— ¿Empujado? No. — Meneó la cabeza. — Digamos que lo despedimos, que lo ayudamos a irse. — Hubo un momento de silencio. — ¿Alguna vez — continuó ella — trató de trabajar con un niño rondando en su derredor?
Will pensó en el vecinito que se había ofrecido a ayudarle a pintar los muebles del comedor, y rió ante el recuerdo de su exasperación.
— ¡Pobre pequeño queridito! — prosiguió ella —. Tiene tan buenas intenciones, se muestra tan ansioso de ayudar…
— Pero la pintura cae sobre la alfombra, las impresiones digitales manchan todas las paredes…
— De modo que a la postre tiene que librarse de él. ¡«Vete, chiquillo! ¡Vé a jugar al jardín!»
Hubo un silencio.
— ¿Y bien? — interrogó él al cabo.
— ¿No se da cuenta?
Will meneó negativamente la cabeza.
— ¿Qué sucede cuando está enfermo, cuando ha sido herido? ¿Quién repara el daño? ¿Quién cura las heridas y elimina la infección? ¿Usted?
— ¿Y quién, si no?
— ¿Usted? — insistió ella —. ¿Usted? ¡La persona que siente el dolor y se preocupa y piensa sobre el pecado y el dinero y el futuro! ¿Usted es capaz de hacer lo que es preciso?
— Oh, ya veo a qué se refiere.
— ¡Por fin! — se burló ella.
— Me envía a mí a jugar en el jardín para que los mayores puedan hacer su trabajo tranquilos. ¿Pero quiénes son los mayores?
— No me pregunte a mí — repuso ella —. Esa es una pregunta para un neuroteólogo.
— ¿Qué quiere decir eso? — preguntó él.
— Quiere decir precisamente lo que dice. Alguien que piensa en la gente, simultáneamente en términos de la Clara Luz del Vacío y del sistema nervioso vegetativo. Los mayores son una mezcla de Mentalidad y fisiología.
— ¿Y los niños?
— Los niños son los pequeños que creen saber más que los mayores.
— Y por lo tanto es preciso decirles que vayan a jugar. — Exactamente.
— El tipo de tratamiento de usted, ¿es un procedimiento normal en Pala? — preguntó él.
— Procedimiento normal — aseguró ella—" En la parte del mundo de usted los médicos se libran de los niños envenenándolos con barbitúricos. Nosotros los curamos hablándoles sobre catedrales y grajos. — Su voz se había modulado hasta convertirse en un canto. — Sobre blancas nubes que flotan en el cielo, blancos cisnes que flotan en la obscuridad, en el obscuro, suave, irresistible río de la vida…
— ¡Vamos, vamos — protestó él —, nada de eso!
Una sonrisa iluminó el grave rostro moreno, y Susila rompió a reír. Will la miró con asombro. Ahí, de pronto, había una persona distinta, otra Susila MacPhail, alegre, traviesa, irónica.
— Conozco sus triquiñuelas — agregó él, incorporándose a la risa.
— ¿Triquiñuelas? — Aún riendo, meneó la cabeza. — No hacía más que explicarle cómo lo hice.
— Sé exactamente cómo lo hizo. Y sé también cómo funciona. Lo que es más, le doy permiso para volver a hacerlo… cada vez que sea necesario.
— Si quiere — dijo ella con más seriedad —, le enseñaré cómo oprimir sus propios botones. Lo enseñamos en todas las escuelas elementales. Lectura, escritura, aritmética y, además, A.D. rudimentaria.
— ¿Qué es eso?
— Autodeterminación. Alias Control del Destino.
— ¿Control del Destino? — Will enarcó las cejas.
— No, no — le aseguró ella —, no somos tan tontos como usted parece creer. Sabemos muy bien que sólo una parte de nuestro destino es controlable.
— ¿Y se lo controla oprimiendo uno sus propios botones?
— Oprimiendo los propios botones y luego imaginando lo que queremos que suceda.
— ¿Pero sucede?
— En muchos casos, sí.
— ¡Sencillísimo! — Había una nota de ironía en su voz.
— Maravillosamente sencillo — convino ella —. Y sin embargo, por lo que sé, somos las únicas personas que enseñamos sistemáticamente el A.D. a sus hijos. Ustedes no hacen más que decirles lo que se supone que deben hacer y dejan las cosas tal como están. Lo único que hacen es ofrecerles disertaciones estimulantes y castigos. Pura y simple idiotez.
— Idiotez pura y sin aditamentos — admitió él, y recordó a Mr. Crabbe, el director de su escuela, hablando sobre el tema de la masturbación; recordó las palizas y los sermones semanales, y el Servicio de Conminación en el Miércoles de Ceniza. «Maldito el que peca con la esposa de su vecino. Amén.»
— Si sus niños toman la idiotez en serio, crecen y se convierten en miserables pecadores. Y si no la toman en serio, crecen y se convierten en miserables cínicos. Y si reaccionan del cinismo desdichado, lo más probable es que se conviertan en papistas o marxistas. No es extraño que tengan ustedes esos millares de cárceles e iglesias y células comunistas.
— En tanto que en Pala, supongo, tienen ustedes muy pocas.
Susila meneó la cabeza.
— Aquí no hay ningún Alcatraz — dijo —. No hay un Billy Graham, ni un Mao Tse-tung, ni Madonas de Fátima. No hay infiernos en la tierra, ni pasteles cristianos en el cielo, ni pasteles comunistas en el siglo XXII. Nada más que hombres y mujeres con sus hijos, tratando de aprovechar lo mejor posible ahora y aquí, en lugar de vivir en ninguna otra parte, como lo hace la mayoría de ustedes, en algún otro tiempo, en algún otro universo imaginario de habitación casera. Y en realidad no tienen la culpa. Están casi obligados a vivir como viven, debido a que el presente es tan frustrador. Y es frustrador porque jamás se les ha enseñado a franquear la brecha existente entre la teoría y la práctica, entre sus resoluciones de Año Nuevo y su conducta real.
— «Porque el bien que querría hacer — citó él —, no lo hago; y el mal que no quiero hacer, lo hago.»
— ¿Quién dijo eso?
— El hombre que inventó el cristianismo: San Pablo.
— Ya ve — dijo ella —, los ideales más elevados posibles, y ningún método para realizarlos.
— Salvo el método sobrenatural de hacer que los realice Algún Otro.
Echando hacia atrás la cabeza, Will rompió a cantar.
Susila se había cubierto los oídos con sus manos.
— Es realmente obsceno — dijo.
— El himno favorito del director de mi escuela — explicó Will —. Solíamos cantarlo una vez por semana, durante todo el tiempo que pasé en la escuela.
— ¡Gracias a Dios — exclamó ella — que jamás hubo sangre alguna en el budismo! Gautama vivió hasta los ochenta años y murió por ser demasiado cortés para rechazar malos alimentos. La muerte violenta siempre parece exigir más muerte violenta. «Si no quieres creer que serás redimido por la sangre de mi redentor, te ahogaré en la tuya propia.» El año pasado seguí un curso en Shivapuram, de historia del cristianismo. — Susila se estremeció ante el recuerdo. — ¡Qué horror! Y todo porque ese pobre hombre ignorante no supo cómo llevar a la práctica sus buenas intenciones.
— Y la mayoría de nosotros — dijo Will — seguimos en el mismo viejo bote. El mal que no queremos hacer, lo hacemos. ¡Y de qué manera!
Reaccionando imperdonablemente ante lo imperdonable, Will Farnaby lanzó una carcajada burlona. Rió porque había visto la bondad de Molly, y luego, con los ojos abiertos, había elegido la alcoba rosada y, con ella, la desdicha de Molly, la muerte de Molly, su propia y corrosiva sensación de culpabilidad y luego el dolor, desmesuradamente desproporcionado en relación con su causa baja y en esencia farsesca, el dolor torturante que experimentó cuando Babs, a su debido tiempo, hizo lo que cualquier tonto habría sabido que haría inevitablemente: lo expulsó de su paraíso infernal iluminado por la ginebra, y tomó otro amante.