— ¿En qué sentido? — preguntó Susila.
— En Sensatez Pura y Aplicada. Y unas semanas después del término del curso privado en la materia, llegó la gran inauguración del curso público. La Segunda Guerra Mundial. Seguida por el curso de repaso, sin interrupciones, de la Primera Guerra Fría. Y durante todo este tiempo yo quería ser poeta, y descubría que sencillamente no tenía lo necesario para ello. Y luego, después de la guerra, tuve que dedicarme al periodismo para ganar dinero. Cuando lo que en realidad deseaba era pasar hambre, si era necesario, pero tratar de escribir algo decente… por lo menos una buena prosa, ya que no podía ser una buena poesía. Pero no había tenido en cuenta a mis queridos padres. Para cuando murió, en enero del cuarenta y tres, mi padre había terminado con el poco dinero que nuestra familia heredó, y para cuando mi madre quedó afortunadamente viuda, estaba tullida por la artritis y tenía que ser mantenida. Y entonces, heme ahí en la calle Fleet, manteniéndola con una facilidad y un éxito absolutamente humillantes.
— ¿Por qué humillantes?
— ¿No se sentiría usted humillada si se descubriese ganando dinero mediante la producción de los fraudes literarios más baratos y más flagrantes? Triunfé porque era tan irremediablemente de segunda fila.
— ¿Y el resultado neto de todo ello fue los gusanos?
El asintió.
— Ni siquiera verdaderos gusanos; gusanos fantasmas. Y aquí fue donde apareció Molly. La conocí en una fiesta de gusanos de primera clase, en Bloomsbury. Nos presentaron, conversamos cortés y superficialmente sobre la pintura no objetiva. Como no quería ver más gusanos, no la miré; pero ella debe de haber estado mirándome. Molly tenía ojos color azul grisáceo muy pálido — agregó entre paréntesis —, ojos que lo veían todo; era increíblemente observadora, pero observaba sin malicia ni censura; veía el mal, si existía, pero jamás lo condenaba. Simplemente, se sentía apenada por la persona que se veía obligada a pensar esos pensamientos y a hacer esas cosas odiosas. Bien, como digo, debe de haber estado mirándome mientras yo hablaba, porque de pronto me preguntó por qué estaba tan triste. Yo había bebido un par de tragos, y no había nada de impertinente u ofensivo en la forma en que me formuló la pregunta; por lo tanto, le hablé sobre los gusanos. «Y usted es uno de ellos», terminé, y por primera vez la miré. «Un gusano de ojos azules, con un rostro parecido al de las mujeres santas que concurren a una crucifixión flamenca.» — ¿Se sintió halagada?
— Creo que sí. Había dejado de ser católica, pero seguía teniendo cierta debilidad por las crucifixiones y las mujeres santas. Sea como fuere, a la mañana siguiente me visitó, a la hora del almuerzo. ¿Me gustaría viajar con ella al campo, en auto? Era domingo y, por milagro, hacía un tiempo hermoso. Acepté. Pasamos una hora en un bosquecillo de avellanos… mirando las flores a simple vista, y mirándolas luego con la lente de aumento que Molly había traído consigo. No sé por qué, pero fue extraordinariamente terapéutico… el sólo hecho de observar los corazones de las anémonas y las primaveras. Durante el resto del día no vi más gusanos. Pero la calle Fleet seguía estando allí, esperándome, y a la hora del almuerzo del lunes todo ese lugar estaba atestado de ellos, tan apiñados como siempre. Millones de gusanos. Pero ahora sabía qué podía hacer al respecto. Esa noche fui al estudio de Molly. — ¿Era pintora?
— No una pintora de verdad, y lo sabía. Lo sabía y no le molestaba; simplemente, aprovechaba al máximo el hecho de no poseer talento. No pintaba por motivos artísticos; pintaba porque le agradaba contemplar las cosas, le gustaba el proceso de tratar de reproducir meticulosamente lo que veía. Esa noche me entregó un lienzo y una paleta, y me dijo que hiciese lo mismo. — ¿Y tuvo éxito?
— Tanto, que cuando un par de meses más tarde abrí en dos una manzana podrida, el gusano del centro no era un gusano… es decir, no subjetivamente. Objetivamente, sí; era todo lo que debe ser un gusano, y así lo dibujé, así lo dibujamos los dos… porque siempre dibujábamos las mismas cosas al mismo tiempo.
— ¿Y qué hay de los otros gusanos, de los gusanos fantasmas que existían fuera de la manzana?
— Bien, seguía teniendo recaídas, en especial en la calle Fleet y en los cocktail parties. Pero los gusanos eran decididamente menos numerosos, decididamente menos acosadores. Y entre tanto sucedía algo nuevo en el estudio. Me enamoraba… me enamoraba porque el amor es contagioso y Molly estaba tan evidentemente enamorada de mí… por qué, sólo Dios lo sabe.
— Yo puedo ver varias razones posibles. Quizá lo haya amado porque… — Susila lo miró aquilatándolo, y sonrió. — Bien, porque es usted un tipo bastante atrayente de bicho raro.
Él rió.
— Gracias por tan bello cumplido.
— Por otra parte — siguió Susila —, y esto no es tan elogioso, es posible que lo haya amado porque usted la hizo sentir tan terriblemente apenada por lo que le sucedía.
— Me temo que esa es la verdad. Molly era una Hermana de Caridad nata.
— Y una Hermana de Caridad, por desgracia, no es lo mismo que una Esposa de Amor.
— Cosa que a su debido tiempo descubrí — afirmó él.
— Después de su casamiento, supongo.
Will vaciló un instante.
— En realidad — dijo —, fue antes. No porque por parte de ella hubiese habido alguna urgencia de deseo, sino sólo porque estaba tan ansiosa de hacer cualquier cosa para complacerme. Sólo porque, en principio, no creía en las convenciones y era partidaria de amar libremente, y lo que es más sorprendente — recordó las cosas escandalosas que ella decía con tanta negligencia y placidez, incluso en presencia de la madre de él —, partidaria de hablar libremente acerca de esa libertad.
— Usted lo sabía de antemano — resumió Susila —, y sin embargo se casó con ella.
Will asintió sin hablar.
— Porque era un caballero, supongo, y un caballero cumple con su palabra.
— En parte por esa razón un tanto anticuada, pero también porque estaba enamorado de ella.
— ¿Estaba realmente enamorado de ella?
— Sí. No, no lo sé. Pero en ese momento lo sabia. Por lo menos creí saberlo. Estaba convencido de veras de estar realmente enamorado de ella. Y sabía, y sigo sabiendo por qué estaba convencido. Sentía agradecimiento hacia ella por haber eliminado a los gusanos. Y además de la gratitud estaba el respeto, la admiración. Era tanto más honesta y mejor que yo. Pero por desgracia usted tiene razón: una Hermana de Caridad no es lo mismo que una Esposa de Amor. Pero yo estaba dispuesto a aceptar a Molly en sus propios términos, no en los míos. Estaba dispuesto a creer que las convicciones de ella eran mejores que las mías.
— ¿Cuándo — preguntó Susila después de un largo silencio — comenzó a tener amoríos con otras mujeres?
Will esbozó su sonrisa castigada.
— Tres meses después del día de nuestra boda. La primera vez fue con una de las secretarias de la oficina. ¡Cielos, qué aburrimiento! Después de eso hubo una joven pintora, una muchachita judía de cabellos rizados a quien Molly había ayudado con su dinero mientras estudiaba en el Slade. Solía ir a su estudio dos veces por semana, de cinco a siete. Pasaron casi tres años antes de que Molly se enterase de ello.
— Y, supongo, le molestó.
— Mucho más de lo que jamás habría creído.
— ¿Y qué hizo usted entonces? «Will meneó la cabeza.
— Aquí es donde todo comienza a complicarse — respondió —. Yo no tenía intención de abandonar mis horas del cóctel con Rachel; pero me odiaba por hacer tan desdichada a Molly. Al mismo tiempo la odiaba por ser tan desdichada. Me molestaba su sufrimiento y e¡ amor que la había hecho sufrir; me parecía que ambas cosas eran injustas, una especie de extorsión para obligarme a abandonar mi inocente diversión con Rachel. Al amarme de tal modo y al ser tan desdichada en cuanto a lo que hacía — en cuanto a lo que ella realmente me obligaba a hacer —, me presionaba, trataba de restringir mi libertad. Pero al mismo tiempo era auténticamente desdichada; y aunque la odiaba porque me extorsionaba con su desdicha, me sentía lleno de piedad hacia ella. Piedad — repitió —, no compasión. Compasión es sufrir con, y lo que yo quería a toda costa era ahorrarme el dolor que el sufrimiento de ella me causaba, y evitar los dolorosos sacrificios por medio de los cuales podía poner fin a su sufrimiento. La piedad era mi respuesta, el tenerle lástima desde afuera, si entiende lo que quiero decir… el tenerle piedad como espectador, como esteta, como connoisseur en tormentos ajenos. Y esta piedad estética mía era tan intensa cada vez que la desdicha de ella llegaba a su punto culminante, que casi pude confundirla con amor. Casi, pero no del todo. Porque cuando expresaba mi piedad en forma de ternura física (cosa que hacía porque era la única forma de terminar temporariamente con la desdicha de ella y con el dolor que su desdicha me infligía), la ternura se frustraba siempre antes de que pudiese llegar a su consumación natural. Se frustraba porque, por temperamento, ella era sólo una Hermana de Caridad, no una esposa. Y sin embargo, en todos los planos que no fuese el sensual, me amaba con una entrega total… una entrega que existía, una entrega que exigía una entrega similar por mi parte. Pero yo no quería entregarme, quizás auténticamente no me era posible. De modo que en lugar de estar agradecido por su abnegación, me molestaba. Me formulaba exigencias que yo me negaba a reconocer. Y así estábamos al final de cada una de las crisis, de vuelta al comienzo del antiguo drama: el drama del amor incapaz de una sensualidad autoentregada a una sensualidad incapaz de amor y que provocaba reacciones extrañamente mezcladas, de culpa y exasperación, de piedad y resentimiento, a veces de verdadero odio (pero siempre con un matiz de remordimiento), y todo ello acompañado por un contrapunto, una sucesión de noches furtivas con mi pequeña pintora de cabellos rizados.