— ¡Mi pobre, pobre Will!
Se sentaron en el sofá, en la sala, y ella le acarició el cabello, y ambos lloraron. Una hora más tarde se encontraban desnudos, en la cama. Tres meses después, como cualquier tonto habría podido prever, Babs comenzó a cansarse de él; al cabo de cuatro meses un hombre realmente maravilloso de Kenia apareció en una fiesta. Una cosa condujo a la otra y cuando, tres días después, Babs volvió al» hogar, fue para preparar la alcoba para un nuevo inquilino y para dar el preaviso al antiguo.
— ¿Lo dices de veras, Babs?
Lo decía de veras.
Hubo un susurro entre los arbustos del otro lado de la ventana, y un instante más tarde el pájaro parlante gritó, en voz sorprendentemente alta y muy poco melódicamente: «Aquí y ahora, muchachos.»
— ¡Cállate! — gritó Will a su vez.
— Aquí y ahora, muchachos — repitió el mynah —. Aquí y ahora, muchachos. Aquí y…
— ¡Cállate!
Se produjo un silencio.
— Tuve que hacerlo callar — explicó Will — porque, por supuesto, siempre tiene absoluta razón. Aquí, muchachos; ahora, muchachos. Allí y entonces carecen en absoluto de sentido. ¿O no es así? ¿Y qué me dice de la muerte de su esposo, por ejemplo? ¿Tiene eso sentido?
Susila lo contempló durante un instante en silencio, y luego asintió lentamente con la cabeza.
— Dentro del contexto de lo que tengo que hacer ahora… ¡sí, carece por completo de sentido! Esto es algo que he tenido que aprender.
— ¿Aprende uno a olvidar?
— No se trata de olvidar. Lo que hay que aprender es a recordar y, al mismo tiempo, estar libre del pasado. Hay que aprender la forma de estar allí, con el muerto, y al mismo tiempo estar aquí, en este lugar, con los vivos. — Le lanzó una sonrisita triste y agregó —: No es fácil.
— No es fácil — repitió Will. Y de pronto se derrumbaron todas sus defensas, todo su orgullo lo abandonó —. ¿Quiere ayudarme? — preguntó.
— ¡Cómo no! — dijo ella, y le tendió la mano.
Un ruido de pisadas les hizo volver la cabeza. El doctor MacPhail había entrado en la habitación.
VIII
— Buenas noches, querida mía. Buenas noches, Mr. Farnaby.
El tono era alegre… Susila advirtió en seguida que no era una alegría sintética, sino natural y auténtica. Y, sin embargo, antes de llegar allí habría pasado sin duda por el hospital, debía de haber visto a Lakshmi como la propia Susila la había visto apenas una o dos horas antes, más espantosamente delgada que nunca, más cadavérica y descolorida. La mitad de una vida de amor y lealtad y perdón mutuo… y dentro de uno o dos días todo habría terminado; y él quedaría solo. Pero para un día basta con el mal de ese día… basta para el lugar y la persona. «Nadie tiene derecho — le había dicho su suegro, un día, cuando salían juntos del hospital —, nadie tiene derecho a infligir su tristeza a otras personas. Y no tiene derecho, por supuesto, a fingir que no está triste. Simplemente tiene que aceptar su pena y sus absurdas tentativas de ser estoico. Aceptar, aceptar…» La voz se le quebró. Al mirarlo, vio que tenía el rostro bañado en lágrimas. Cinco minutos más tarde se encontraban sentados en un banco, al borde del estanque de los lotos, a la sombra del enorme Buda de piedra. Con un pequeño chapoteo, brusco y, sin embargo, líquidamente voluptuoso, una rana invisible se zambulló desde su redonda plataforma de hojas. Surgiendo por entre el fango, los gruesos tallos verdes, con sus turgentes capullos, estallaron en el aire, y aquí y allá los símbolos rosados ó azules del esclarecimiento habían abierto sus pétalos al sol, y a las hurgadoras visitas de las moscas, los minúsculos insectos y las abejas salvajes de la selva. Veloces, deteniéndose en mitad del vuelo, volviendo a precipitarse, una veintena de resplandecientes libélulas azules y verdes buscaban moscas acuáticas.
— Tathata — había susurrado el doctor Roberts —. Talidad.
Durante mucho tiempo permanecieron allí sentados en silencio. Luego, de pronto., él le tocó el hombro.
— ¡Mira!
Ella levantó la vista hacia el lugar que le señalaba. Dos pequeñas cotorras se habían posado en la mano derecha de Buda, y se dedicaban al ritual del galanteo.
— ¿Volvió a detenerse otra vez ante el estanque de los lotos? — preguntó Susila en voz alta.
El doctor Robert le dedicó una pequeña sonrisa y asintió.
— ¿Cómo está Shivapuram? — preguntó Will.
— Bastante agradable en sí mismo — respondió el doctor —. Su único defecto es que está tan cerca del mundo exterior. Aquí se puede hacer caso omiso de todas esas infamias organizadas y continuar con el trabajo de uno. Allá, con todas las antenas y puestos de escucha y canales de comunicación que un gobierno necesita tener, el mundo exterior le lanza perpetuamente a uno el aliento en la nuca. Uno lo oye, lo siente, lo huele… sí, lo huele. — Arrugó el rostro en una mueca de cómico disgusto.
— ¿Ha sucedido algo más que lo habitualmente desastroso desde que yo estuve allí?
— Nada fuera de lo común en su extremo del mundo. Ojalá pudiese decir lo mismo de nuestro extremo.
— ¿Qué ocurre?
— Lo que ocurre tiene relación con nuestro vecino, el coronel Dipa. Por empezar, ha firmado otro acuerdo con los checos.
— ¿Más armamentos?
— Sesenta millones de dólares. Lo dijeron por la radio esta mañana.
— ¿Pero para qué?
— Por los motivos habituales. Gloria y poder. Los placeres de la vanidad y los placeres de amedrentar a los demás. Terrorismo y desfiles militares en el plano nacional; conquistas y tedeums en el extranjero. Y eso me lleva a la segunda parte de las noticias desagradables. Ayer por la noche el coronel pronunció otro de sus celebrados discursos del Gran Rendang.
— ¿Gran Rendang? ¿Qué es eso?
— Es justo que lo pregunte — dijo el doctor Roben El Gran Rendang es el territorio que dominaban los sultanes de Rendang-Lobo entre 1447 y 1483. Abarcaba a Rendang, las islas Nicobar, más o menos el treinta por ciento de Sumatra y todo Pala. Hoy es la irredenta del coronel Dipa.
— ¿En serio?
— Con el rostro absolutamente imperturbable. No, me equivoco. Con un rostro purpúreo, deformado, a voz en cuello, con esa voz que ha educado, después de larga práctica, de modo que suene exactamente como la de Hitler. ¡Gran Rendang o muerte!
— Pero las grandes potencias jamás lo permitirán.
— Quizá no les guste verlo en Sumatra. Pero en cuanto a Pala…. eso es otra cosa. — Meneó la cabeza. — Pala, por desgracia, no figura entre las cosas importantes para nadie. No queremos a los comunistas; pero tampoco queremos a los capitalistas. Y menos que nada queremos la industrialización en masa, que ambas partes están tan ansiosas por imponernos… por distintos motivos, por supuesto. Occidente la quiere porque el costo de nuestra mano de obra es bajo, y los dividendos de los inversores serían correspondientemente elevados. Y Oriente la quiere porque la industrialización creará un proletariado, abrirá nuevos campos para la agitación comunista y puede llegar, a la larga, al establecimiento de otra Democracia Popular. Nosotros les decimos no a ambos, de modo que somos impopulares en todas partes. Sean cuales fueren sus ideologías, todas las grandes potencias pueden preferir un Pala dominado por Rendang, con campos petrolíferos, a un Pala independiente sin ellos. Si Dipa nos ataca, dirán que es una actitud deplorable, pero no levantarán un dedo para impedirlo. Y cuando se apodere de nosotros y llame a los petroleros, se sentirán encantados.