— ¿Qué ocurre? — preguntó Susila.
— Nada. ¿Por qué lo pregunta?
— Porque no es usted muy competente para ocultar sus sentimientos. Está pensando en algo que lo hizo desdichado.
— Tiene usted una mirada muy penetrante — replicó Will, y apartó la vista.
Hubo un largo silencio. ¿Debía decírselo? ¿Debía hablarle acerca de Babs, sobre la pobre Molly, sobre sí mismo, hablarle de todas las cosas penosas e insensatas que jamás, ni siquiera cuando estaba ebrio, le había contado siquiera a sus más antiguos amigos? Los antiguos amigos sabían demasiado acerca de uno, demasiado acerca de las otras personas involucradas en el problema, demasiado acerca del grotesco y complicado juego que (como un caballero inglés que era también un bohemio, y también un poeta en cierne y también — por pura desesperación, porque sabía que jamás sería un buen poeta — un periodista empedernido y el agente privado, muy bien pago, de un hombre rico a quien despreciaba) siempre jugaba tan complicadamente. No, los antiguos amigos no sirven para eso. Pero de esta pequeña y morena extranjera, de esta desconocida a quien ya debía tanto y con quien, aunque no sabía nada de ella, tenía tanta intimidad, no surgirían conclusiones prefabricadas ni sucios ex parte; de ella surgiría, quizá, se sorprendió abrigando esa esperanza (¡él que se había adiestrado el no abrigar jamás ninguna!), algún esclarecimiento inesperado, alguna ayuda positiva y práctica. (Y, Dios lo sabía, necesitaba ayuda… aunque Dios también sabía demasiado bien que jamás lo diría, que jamás descendería tanto como para pedirla.)
Como un muecín en su minarete, uno de los pájaros parlantes comenzó a gritar desde la elevada palmera que se erguía más allá de los árboles de mango: «Aquí y ahora, muchachos. Aquí y ahora, muchachos.»
Will decidió zambullirse, pero hacerlo en forma indirecta… hablando primero, no de sus problemas, sino de los de ella. Sin mirar a Susila (porque eso, le pareció, sería indecente), comenzó a hablar.
— El doctor MacPhail me dijo algo acerca de… acerca de lo que le sucedió a su esposo.
Las palabras clavaron una espada en el corazón de ella; pero eso era de esperar, eso era correcto e inevitable.
— El próximo miércoles se cumplirán cuatro meses — dijo.
Y luego, meditativamente, continuó, después de un pequeño silencio —: Dos personas, dos individuos separados… pero juntos constituyen algo así como una nueva creación.
Y de pronto la mitad de esta nueva criatura es amputada; pero la otra mitad no muere… no puede morir, no debe morir.
— ¿No debe morir?
— Por tantas razones: los hijos, una misma, toda la naturaleza de las cosas. Pero ni hace falta decir — agregó con una sonrisita que no hacía más que acentuar la tristeza de sus ojos —, no hace falta decir que las razones no aminoran el golpe de la amputación, ni hacen que las consecuencias posteriores sean más soportables. Lo único que ayuda es lo que estábamos diciendo hace un momento… el Control del Destino. Y aun eso… — meneó la cabeza: —. El CD puede proporcionarle un parto completamente indoloro. Pero un sufrimiento completamente indoloro… no. Y por supuesto, así tiene que ser. No sería correcto que se pudiese eliminar todo el dolor de la desaparición de un ser querido; en ese caso se sería menos que humano.
— Menos que humano — repitió él —. Menos que humano… — Tres breves palabras; ¡pero cuan completamente lo resumían todo! — Lo terrible de verdad — dijo en voz alta — es cuando uno sabe que la otra persona ha muerto por culpa de uno.
— ¿Estuvo usted casado? — preguntó ella.
— Durante doce años. Hasta la primavera pasada…
— ¿Y ahora ella ha muerto?
— Murió en un accidente.
— ¿En un accidente? ¿Entonces cómo pudo usted tener la culpa?
— El accidente ocurrió porque… bien, por el mal que yo no quise hacer pero hice. Y ese día todo llegó a su fin. El dolor la aturdió y la anonadó, y yo la dejé irse en el automóvil… la dejé irse, hacia un choque brutal y de frente.
— ¿La amaba?
Él vaciló un instante y luego meneó lentamente la cabeza.
— ¿Había alguna otra persona… alguien a quien usted amaba más?
— Alguien que no habría podido importarme menos. — Hizo una mueca de sardónica burla de sí mismo.
— ¿Y ese fue el mal que no quiso hacer pero hizo?
— Que hice y continué haciendo hasta que maté a la mujer que había debido amar, pero no amé. Que continué haciendo incluso después de matarla, aunque me odiaba por hacerlo… sí, en realidad odiaba a la persona que me obligó a hacerlo.
— ¿Que lo obligó, supongo, por el solo hecho de tener el tipo adecuado de cuerpo?
Will asintió, y se produjo un silencio.
— ¿Sabe qué sucede — preguntó al cabo — cuando se siente que nada es del todo real… ni siquiera uno mismo?
Susila asintió.
— A veces ocurre, cuando uno está a punto de descubrir que todo, incluso uno mismo, es más real de lo que jamás se imaginó. Es como cambiar de velocidad: es preciso pasar a punto muerto antes de seguir en segunda.
— O en primera — dijo Will —. En mi caso, el cambio no fue para arriba, sino para abajo. No, ni siquiera para abajo; fue en marcha atrás. La primera vez que sucedió estaba esperando un ómnibus que me llevaría a casa desde la calle Fleet. Millares y millares de personas, todas moviéndose, y cada una de ellas singular, cada una de ellas el centro del universo. Y entonces apareció el sol por detrás de una nube. Todo se volvió extraordinariamente luminoso y claro; y de repente, casi con un chasquido audible, se convirtieron todos en gusanos.
— ¿Gusanos?
— Usted sabe, esos gusanitos pálidos de cabezas negras que se ven en la carne podrida. Nada había cambiado, por supuesto; los rostros de la gente eran los mismos, sus ropas las mismas, y sin embargo eran todos gusanos. Y ni siquiera gusanos reales… nada más que fantasmas de gusanos, la ilusión de gusanos. Y yo era la ilusión de un espectador de gusanos. Viví en ese mundo de gusanos durante meses. Viví en él, trabajé en él, fui a almorzar y a cenar en él… sin el menor interés en lo que hacía. Sin el menor goce o placer, completamente carente de deseos y, como descubrí cuando traté de hacer el amor a una joven con la que me había divertido de vez en cuando en el pasado, totalmente impotente.
— ¿Qué esperaba? Precisamente eso.
— ¿Y entonces, por qué…?
Will le dedicó una de sus sonrisas castigadas y se encogió de hombros.
— Por interés científico. Yo era un entomólogo que estudiaba la vida sexual del gusano fantasma.
— Tras lo cual, supongo, todo pareció más irreal aquí.
— Más aun — convino él —, si eso era posible.
— ¿Pero cómo aparecieron los gusanos?
— Bien, por empezar — respondió él — yo era padre de mis hijos. Engendrado por el Bravucón Borrachín en la Mártir Cristiana. Y además de ser el padre de mis hijos — continuó luego de una pequeña pausa —, era el sobrino de mi tía Mary.
— ¿Qué tenía que ver su tía Mary con eso?
— Fue la única persona que jamás amé, y cuando yo tenía dieciséis años ella enfermó de cáncer. Le extirparon el pecho derecho; luego, un año después, el izquierdo. Después de eso, nueve meses de rayos X y de enfermedad de la radiación. Luego le llegó al hígado y eso fue el final. Yo estuve allí desde el principio hasta el fin. Para un chico de menos de veinte años, fue una educación liberal… pero liberal de veras.