Murugan sacudió la cabeza con violencia.
— Oh tú que te has ido — dijo el joven moreno —, que te has ido, que te has ido a la otra orilla, que has desembarcado en la otra orilla; oh tú, ilustración, y tú, la otra ilustración, liberación unida a la liberación, compasión en brazos de la compasión infinita.
— Shivanayama.
Regresó a su lugar. Se produjo un largo silencio. Luego Vijaya se puso de pie y comenzó a hablar.
— Peligro — dijo, y una vez más —, peligro. Peligro deliberada pero ligeramente aceptado. Peligro compartido con un amigo, con un grupo de amigos. Compartido eh forma consciente, compartido hasta los límites de la conciencia, de modo que el compartirlo y el peligro se convierten en, un yoga. Dos amigos unidos por una cuerda en una roca. A veces tres o cuatro amigos. Cada uno de ellos totalmente consciente de sus músculos en tensión, de su habilidad, de su temor y de su espíritu que trasciende al temor. Y cada uno, por supuesto, consciente al mismo tiempo de todos los demás, preocupado por ellos, haciendo lo correcto para que los demás estén a salvo. La vida en su diapasón más elevado de tensión física y mental, la vida más abundante, más inestimablemente preciosa a causa de la omnipresente amenaza de la muerte. Pero después del yoga del peligro está el yoga de la cumbre, el yoga del descanso y el aflojamiento, el yoga de la completa y total receptividad, el yoga que consiste en aceptar en forma consciente lo que se da tal como se da, sin censura por parte de la inquieta mentalidad moralista, sin adiciones del acopio personal de ideas de segunda mano, del acopio aun más abundante de fantasías voluntarias. Uno se queda sentado, con los músculos flojos y el espíritu abierto al sol y a las nubes, abierto a la distancia y el horizonte, abierto, a la postre, a ese informe No Pensamiento sin palabras que el silencio de la cumbre permite adivinar, profundo y perdurable, dentro del agitado flujo de los pensamientos cotidianos.
«Y ahora ha llegado el momento del descenso, el momento del segundo tramo del yoga del peligro, el momento de renovación dé la tensión y de conciencia de la vida en su resplandeciente plenitud, cuando uno pende precariamente sobre el abismo de la destrucción. Y entonces, al pie del precipicio, uno se quita la cuerda, baja a zancadas, por el rocoso sendero, hacia los primeros árboles. Y de pronto se encuentra en el bosque, y surge otro tipo de yoga: el yoga de la selva, que consiste en tener conciencia total de la vida en el punto próximo, de la vida selvática en toda su exuberancia y putrefacción, en toda su suciedad reptante, en toda su dramática ambivalencia de orquídeas y ciempiés, de sanguijuelas y colibríes, de bebedores de néctar y bebedores de sangre. La vida que produce el orden de entre el caos y la fealdad, que ejecuta sus milagros de nacimiento y crecimiento, pero que los ejecuta, al parecer, nada más que para destruirse. Belleza y horror, belleza — repitió — y horror. Y luego, de repente, cuando uno desciende de una de sus expediciones a la montaña, de repente sabe que existe una reconciliación. Y no sólo una reconciliación. Una fusión, una identidad. Belleza fundida al horror del yoga de la selva. Vida reconciliada con la perpetua inminencia de la muerte en el yoga del peligro. Vacío identificado con la yoidad en el yoga sabático de la cumbre.
Se produjo un silencio. Murugan bostezó con ostentación. El anciano sacerdote encendió otra barrita de incienso y, mascullando, la agitó ante el bailarín; la volvió a agitar ante los amores cósmicos de Siva y la diosa.
— Uno inspira profundamente — dijo Vijaya —, y cuando inspira presta atención a este aroma del incienso. Préstenle toda vuestra atención; sepan qué es: un hecho inefable que está más allá de las palabras, más allá de la razón y la explicación. Sépanlo al desnudo. Conózcanlo como un misterio. Perfume, mujeres y oración: estas fueron las tres cosas que Mahoma amó por sobre todas las demás. Los datos inexplicables del incienso aspirado, de la piel acariciada, del amor sentido y, más allá de ellos, el misterio de los misterios, el Uno en la pluralidad, el Vacío que lo es todo, la Talidad totalmente presente en todas las apariencias, en todos los puntos e instantes. Respiren, entonces — repitió —, inspiren — y en un susurro final, mientras se sentaba —, inspiren.
— Shivanayama — murmuró en éxtasis el anciano sacerdote.
El doctor Robert se puso de pie y se dirigió hacia al altar; luego se detuvo, se volvió y llamó a Will Farnaby.
— Venga y siéntese a mi lado — musitó, cuando Will llegó junto a él —. Quiero que les vea la cara.
— ¿No molestaré?
El doctor negó con la cabeza y avanzaron juntos, ascendieron y, a tres cuartos de camino por la escalera del altar, se sentaron, uno al lado del otro, en la penumbra, entre la obscuridad y la luz de las lámparas. En voz muy baja, el doctor Robert comenzó a hablar sobre Siva-Nataraja, el Señor de la Danza.
— Vean esta imagen — dijo —. Mírenla con los nuevos ojos que les ha dado la medicina moksha. Vean cómo respira y palpita, cómo surge de la luminosidad hacia luminosidades más intensas. Cómo danza a través del tiempo y fuera del tiempo, cómo danza eternamente y en el eterno ahora. Cómo danza y danza en todos los mundos al mismo tiempo. Mírenlo.
Will escudriñó los rostros levantados y advirtió, ora en uno, ora en otro, las nacientes iluminaciones del placer, del reconocimiento, de la comprensión, los signos de la adoración asombrada que temblaba al borde del éxtasis o el terror.
— Miren con atención — insistió el doctor Robert —. Miren con más atención aun. — Luego, al cabo de un largo minuto de silencio —: Baila en todos los mundos a la vez — repitió —. En todos los mundos. Y antes que nada en el mundo de la materia. Miren el gran halo redondo, orlado de los símbolos del fuego, dentro del cual danza el dios. Representa a la naturaleza, el mundo de la masa y la energía. Dentro de él Siva-Nataraja baila la danza del interminable nacimiento y desaparición. Es su lila, su juego cósmico. Juega por el juego mismo, como un niño. Pero este niño es el Orden de las Cosas. Sus juguetes son las galaxias, su campo de juegos es el espacio infinito, y entre dedo y dedo cada intervalo es de mil millones de años luz. Mírenlo, ahí, en el altar. La imagen ha sido hecha por el hombre, es un pequeño artefacto de cobre, de un metro veinte de alto. Pero Siva-Nataraja llena el universo, es el universo. Cierren los ojos y véanlo erguirse en la noche, sigan la ilimitada extensión de esos brazos y del revuelto cabello infinitamente agitado. Nataraja juega entre las estrellas y en los átomos. Pero además — agregó —, además juega dentro de cada cosa viviente, de cada criatura sensible, de todos los niños, hombres y mujeres. Juega por el placer del juego. Pero ahora el campo de juego es consciente, el piso del salón de baile es capaz de sufrimientos. A nosotros este juego sin objeto nos parece una especie de insulto. En realidad nos agradaría un Dios que no destruyese lo que ha creado. O si tiene que existir dolor y muerte, que sean distribuidos por un Dios de rectitud, que castigue a los malvados y recompense a los buenos con la eterna dicha. Pero en realidad los buenos son heridos, los inocentes sufren. Entonces que haya un Dios que simpatice y traiga consuelo. Pero Nataraja no hace más que danzar. Su juego es un juego imparcial de muerte y vida, de todos los males y todos los bienes. En su mano derecha superior sostiene el tambor que llama al ser desde adentro del no ser. Rataplán… el tamborileo de la creación, la diana cósmica. Pero ahora miren la mano izquierda superior. Blande el fuego con el cual todo lo que ha sido creado es destruido. Danza de esta manera… ¡y qué dicha! Danza de esta Otra… y, ¡oh, qué dolor, qué espantoso miedo, qué desolación! Y brinca, salta y hace una cabriola. Brinca hacia la perfecta salud. Salta hacia el cáncer y la senilidad. Hace una cabriola para salir de la plenitud de la vida y caer en la nada, y para salir de la nada y caer de nuevo en la vida. Para Nataraja todo es juego, y el juego es un fin en sí mismo, eternamente carente de sentido. Danza porque danza, y la danza es su maha-suja, su infinita y eterna bienaventuranza. Eterna Bienaventuranza — repitió el doctor, y una vez más, pero con tono de interrogación —: ¿Eterna Bienaventuranza? — Meneó la cabeza, — Para nosotros no hay bienaventuranza; sólo la oscilación entre la dicha y el terror, y una sensación de ofensa ante el pensamiento de que nuestros dolores son tan parte integral de la danza de Nataraja como nuestros placeres, nuestra muerte como nuestra vida. Pensemos en eso, en silencio, durante un rato.