envueltas en papel parafinado. Colocó una de ellas en el hidrómetro y midió la densidad de la mezcla gris rosada del bol. Insatisfecho, siguió trabajando la mezcla; primero con la mano y después con la cuchara.