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— Pero el castigo a los niños — objetó Will — ha pasado por completo de moda en la actualidad. Y sin embargo precisamente en este momento está de moda hablar acerca del Totalmente Otro.

El doctor MacPhail desechó la objeción con un movimiento de la mano.

— Se trata simplemente de un caso de reacción que sigue a la acción. Para la segunda mitad del siglo XIX el humanitarismo librepensador se había vuelto tan fuerte, que incluso los buenos cristianos fueron influidos por él y dejaron de castigar a sus hijos. En el trasero de la joven generación ya no había llagas. Por consiguiente, ésta dejó de pensar en Dios como el Totalmente Otro, y se dedicó a inventar el Nuevo Pensamiento, la Unidad, la Ciencia Cristiana… todas las herejías semiorientales en las cuales Dios es el Totalmente Idéntico. El movimiento estaba muy avanzado en la época de William James, ya ha ido adquiriendo impulso desde entonces, pero la tesis siempre provoca la antítesis, y a su debido tiempo las herejías engendraron la neoortodoxia. ¡Abajo con el Totalmente Idéntico y volvamos al Totalmente Otro! Volvamos a los agustinos, volvamos a Martín Lutero… volvamos, en una palabra a los dos traseros más implacablemente flagelados de toda la historia del pensamiento cristiano. Lea las Confesiones, lea la Table Talk. San Agustín fue castigado por su maestro, y sus padres se rieron de él cuando se quejó. Lutero fue sistemáticamente azotado, no sólo por sus maestros y su padre, sino incluso por su amante madre. El mundo ha venido pagando desde entonces por las llagas de su trasero. El prusianismo y el Tercer Reich… sin Lutero y su teología de las flagelaciones, estas monstruosidades jamás habrían podido existir. O tome la teología de la flagelación de Agustín, tal como fue llevada a sus conclusiones lógicas por Calvino y digerida, íntegra, por personas piadosas como James MacPhail y Janet Cameron. Premisa mayor: Dios es Totalmente Otro. Premisa menor: el hombre es totalmente depravado. Conclusión: Haz a los traseros de tus hijos lo que le hicieron al tuyo, lo que tu Padre Celestial ha venido haciendo al trasero colectivo de la humanidad desde la Caída: ¡azotes, azotes, azotes!

Hubo un silencio. Will Farnaby volvió a contemplar el grabado de la persona de granito en la cordelería, y pensó en todas las grotescas y feas fantasías promovidas al rango de hechos sobrenaturales, todas las obscenas crueldades inspiradas por esas fantasías, todo el dolor infligido y todas las desdichas soportadas a causa de ellos. Y cuando no era San Agustín con su «benigna aspereza», era Robespierre, era Stalin; cuando no era Lutero exhortando a los príncipes a matar a los campesinos, era un bondadoso Mao reduciéndolos a la esclavitud.

— ¿No desesperan ustedes alguna vez? — preguntó.

El doctor MacPhail negó con la cabeza.

— No desesperamos — dijo — porque sabemos que las cosas no tienen necesariamente que ser tan malas como en realidad han sido siempre.

— Sabemos que pueden ser mucho mejores — añadió Susila —, lo sabemos porque ya son mucho mejores aquí y ahora, en esta absurda islita.

— Pero el que podamos convencerlos a ustedes de que sigan nuestro ejemplo, o que podamos incluso conservar nuestro minúsculo oasis de humanidad en medio de la selva mundial de monos que son ustedes… eso, ay — dijo el doctor MacPhail —, es otro asunto. Hay justificaciones para sentirnos sumamente pesimistas en cuanto a la situación actual. Pero desesperación, desesperación radical… no, no puedo ver ninguna justificación para eso.

— ¿Ni siquiera cuando lee historia?

— Ni siquiera cuando leo historia.

— Lo envidio. ¿Cómo se las arregla para ello?

— Recordando lo que es la historia: el registro de lo que los seres humanos se han visto obligados a hacer por ignorancia y su enorme engreimiento que los lleva a canonizar su ignorancia como un dogma político o religioso. — Volvió otra vez al álbum. Regresemos a la casa del Royal Burgh, regresemos a James y Janet, y a los seis niños a quienes el Dios de Calvino, en su inescrutable malevolencia, condenó a las tiernas caricias de ellos. «La vara y la censura producen sabiduría; pero un niño abandonado a sí mismo trae vergüenza a su madre.» Adoctrinamiento reforzado por la tensión psicológica y la tortura física: el perfecto esquema pavloviano. Pero por desgracia, para la religión organizada y la dictadura política, los seres humanos son menos dignos de confianza que los perros como animales de laboratorio. En Tom, Mary y Jean el condicionamiento funcionó como estaba destinado a funcionar. Tom se convirtió en sacerdote, y Mary se casó con un sacerdote y murió a su debido tiempo, durante un parto. Jean se quedó en su casa, cuidó a su madre durante un largo y torvo cáncer, y en los veinte años siguientes fue lentamente sacrificada ante un patriarca envejecido y finalmente senil y baboso. Hasta entonces todo iba bien. Pero en el caso de Annie, la cuarta hija, el esquema cambió. Annie era hermosa. A los dieciocho años le propuso casamiento un capitán de dragones. Pero el capitán era anglicano y sus puntos de vista sobre la depravación total y el buen placer de Dios eran criminalmente incorrectos. El matrimonio fue prohibido. Parecía que Annie estaba predestinada a seguir el destino de Jean. Aguantó durante diez años; y luego, a los veintiocho se dejó seducir por el contramaestre de un barco de las Indias orientales. Hubo siete semanas de dicha casi frenética. Las primeras que conocía. El rostro se le trasfiguró por una especie de belleza sobrenatural, el cuerpo le ardía de vida. Luego el barco zarpó para un viaje de dos años, rumbo a Madras y Macao. Cuatro meses después, embarazada, sin amigos y desesperada, Annie se arrojó al Tay. Mientras tanto Alexander, el que la seguía, había huido de la escuela para incorporarse a una compañía de actores. En la casa de al lado de la cordelería, desde entonces, nadie pudo referirse a su existencia. Y por último estaba Andrew, el más joven, el benjamín. ¡Qué hijo modelo! Era obediente, amaba sus lecciones, aprendía las epístolas de memoria más rápido y con mayor precisión que ninguno de los otros hijos. Y luego, a tiempo para devolverle su fe en la perversidad humana, su madre lo sorprendió una noche jugando con sus genitales. Fue azotado hasta que le brotó la sangre; fue sorprendido nuevamente unas semanas después y azotado otra vez, sentenciado a encierro solitario, a pan y agua, se le dijo que había cometido ciertamente un pecado contra el Espíritu Santo y que, indudablemente a causa de ese pecado, su madre había sido castigada con un cáncer. Durante el resto de su infancia, Andrew fue obsedido por pesadillas relacionadas con el infierno, que se repetían una y otra vez. Obsedido, además, por tentaciones repetidas y, cuando sucumbía a ellas — cosa que por supuesto sucedía, pero siempre en la intimidad de la letrina, en el fondo del jardín —, por visiones más aterradoras aun de los castigos que le esperaban.

— Y pensar — comentó Will Farnaby —, ¡pensar que la gente se queja de que la vida moderna carece de significado! Mire lo que era la vida cuando tenia significado. ¿Un cuento narrado por un idiota o un cuento narrado por un calvinista? Prefiero al idiota.

— Aceptado — dijo el doctor MacPhail —. ¿Pero no podría existir una tercera posibilidad? ¿No podría un cuento ser narrado por alguien que no sea un imbécil ni un paranoico?

— Alguien, para cambiar alguna vez, completamente cuerdo — dijo Susila.

— Sí, para cambiar alguna vez — repitió el doctor MacPhail —. Para cambiar de una bendita vez. Y, por fortuna, aun bajo el antiguo régimen existían siempre muchas personas a quienes ni siquiera la crianza más diabólica podía arruinar. Según todas las reglas de los juegos freudiano y pavloviano, mi bisabuelo habría debido convertirse en un tullido mental. En realidad se convirtió en un atleta mental. Lo que sólo demuestra — agregó el doctor Robert entre paréntesis — cuan desesperadamente inadecuados son en verdad sus dos sistemas más altamente encomiados de psicología. El freudismo y el conductismo: separados en uno y otro polo, pero en total acuerdo cuando se trata de los hechos, de las diferencias integrantes, congénitas, entre los individuos. ¿Cómo encaran estos hechos sus mejores psicólogos? Muy sencillamente. Los pasan por alto. Fingen, con toda tranquilidad, que los hechos no existen. De ahí su total incapacidad para hacer frente a la situación humana tal como existe en realidad, e incluso para explicarla en el plano teórico. Mire lo que sucedió, por ejemplo, en este caso. Los hermanos y hermanas de Andrew fueron bien domesticados por su condicionamiento, o destruidos. Andrew no fue destruido ni domesticado. ¿Por qué? Porque la rueda de ruleta de la herencia había dejado de girar en el número de la suerte. Tenía una constitución más elástica que los otros, una anatomía distinta, una bioquímica diferente, un temperamento diferente. Sus padres hicieron todo lo posible, lo mismo que habían hecho con el resto de la infortunada progenie. Andrew salió de todo ese proceso con la bandera en alto, casi sin una cicatriz.