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— Gongylus gongyloides — dictaminó —. Se camufla para tener el aspecto de una flor. Cuando las moscas y los insectos imprudentes llegan a libar el néctar, los liba a ellos. Y si es una hembra, devora a sus amantes. — Dejó a un lado la lente y se echó sobre el respaldo de su silla. — Lo que más le agrada a uno sobre el universo — dijo a Will Farnaby — es su alocada improbabilidad. Gongylus gongyloides, Homo sapiens, el ingreso de mi abuelo en Pala y la hipnosis… ¿Qué podría haber de más improbable?

— Nada — respondió Will. Aparte de mi ingreso en Pala y de la hipnosis; ingreso en Pala, pasando por un naufragio y un precipicio; hipnosis pasando por un soliloquio acerca de una catedral inglesa.

Susila rió.

— Por fortuna yo no tuve eme hacerle todos esos pases. ¡En este clima! De veras, admiro al doctor Andrew. A veces se necesitan tres horas para anestesiar a una persona con los pases.

— Pero al final, ¿tuvo éxito?

— Un éxito triunfal.

— ¿Y llevó a cabo la operación?

— Sí, la llevó a cabo — dijo el doctor MacPhail —. Pero no inmediatamente. Hizo falta una prolongada preparación. El doctor Andrew comenzó por decirle a su paciente que en adelante podría deglutir sin experimentar dolor. Luego, durante las tres semanas siguientes lo alimentó. Y entre una comida y otra lo sumía en trance y lo mantenía dormido hasta que llegaba la hora de la comida siguiente. Es maravilloso lo que puede hacer el cuerpo por uno, si se le concede una oportunidad. El raja aumentó seis kilos y se sintió otro. Un hombre nuevo, lleno de nuevas esperanzas y confianza. Sabia que podría soportar esa prueba. Y, de paso, también lo sabía el doctor Andrew. En el proceso de fortalecer la fe del raja había fortalecido la propia. No era una fe ciega. Estaba en todo sentido seguro de que la intervención tendría éxito. Pero su inconmovible confianza no le impidió hacer todo lo que pudiese contribuir al éxito. En la primera etapa del proceso comenzó a trabajar con el trance. El trance, le decía una y otra vez al paciente, se hacía más profundo con cada día que pasaba, y el día de la operación sería mucho más hondo que hasta entonces. Y también duraría más. «Dormirá», le aseguraba al raja, durante cuatro horas, después de terminada la operación; y cuando despierte no sentirá el menor dolor». El doctor Andrew hacía estas afirmaciones con una mezcla de total escepticismo y absoluta confianza. La razón y las experiencias anteriores le aseguraban que todo eso era imposible. Pero en el contexto de esos momentos la experiencia había demostrado ser ajena a la realidad. Lo imposible había sucedido varias veces. No había motivo alguno para que no volviese a suceder. Lo importante era decir que ocurriría…

Y por lo tanto lo dijo, una y otra vez. Todo eso estaba bien; pero mejor aun estaba la invención del ensayo. — ¿El ensayo de qué?

— De la intervención quirúrgica. Repasaron el procedimiento media docena de veces. El último ensayo se hizo la mañana de la operación. A las seis el doctor Andrew entró en la habitación del raja y, después de una pequeña conversación alegre, inició los pases. Unos minutos después el paciente estaba sumido en profundo trance. Etapa por etapa, el doctor Andrew describió lo que haría. Tocando el pómulo, cerca del ojo derecho del raja, dijo: «Comienzo estirando la piel. Y ahora, con este escalpelo (y pasó la punta de un lápiz por la mejilla), ejecuto una incisión. Usted no siente dolor alguno, por supuesto; ni la más leve incomodidad. Y ahora corto los tejidos subyacentes, y no siente nada. Se queda recostado, cómodamente dormido, mientras yo diseco la mejilla hasta la nariz. De vez en cuando me interrumpo para ligar un vaso sanguíneo; luego continúo. Y cuando termina esa parte del trabajo, estoy en condiciones de comenzar con el tumor. Tiene sus raíces ahí, en el antro, y ha crecido hacia arriba, bajo el hueso del pómulo, hasta llegar a la órbita del ojo, y hacia abajo, hacia la garganta. Y mientras lo corto usted se queda acostado como antes, cómodo, absolutamente flojo. Y ahora le levanto la cabeza.» Uniendo la acción a las palabras, levantó la cabeza del raja y la inclinó hacia adelante, con el cuello fláccido. «La levanto y la indino para que pueda librarse de la sangre que se le ha introducido en la boca y la garganta. Parte de la sangre se le ha metido en la tráquea, y tose un poco para eliminarla, pero eso no lo despierta.» El raja tosió una o dos veces y luego, cuando el doctor Andrew le soltó la cabeza, volvió a caer sobre las almohadas, profundamente dormido aún. «Y no se asfixia ni siquiera cuanto me dedico a trabajar con la porción inferior del tumor, en la garganta.» El doctor le abrió la boca e introdujo dos dedos en la garganta. «Se trata nada más que de aflojarlo, eso es todo. Nada que pueda hacerlo asfixiarse. Y si tiene que expulsar la sangre tosiendo, puede hacerlo mientras duerme. Sí, mientras duerme, mientras está honda, hondamente dormido.» Ese fue el final del ensayo. Diez minutos más tarde, después de efectuar unos pases más y de decirle al paciente que durmiera más profundamente aun, el doctor comenzó la operación. Estiró la piel, hizo la incisión, disecó la mejilla, cortó las raíces del tumor en el antro. El raja se mantuvo perfectamente flojo, con el pulso firme en setenta y cinco, sin experimentar más dolor que el que había sentido durante la farsa del ensayo. El doctor Andrew se puso luego a trabajar en la garganta: no hubo asfixia. La sangre afluyó a la tráquea; el raja tosió sin despertar. Cuatro horas después de terminada la operación, continuaba durmiendo; luego, puntual, al minuto, abrió los ojos, sonrió al doctor entre los vendajes y preguntó, en su cockney cantarino, cuándo comenzaría la operación. Después de ser alimentado y lavado, se le practicaron varios pases más y se le dijo que durmiese otras cuatro horas y se curase con rapidez. El doctor Andrew continuó con ese método durante toda una semana. Dieciséis horas de trance todos los días, ocho de vigilia. El raja casi no tenía dolores y, a pesar de las condiciones absolutamente sépticas en que se había ejecutado la operación y renovado los vendajes, las heridas curaron sin supurar. Recordando los horrores que había presenciado en el hospital de Edimburgo, y los horrores aun más espantosos de las salas de cirugía de Madras, el doctor apenas pedía dar crédito a lo que veía. Y entonces tuvo otra oportunidad de demostrarse a sí mismo lo que podía hacer el magnetismo animal. La hija mayor del raja se encontraba en el noveno mes de su primer embarazo. Impresionada por lo que había hecho en favor de su esposo, la rani mandó llamar al doctor Andrew. La encontró sentada junto a una frágil y asustada chiquilla de dieciséis años, que sabía lo suficiente de un cockney balbuceante como para decirle que estaba por morir… ella y también su hijo. Tres pájaros negros se lo habían confirmado volando, en tres ocasiones sucesivas, a través del camino que ella recorría. El doctor no trató de discutir con ella. Por el contrario, le pidió que se recostara y comenzó a hacer pases. Veinte minutos más tarde la joven estaba hundida en profundo trance. En su país, le aseguró el doctor, los pájaros negros eran presagio de buena suerte, de nacimientos y alegría. Daría a luz fácilmente y sin dolor. Sí, con tan poco dolor como el que había experimentado su padre durante la operación. Nada de dolor, prometió; absolutamente nada. Tres días después, y luego de otras tres o cuatro horas de intensa sugestión, todo aquello resultó cierto. Cuando el raja despertó para su comida de la noche, encontró a su esposa sentada junto a su cama. «Tenemos un nieto», le dijo, «y nuestra hija está bien. El doctor Andrew ha dicho que mañana te llevarán a la habitación de ella, para darles a los dos tu bendición». Al cabo de un mes el raja disolvió el Consejo de Regencia y reasumió sus poderes reales. Los reasumió, en gratitud al hombre que había salvado su vida y (la rani estaba convencida de ello) también la de su hija, con el doctor Andrew como principal consejero.