Las rosas Conditorium brotan sueltas, como alborotadas, despiden un aroma maravilloso y son de un color magenta que se intensifica volviéndose purpúreo según avanza la estación. Son las flores que Sophie tiene en la mesilla de noche, a través de cuya fragancia ella huye durante las largas noches de verano, acostada en la cama con las persianas entornadas.
Una rosa de pétalos finos como el papel, de un rosa intenso veteado de morado y lila.
Rosas a rayas rojas y blancas.
Pequeñas rosas de tono rosa oscuro.
La rosa de Provenza o de Berza tiene cientos de pétalos. Crece como arbusto de ramas caídas, cargadas de flores que se balancean. Sus hojas son grandes, toscas, profundamente serradas.
Hay rosas arrugadas.
Rosas rosadas como un rubor, con manchas rojas.
El rosal Robert le Diable puede acabar siendo un estorbo en el jardín. Se trata de un arbusto decididamente lánguido, por lo que es preciso arrimarlo a otros, y es muy espinoso. Pero florece tarde, proporcionando una nota de color al final de la estación, y sus pétalos violetas están salpicados de color guinda y escarlata. Más tarde se decolora en un gris paloma muy suave. Sophie tiene debilidad por él.
La rosa de Azufre es la única rosa amarilla que conocen los jardineros europeos y, por consiguiente, muy preciada. Sophie, perversamente, no la tiene en gran concepto. Sus grandes flores dobles de color amarillo pueden ser bonitas, pero no es una planta resistente, sucumbe fácilmente a las heladas o la enfermedad.
Luego están las rosas de Damasco de Verano y Otoño. Tupidos y resistentes arbustos de hojas aterciopeladas verde pálido y flores muy aromáticas. Al contemplarlas Sophie ve patios, ruiseñores, agua fría corriendo por azulejos azul celeste. Cuenta la leyenda que cuando Saladino recuperó Jerusalén de los cruzados, mandó traer quinientos camellos cargados de rosas de Damasco para purificar la mezquita de Omar, que había servido de iglesia al infiel.
Hay rosas que crecen en grupos y rosas solitarias en el extremo de cañas arqueadas.
Rosas de tallo corto y cubierto de musgo.
Rosas tipo borla.
Rosas de una blancura irreprochable, dobladas en torno a un diminuto ojo verde.
Los gruesos pétalos de color purpúreo rojizo de la rosa de la Toscana, una variedad muy antigua, evocan el intenso brillo del terciopelo; de hecho, también se la conoce como rosa de Terciopelo. Un púrpura más intenso se extiende por las flores a medida que envejecen. Al arbusto le salen sierpes, de modo que hay que podarlo drásticamente en verano.
Hay rosas lilas salpicadas de rosa.
Rosas que huelen a canela. A mirra, limón, bálsamo, almizcle.
Rosas que huelen a rosas.
Muchas rosas. Uno hubiera creído que satisfarían a cualquiera.
Pero Sophie, tensa como un gato, merodea por el jardín atestado de rosas y solo ve lo que no hay en éclass="underline"
Rosas de color rojo oscuro.
Rosas imposibles.
En la Europa del siglo XVIII, las rosas carmesíes no existían. Las había púrpura, por supuesto, y rosáceas, y de un rosa fuerte y suntuoso revestido de tonos ciruela y morado.
Ninguna le sirve.
Regado, alimentado, mimado, protegido contra las heladas y nutrido de sol, el deseo ha echado raíces en Sophie y le están saliendo gruesos capullos.
No pensaré en él, piensa Sophie, comiendo pétalos de rosa. No pensaré en él sentado con una pierna estirada, observando a Claire por encima de su libro, no pensaré en su olor a limpio, ni en esa cicatriz curvada de su antebrazo, me centraré en las rosas.
6
– ¡Espera!
Esperó, babeando exageradamente, la mirada clavada en Mathilde. Cuando ella bajó la mano, se precipitó con un repiqueteo de garras hacia el bol que ella había dejado en el suelo.
– A la hora de comer es el único momento que obedece. Es más interesante cuando se comporta libremente.
– Pocos te darían la razón en eso. Pero ese es el destino de todas las mentes originales. -Stephen, a distancia prudencial, se palpaba el bolsillo en busca de su pipa cuando recordó que había renunciado a ella por considerarla perjudicial y se había pasado a los puros-. Me recuerda a uno de esos terribles ídolos rechonchos ante los que se postran los hombres que hacen espantosas promesas.
Observando a su ídolo con afecto, Mathilde optó por pasar por alto el comentario.
– ¿Qué le das de comer? ¿Los corazones palpitantes de sus víctimas? ¿Los hígados aún tibios?
– Hoy cola de buey con un poco de grasa extra, mezclada con zanahorias cortadas muy finas…
– No sé por qué, pero no asocio a Brutus con verduras.
– Las zanahorias previenen el reumatismo, como todo el mundo sabe.
Brutus, limpiando el cazo a lametones, lo empujaba por el patio. El metal chirriaba de forma desagradable sobre la piedra. Al llegar a los pies de Stephen, tras cerciorarse de que el cazo estaba realmente vacío, levantó la mirada lamiéndose su hocico negro y caído. Stephen retrocedió rápidamente hasta los escalones de la cocina.
– Deberías ofrecer a la Asamblea los servicios de Brutus. Un vistazo al animal comiendo bastaría para hacer entrar en razón al contrarrevolucionario más duro. ¿Te has dado cuenta de que tiene partículas verdes en la lengua? Aunque no sé por qué, te prevengo de la presencia de lo que podría ser una enfermedad mortal.
– Bobo. -Ella rió-. Mezclo perejil con su comida para que tenga el aliento fresco. Lo que hace que todo él huela bien. ¿No has notado lo bien que huele?
– No.
– Menos cuando se encuentra un animal muerto y se revuelca encima. Pero eso no cuenta.
– Por supuesto que no.
– Entonces huele mejor que Hubert.
Rieron por lo bajo, como conspiradores.
– Rinaldi me dijo qué debía darle de comer. Y no se equivocó. Brutus nunca se pone enfermo.
– ¿Rinaldi?
– El buhonero. Te hablamos de él el verano pasado.
– Ah, el hombre de las rosas que ha viajado por Oriente. ¿También entiende de perros?
– De toda clase de animales. Creo que vivió con gitanos… es posible que él mismo tenga sangre gitana. Me regaló a Brutus.
– Me he preguntado muchas veces de quién fue la idea.
– Apenas era un cachorro. Rinaldi lo oyó gemir en el bosque. Preguntamos por los pueblos y pusimos letreros por Castelnau, pero nadie se presentó para reclamarlo.
– Qué raro.
Ella se apoyó contra las rodillas de Stephen y sonrió.
– ¿Sigues loco por Claire? Supongo que debes de estarlo o no habrías venido.
Él rió y le tiró de un mechón.
Lo cierto era que había estado a punto de quedarse en París. Había tenido un enorme atelier orientado al norte y con vistas al Sena, donde se presentaba toda clase de gente para decirle cosas agradables sobre su obra e invitarle a cenar, a conciertos o al teatro. En un café del Palais Royal había una joven de hoyuelos, ojos azules y carácter afable que le complacía. Los castaños habían florecido en los parques y a lo largo de las avenidas. En la Asamblease estaban decidiendo grandes cuestiones; en cada esquina un chico vendía periódicos, gritando hasta desgañitarse. Él trasnochaba bebiendo, charlando y discutiendo; al volver andando a casa una fría mañana de mayo había visto el sol elevarse por encima de Notre Dame. Había descubierto un sastre excelente y adquirido una nueva chaqueta a juego con el color de sus ojos. En el obligatorio peregrinaje a Ermenonville, a sesenta y cinco kilómetros de París, todos los componentes de su grupo habían llorado de emoción ante la tumba de Rousseau. Todos sus amigos le habían insistido en que pasara el verano en sus fincas. Hasta le habían ofrecido una cuarta parte de una cantante particularmente atractiva. Él había rehusado, por supuesto; el amor debía intercambiarse libremente, no podía comprarse ni venderse. Claro que todo era parte de la brillante aventura en la que se había embarcado su vida.
Una docena de veces se había propuesto escribir alegando un encargo urgente, una repentina pero persistente indisposición.
Pero al despertar una tarde lluviosa, hizo el voto de vivir de manera distinta, sin distracciones, consagrado a su obra. Recordó la paz de Montsignac, el río que corría más allá del jardín, las habitaciones llenas de luz. Pensó en dibujar los bosques, las meriendas en los prados, imaginó a las hermanas riendo juntas y las sonrisas que tendrían para él.
Y cuando volvió a ver a Claire, se dijo que todas las demás -las jóvenes de los cafés, las modelos que frecuentaban su estudio, las elegantes e ingeniosas damas que bromeaban con él en los salones- solo habían sido maneras agradables de pasar el rato.
Hay semanas en que rayas, manchas y hasta trozos enteros de cielo azul inducen a salir de casa sin abrigo, de modo que el viento, al soplar por una esquina, se mete por el cuello y uno se da cuenta de que el sol, que hace un minuto brillaba con firmeza, ha sido engullido entero por las nubes; pero luego, sin previo aviso, llega el verano y se nota la diferencia.
Brutus, feliz y saciado, se revolcó a los pies de Mathilde dejando a la vista su barriga espantosamente moteada.
– Tripa de rana -canturreó ella en voz baja, con infinita ternura-, huevas de perro.