Liz no dijo nada. La idea de tener que pedirle a la policía que revisase otros cincuenta nombres, con la necesidad muy posible de buscar también intérpretes, le produjo algo muy cercano a la desesperación.
– ¿Y las que no tienen pasaporte de la Unión Europea? -terminó preguntando-. ¿Cuántas mujeres tenemos entre esos márgenes de edad?
– Nueve australianas, siete norteamericanas, cinco japonesas, dos surafricanas, dos colombianas y una india.
– Olvida las japonesas, pero haz que tu equipo localice y llame al resto. Todas han tenido que dejar una dirección en la oficina de Inmigración de Waterloo. Buscamos a alguien con acento inglés, ¿de acuerdo? Con acento «un tanto pijo», como ya te dije. Cualquiera que responda a la descripción. Y… hum, ¿podrías hacer algo más? Codifica y envíame por correo electrónico la lista de pasajeros dividida por edad, género y nacionalidad. Y que el equipo trabaje toda la noche si es necesario.
– Por supuesto.
Diez minutos después, repasaba la lista con el portátil en su habitación del Trafalgar. Eran las 2.30 horas.
«¿Qué hemos pasado por alto? -se preguntó contemplando la pantalla-. ¿Qué hemos pasado por alto?» En algún lugar de aquella lista de nombres en blanco y negro estaba el de la invisible.
«Piensa. Analiza. ¿Por qué querría entrar en el país con otro nombre? Porque, quien sea para el que esté trabajando (cualquier célula de cualquier red terrorista) habrá insistido en ello. Nunca se arriesgarían a utilizar documentación falsa y comprometer así la operación si no fuera absolutamente imprescindible. La transparencia es un elemento vital de la invisibilidad.»
Entonces, ¿por qué utilizar un carnet de conducir robado para alquilar un coche?
Porque una vez pasara Inmigración, una vez ya en el país, nada la relacionaría con ese coche. Era un callejón sin salida. Aunque localizaran el coche, no podían rastrearla porque era libre de usar su propia identificación cómo y cuándo quisiera. De no ser por Ray Gunter, el plan habría sido perfecto. No obstante, Gunter se había hecho matar y a partir de ahí la madeja había empezado a desenredarse.
Aunque no lo bastante deprisa. Lo que fuera que pretendía la célula terrorista todavía podía suceder. ¿Tendría razón Mackay? ¿Estarían planeando atacar una de las bases aéreas norteamericanas en Marwell, Lakenheath o Mildenhall? Como símbolos de la cooperación militar anglonorteamericana eran objetivos obvios, pero ella conocía los planos de las bases y eran enormes. La seguridad -ambas, la civil y la militar- impediría que pudieran acercarse a ellas, especialmente ahora que su estatus había subido a rojo. ¿Qué clase de ataque podían lanzar dos personas? ¿Disparar contra un par de guardias desde lejos con fusiles de francotirador? ¿Lanzar un cohete contra una garita? No compensaba tantas dificultades. Nunca vivirían para contar su hazaña, y a la prensa no se le permitiría acercarse a menos de un kilómetro del lugar, así que el impacto publicitario del atentado sería mínimo.
¿Una bomba, quizá? Pero, de ser así, ¿cómo introducirla? Cada cargamento de pelotas de béisbol, repuestos automovilísticos o hamburguesas pasaba por un escrupuloso escrutinio manual o de rayos X. Ningún vehículo que entrara o saliera de la base pasaba sin ser revisado. Tales supuestos habían sido minuciosamente estudiados por la RAF, la policía militar y los hombres de seguridad de las Fuerzas Aéreas norteamericanas.
No. No era nada de eso, se dijo Liz. Su mejor apuesta seguía siendo abordar el problema desde el otro extremo. Encontrar a la mujer. Atraparla.
Mirando la pantalla del portátil le cruzó una idea por la cabeza. ¿Se habría equivocado Claude Legendre? ¿Podía tratarse de una mujer francesa que hablaba inglés con fluidez?
El instinto le decía que no. Legendre trataba con clientes franceses e ingleses día tras día, mes tras mes, año tras año, y seguro que subconscientemente tenía interiorizada hasta la más mínima diferencia entre ambas nacionalidades: acento, inflexión, postura, estilo… Si su memoria decía que la mujer era inglesa, Liz estaba dispuesta a confiar en ella. Además, la misma mujer había sido identificada como «un tanto pija» por un mecánico de garaje de Norfolk.
Sí, la mujer era inglesa. En la borrosa cinta de las cámaras de seguridad de la Avis no podían apreciarse los detalles, pero de una forma extraña sí se podía apreciar a la persona. Algo en la tímida postura del cuerpo y los hombros le hablaba a Liz de un par de características típicamente inglesas, la arrogancia intelectual y cierta torpeza física.
Su ropa, supuso Liz, le servía de disfraz a varios niveles.
Era vulgar, así la gente la ignoraba, y no marcaba las formas del cuerpo, así que no podían identificarla por su físico. Era ropa elegida por motivos de seguridad. Pero, para Liz, también era la ropa de una mujer que quería adelantarse a las críticas. Esas prendas decían: «Nunca podrás acusarme de no ser atractiva porque ni siquiera intento serlo. Aborrezco trucos así.»
Pero, según Steve Goss, al hombre de la gasolinera le había parecido atractiva. ¿Significaba eso que era guapa en un sentido convencional o había algo más? Algunos hombres se sienten atraídos por mujeres en las que detectan miedo o una baja autoestima. ¿Sentiría miedo la mujer? ¿Captaría la lejana pero insistente persecución de Liz? Desde el momento en que se hubiera enterado de la muerte de Gunter, tenía que saber que la operación estaba en peligro.
No, decidió Liz, todavía no sentía miedo realmente. La arrogancia seguía ocultando el miedo. La arrogancia y la confianza en los controladores a los que, real o figuradamente, seguía ligada. Pero la tensión debía estar afectándola, la tensión de permanecer dentro del capullo hermético que había creado para sí misma, el capullo en que cualquier caos era justificable. A esas alturas, la realidad y el mundo exterior debían de estar empezando a presionarla. Inglaterra tenía que verter sangre.
A las cinco de la tarde, la luz disminuía y la tarde se convertía en noche. Tras la promesa inicial del mecánico de Hawfield, el retrato-robot demostró ser decepcionantemente genérico e irrelevante. La mujer del dibujo llevaba una gorra de béisbol negra y gafas de sol, y se parecía vagamente a Lucy Wharmby, aunque sus ojos eran un poco demasiado grandes.
El retrato fue rápidamente enviado a Investigación y a todas las fuerzas policiales involucradas en la búsqueda. En respuesta, Judith Spratt solicitó que la llamara, y cuando Liz llegó a la cabina telefónica que prácticamente se había convertido en su segundo hogar, le dijo que la policía había descartado a todas las viajeras del Eurostar entre los diecisiete y los treinta años que no tenían pasaporte comunitario.
Unas ochenta mujeres investigadas. Y ninguna de ellas era el objetivo.
– ¿Qué quieres que haga ahora? -preguntó Judith-. Los jefes de las comisarías quieren saber si tienen que seguir reteniendo a su gente toda la noche. ¿Vamos ahora a por las francesas?
– Me temo que tendremos que hacerlo.
– No pareces muy segura.
– No creo que sea francesa. Sé que es inglesa, me lo dice mi instinto. Aun así, tendremos que investigarlas.
– ¿Adelante, entonces?
– Sí. A por ellas.
Cuando Liz regresó al Trafalgar, Mackay ya había vuelto de su visita a la base aérea norteamericana y estaba bebiendo un whisky acodado en la barra.
– ¿Te pido algo, Liz?
– Lo mismo que tú.
– Es un malta. Talisker.
– Estupendo. «Y quizá me ayudará a encontrar las respuestas sobre nuestra pasajera fantasma del Eurostar», pensó cansadamente.
Tras la barra no estaba Cherisse, sino una chica teñida de rubio platino que apenas tendría dieciocho años. Entre Mackay y ella circulaba una sutil pero detectable tensión sexual.
– ¿Cómo te ha ido el día? -preguntó él cuando se instalaron en un rincón tranquilo del pub.
– Básicamente mal. He hecho perder el tiempo a media docena de departamentos policiales y engrosado la factura telefónica del servicio, entre otras divertidas actividades. Y no he conseguido identificar a la invisible. En la columna contraria puedes anotar un sándwich caliente con Goss a la hora de comer.