— ¿A pesar del pecado contra el Espíritu Santo?
Eso, por fortuna, fue algo de lo cual se libró durante su primer año de estudios médicos en Edimburgo. Era apenas un niño…. apenas tenía más de diecisiete años. (En aquella época empezaban muy jóvenes.) En la sala de disección el joven se encontró escuchando las extravagantes obscenidades y blasfemias con que sus condiscípulos mantenían el espíritu en alto entre los cadáveres que se pudrían lentamente. Escuchando, primero con horror, con un enfermizo temor de la venganza que Dios sin duda se tomaría. Pero no sucedía nada, los blasfemos florecían, los estrepitosos fornicadores escapaban con nada más tremendo que una blenorragia de vez en cuando. El temor dejó lugar en el espíritu de Andrew a una maravillosa sensación de alivio y de liberación. Enormemente audaz, comenzó a arriesgarse a algunos chistes lascivos por sí mismo. La primera vez que pronunció una palabra de cinco letras… ¡qué liberación, qué experiencia auténticamente religiosa! Y entre tanto, en el tiempo libre, leía Tom Jones, leía el Ensayo sobre los Milagros de Hume, leía al infiel Gibbon. Utilizando en buena parte el francés que había aprendido en la escuela, leyó a La Mettrie, leyó al doctor Cabanis. El hombre es una máquina, el cerebro segrega pensamiento de la misma manera que el hígado segrega bilis. ¡Cuan sencillo era todo, cuan luminosamente evidente! Con todo el fervor de un converso, sintiéndose renacer, se decidió por el ateísmo. Era lo único que podía esperarse en semejantes circunstancias. No puede tragar más a San Agustín, no puede repetir más la jerigonza acerca de la inmortalidad. Arranca entonces el tapón y lo arroja al desagüe. ¡Qué felicidad! Pero no mucho tiempo. Falta algo. La criatura experimental limpiada del barro teológico y la enjabonadura. Pero la naturaleza detesta el vacío. La felicidad deja lugar a un estado crónico, y ahora está angustiado, generación y ración, por una sucesión de los Wesley, Pusey, Billy — Sunday y Graham — trabajando todos para sacar nuevamente la teología del pozo negro, y por supuesto, recobrar a la criatura. Lo único que un predicador puede hacer es verter en un sifón un poco del agua sucia. La cual, a la postre, vuelve a arrojarse de nuevo. Y así, indefinidamente. Era, entonces, demasiado aburrido y, como por último comprendió el doctor Andrew, totalmente innecesario. Entre tanto, helo ahí, en la primera floración de su recién hallada libertad. Excitado, triunfante… pero excitado con tranquilidad, triunfante por detrás de esa apariencia de grave y cortés soltura con la que habitualmente se presentaba ante el mundo.
— ¿Y qué pasó con el padre? — preguntó Will —. ¿Se entabló entre ellos alguna batalla?
— No hubo batallas. A Andrew no le gustaban los combates. Era el tipo de hombre que siempre sigue su propio camino sin anunciarlo, sin discutir con la gente que prefiere otro. El anciano jamás contó con la oportunidad de hacer su escena de Jeremías. Andrew no habló sobre Hume y La Mettrie, y siguió con las actividades tradicionales. Pero cuando concluyó su educación no volvió al hogar. Por el contrario, se dirigió a Londres y se incorporó, como cirujano y naturalista, a la tripulación del Melampus, que se dirigía a los mares del sur con órdenes de explorar, trazar mapas, reunir ejemplares y proteger a los misioneros protestantes y los intereses británicos. El viaje del Melampus duró tres años. Tocaron en Tahití, pasaron dos meses en Samoa y uno en el grupo de las Marquesas. Después de Perth, las islas parecían el Edén… Pero un Edén, por desgracia, que no sólo desconocía el calvinismo, el capitalismo, y los barrios bajos industriales, sino también a Shakespeare, los conocimientos científicos y el pensamiento lógico, mas el paraíso, pero no servía, no servía para nada. Siguieron viajando. Visitaron Fidji, las Carolinas y las Salomón, el mapa de la costa septentrional de Nueva Guinea; un grupo bajó a tierra, capturó a una orangutana y trepó a la cima del monte Kinabalu. Luego una semana en Pannoy, dos semanas en el archipiélago. Después de lo cual pusieron proa al oeste, hacia las Andamán a la India. Mientras estuvieron en tierra, mi bisabuelo fue derribado por su caballo y se fracturó la pierna derecha. El capitán del Melampus encontró otro cirujano y zarpó rumbo al hogar. Dos meses más tarde, casi completamente curado, Andrew practicaba medicina en Madras. En esa época los médicos escaseaban y las enfermedades eran terriblemente comunes. El joven comenzó a prosperar. Pero la vida entre los mercaderes y los funcionarios de la presidencia era opresiva y aburridora. Era un exilio, pero un exilio sin las compensaciones de tal, un exilio sin aventura o singularidad, un simple destierro a las provincias, al equivalente tropical de Swansea o Huddersfield. Pero continuaba resistiéndose a la tentación de sacar pasaje en el siguiente barco que volviese a su patria. Si aguantaba cinco años tendría suficiente dinero para comprar una buena clientela en Edimburgo… no, en Londres, en el West End. El futuro lo esperaba, color de rosa y oro. Habría en él una esposa, de preferencia con cabello color castaño, y una modesta competencia. Habría cuatro o cinco hijos… felices, no azotados y ateos. Y su clientela iría en aumento, sus pacientes provendrían de círculos cada vez más elevados. Riqueza, reputación, dignidad, incluso un título de caballero. Sir Ándrew MacPhail descendiendo de su carruaje en la plaza Belgrave. El gran sir Andrew, médico de la reina. Llamado a San Petersburgo para operar al Gran Duque, a las Tullerías, al Vaticano, a la Sublime Puerta. ¡Deliciosas fantasías! Pero los hechos resultaron ser mucho más interesantes. Un buen día un desconocido de piel morena visitó el consultorio. Se presentó en inglés balbuceante. Era de Pala, y Su Alteza, el raja, le había ordenado que buscase y trajese consigo a un hábil cirujano de Occidente. La recompensa sería principesca. Principesca, insistió. El doctor Andrew aceptó en el acto la invitación. En parte, por supuesto, por el dinero; pero principalmente porque estaba aburrido, porque necesitaba un cambio, necesitaba saborear la aventura. Un viaje a la Isla Prohibida: la tentación era irresistible.
— Y recuerde — intervino Susila — que en aquellos días Pala era mucho más prohibida que ahora.
— Y ya podrá imaginarse con cuánta ansiedad se precipitó el joven doctor Andrew sobre la oportunidad que ahora le ofrecía el embajador del raja. Diez días después su barco echaba anclas en la costa norte de la Isla Prohibida. Con su botiquín de medicinas, su maletín de instrumentos y un pequeño baúl de hojalata que contenía su ropa y unos pocos libros indispensables, fue llevado en una canoa por entre las rompientes, acarreado en un palanquín por las calles de Shivapuram y depositado en el patio interior del palacio real. Su regio paciente lo esperaba con ansiedad. Sin darle tiempo a afeitarse o cambiarse, el doctor Andrew fue llevado a su presencia… a la lamentable presencia de un hombrecito moreno de cuarenta y tantos años, con el rostro tan hinchado y deformado que apenas resultaba humano, con la voz reducida a un ronco susurro. El doctor Andrew lo examinó. Desde el antro maxilar, donde tenía sus raíces, un tumor se había difundido en todas direcciones. Llenaba la nariz, había aparecido en la órbita del ojo derecho, obstruía a medias la garganta. La respiración resultaba dificultosa, la deglución agudamente dolorosa y el sueño una imposibilidad… porque cada vez que se dormía, el paciente se ahogaba y despertaba luchando frenéticamente en procura de aire. Era evidente que sin una intervención radical el raja habría muerto en el término de pocos meses. Con una intervención radical, mucho antes. Recuerde que aquellos eran los buenos tiempos viejos… los buenos tiempos viejos de las operaciones sépticas, sin cloroformo. Aun en las condiciones más favorables, las intervenciones quirúrgicas resultaban fatales para un paciente de cada cuatro. Cuando las condiciones eran menos propicias la proporción declinaba: cincuenta a cincuenta, treinta sobre setenta, cero sobre cien. En el caso en cuestión el pronóstico difícilmente habría podido ser peor. Había grandes posibilidades de que muriese en la mesa de operaciones y una virtual certidumbre de que, si sobrevivía, muriese unos días más tarde por envenenamiento de la sangre. Pero si moría, reflexionó entonces el doctor Andrew, ¿cuál sería el destino de un cirujano extranjero que había matado a un rey? Y durante la operación, ¿quién sostendría al regio paciente mientras se retorcía bajo el bisturí? ¿Cuál de sus servidores o cortesanos tendría la suficiente fortaleza de espíritu para desobedecer cuando el amo aullase de dolor o les diese la orden concreta de soltarlo?