»Mi estado evolucionaba conforme a las leyes naturales, aunque no tanto que pudiera llamar la atención hasta poco antes de cumplirse el tiempo del alumbramiento. Entonces vi que debía dejar Venecia. El doctor Pimpom escribió a varios médicos de Roma a quienes conocía y a quienes rogaba me atendieran. También me proporcionó algún dinero, aunque no tanto que me permitiera sufragar los gastos del parto y mi manutención en las semanas previas y posteriores a aquél. Por esta razón recurrí a usted de nuevo. Fui a verle a su habitación dispuesta a revelarle los móviles de mi conducta; se lo habría contado todo si usted hubiera estado dispuesto a escucharme y en condiciones de hacerlo, pero no era éste el caso. De todos modos, me dio el dinero que yo necesitaba y por este motivo le estaré eternamente reconocida. Con él me fui a Roma y allí acudí a todas las direcciones a las que había escrito el doctor Pimpom. El resultado de estas visitas fue siempre idéntico: unos, amparándose en la proverbial ineficacia del servicio de correos, aseguraban no haber recibido ninguna carta; otros admitían haberla recibido, pero decían desconocer al remitente; otros, por último, se limitaban a decir que no podían hacer nada por mí. Alguno, apiadado de mi condición, hizo amago de ofrecerme un dinero que rehusé; los más se limitaron a regalarme muestras gratuitas de medicamentos que les habían enviado los laboratorios farmacéuticos. De resultas de todo esto me encontré en una situación de desamparo absoluto, a la que se sumaban las molestias propias de mi estado. Caí en un gran torpor; dormía la mayor parte del tiempo y lloraba el resto. No sabía qué hacer.
»Por estirar al máximo el dinero de que disponía, me había alojado en una pensión modesta, en un barrio poco céntrico. En aquella pensión se hospedaba también una muchacha menuda y jovial, de aspecto avispado, no mayor de veinte o veintidós años ni exenta de atractivos, de quien los demás huéspedes solían murmurar. Ella no hacía nada que diera pábulo a las murmuraciones, pero tampoco salía al paso de éstas con su conducta: en la pensión se comportaba siempre con el máximo comedimiento, pero sus horarios eran por demás irregulares y, aunque vestía de un modo discreto y recatado, todos sabíamos que usaba ropa interior de fantasía, pues la lavaba en su cuarto y la oreaba en su ventana. De todo lo cual deduje que aquella muchacha no desempeñaba una profesión deshonesta, pero que probablemente se valía de medios deshonestos para desempeñar una profesión honesta en forma exitosa. Esto, como es de suponer, me traía sin cuidado, y si he traído este personaje a colación ha sido porque fue, desde mi llegada a Roma, el único ser humano que me prodigó algunas atenciones y me dio muestras de afecto.
»Cuando comprendí que el embarazo tocaba a su fin, tuve miedo. Por inconsciencia o cobardía, nunca me había puesto a calibrar las consecuencias de todo aquello: ni los riesgos físicos que llevaba aparejado el parto ni los problemas que había de acarrearme la criatura que yo estaba a punto de traer al mundo. Quizá por esta razón el miedo inconcreto que ahora sentía era más asfixiante. Dormida me asaltaban pesadillas y despierta era presa de un nerviosismo rayano en la histeria. Ningún médico se ocupaba de mí y solventaba todos los desarreglos anímicos y corporales con la ayuda de un farmacéutico que me recetaba remedios y medicinas. No sé cómo logré sobrevivir. Finalmente decidí incumplir lo que me había prometido a mí misma, prescindir del orgullo y pedir ayuda a la persona que me había puesto en semejante situación. Por supuesto, no podía ir a verle con aquella facha, así que hube de confiar en alguien. Elegí hacerlo en la muchacha de la pensión de que le hablé hace un momento. A la primera ocasión propicia la llevé aparte y le referí el caso. Ella escuchó el relato en silencio y concluido aquél se limitó a mascullar: «Todos son iguales.» Le hice jurar que me ayudaría y ella trató de hacerlo, pero los días pasaban y sus gestiones no daban ningún fruto. «Hoy no he podido ir», me contestaba cuando yo, al verla entrar en la pensión, la asediaba con mis preguntas. O bien: «Hoy he ido, pero había mucha cola y no me he podido quedar.» Y así sucesivamente. Hasta que una tarde, tres semanas antes de lo que el doctor Pimpom y yo habíamos calculado, tuve los primeros avisos de que el momento decisivo estaba próximo. Alertados por mí los dueños de la pensión, y después de un breve conciliábulo, alguien llamó al hospital más próximo y pidió que enviaran una ambulancia sin demora a recogerme. Le respondieron que el personal hospitalario estaba en huelga y los servicios, interrumpidossine die; que el retén que atendía los casos más graves no daba abasto a todos ellos; que dejáramos nuestro nombre y dirección y que tuviéramos la bondad de aguardar un día o dos. En vista de esto, la dueña de la pensión se mostró partidaria de llamar a la policía. «Si pasa algo, tendremos lío», dijo en tono agorero; a lo que replicó su marido diciendo que él nunca había tenido tratos con la policía ni los pensaba tener; y se echó a la calle en busca de su madre, una mujer octogenaria que en su juventud había ejercido ocasionalmente de comadrona.