Él se desabrochó su chaqueta nueva, amarillo limón.
– ¿Ha caído enfermo alguien del pueblo?
– No, no exactamente, quiero decir… -Se ajustó los anteojos-. Pasaba por aquí -mintió- y se me ocurrió ir a ver al viejo Laval, al que tanto le ha costado quitarse esa tos…
– Le oí el otro día maldecir a voz en cuello a su nieta porque su sopa sabía a orina de vaca. Me pareció sano.
– Ya veo, sí, por supuesto, ahora está totalmente recuperado, ni rastro de la tos, ya no. -Desesperado, señaló la planta más cercana-. Estas flores… ¿cómo se llaman?
Ella arrancó una espiga de color malva y se la ofreció. Él la olió.
– ¿Espliego?
Ella asintió, riendo.
– Conozco las rojas del patio -dijo él-. Geranios. La gente las pone en los alféizares de las ventanas.
– ¿Tiene alguna ventana a la que le dé el sol?
Él tuvo que pensar.
– Es posible.
– Podría plantarle un esqueje en una maceta.
– ¿Lo haría?
– Por supuesto. Uno escarlata, si quiere. O rosas y blancos, como los que tiene Berthe detrás de la casa.
– Mis favoritos son los de color escarlata -aseguró él, que nunca se había parado a pensarlo.
– No lo olvidaré.
– Nunca he… ¿Y si se me muere?
A punto de decir: «No es uno de sus pacientes», Sophie se contuvo. Había algo abrumadamente serio en esos anteojos.
– Los geranios son muy resistentes -lo tranquilizó. Al reparar en su chaleco que era evidentemente nuevo, y el fular rígido del almidón y de un azul deslumbrante, pensó que la gente siempre necesitaría médicos, porque siempre necesitaría esperanza… o la ilusión de esta.
– ¿Entramos? -preguntó ella-. Debe de tener sed…
Él meneó los hombros, disfrutando de su amabilidad.
– Prefiero quedarme aquí. -Y añadió, con mucho atrevimiento-: Con usted.
Los pájaros picoteaban la tierra húmeda, y los rosales echaban sus primeras hojas tiernas. ¿Cuándo había conocido una felicidad tan grande? Lo único que acudió a su mente fue cierta ocasión en que la disección del brazo izquierdo de un cadáver había ido particularmente bien y la carne se había separado limpiamente bajo el bisturí, pero no le pareció muy apropiada.
Una corriente de aire trajo del huerto un puñado de flores blancas que se arremolinaron. Un pétalo húmedo se pegó a la nuca de Sophie. Podría alargar una mano y retirar, con mucha delicadeza, ese pétalo, y ella no se enteraría de que la había tocado, pensó.
Sobre sus cabezas, unos pajarillos marrones armaban bullicio.
– Un granjero me dijo que si entras en un cobertizo de noche con una linterna bajo el abrigo, tapando parcialmente la luz, los gorriones vuelan hacia ella y se te posan en los hombros. Dijo que podías atraparlos a docenas, que es lo que necesitarías para preparar un plato.
– No me gustan mucho las aves, ninguna ave, ni siquiera las que parecen existir solo para ser comidas, como los gansos. Hay algo en las patas de un ave muerta… Y las pequeñas, cuando piensas en su trino y en cómo cae la luz en su plumaje… No es muy distinto de comer flores -dijo Sophie-, y ya puede imaginar lo que diría la gente si sorprendieran a alguien haciendo eso.
– Cuando era estudiante, mis amigos me hicieron un pastel de carne de gato para mi cumpleaños y hasta que no me lo hube comido me estuvieron diciendo que era conejo.
– ¿Y…?
– No sabía nada mal… no muy distinto del conejo, de hecho. Le he tomado el gusto y ahora siempre como gato en mi cumpleaños.
Ella lo miró de reojo.
– Y los domingos un plato de chuletas de perro. -Él levantaba la barbilla al reír. Los gorriones se desperdigaron hacia los rincones más apartados del jardín.
– ¿Se ha encontrado alguna vez preguntándose por el día de su muerte? -preguntó ella-. Es extraño, los meses pasan y nada señala cuál será el último día.
Joseph sabía que los aldeanos apreciaban a Sophie y la compadecían porque no tenía marido. Pero, como había dicho una mujer, no era culpa de los hombres que fuera más alta que la mayoría de ellos y tuviera esa forma tan peculiar de expresarse.
Estaban llegando a la puerta que había en el seto de brezo.
– ¿Qué hay al otro lado?
– Solo unos parterres donde cultivo rosas para venderlas. Y el parque, árboles y demás. -Ella miró alrededor-. Si quiere puedo ir a buscar su geranio ahora, no tardo nada.
Pero era demasiado tarde. Él ya había abierto la puerta y caminaba a través de hileras de pequeños y esqueléticos arbustos. La tierra oscura descendía hasta otro seto; más allá, una franja de prado se abría al vasto y engañoso cielo azul pálido; al final estaban los abedules y el río.
– No hay nada que ver, como puede comprobar -dijo Sophie a su lado. Frunciendo el entrecejo, y sosteniéndose ya sobre un pie ya sobre el otro, como una de esas aves grises que se veían acechando la orilla del río.
Él se había agachado para examinar un retazo de color en la planta más próxima; dos hebras de algodón, una morada y otra malva, se retorcían alrededor de un tallo. También en el arbusto siguiente, y en el siguiente, y el siguiente.
– Los rosales blancos son populares porque crecen con fuerza en los muros que miran al norte. Pero tengo suerte si vendo más de dos docenas al año. -Sophie permanecía junto a la puerta, con una mano en el pestillo.
Él daba vueltas, mirando con ojos miopes cuando los anteojos se le resbalaban por la nariz.
– Pero cultiva muchas.
– Experimento con variedades nuevas -se apresuró a decir ella-. La mayoría no llegan a nada. Pero necesitas tener una gran cantidad donde escoger, ¿comprende?
Él se volvió hacia ella, entusiasmado.
– Un trabajo científico.
– En gran medida es una cuestión de suerte -replicó Sophie con firmeza, repitiéndoselo como lo hacía veinte veces al día-. Todos los esfuerzos de un año entero pueden quedar destruidos por una helada. Difícilmente puedo contar con tener éxito.
– ¿Y el algodón?
– Las dos hebras representan las plantas progenitoras, cada una de distinto color. Es una forma de marcar los orígenes de las plantas. -Sophie se apartó el mechón que le había caído en la cara-. Será mejor que nos vayamos. Aquí hace más viento.
A la memoria de Joseph acudió una conversación del verano anterior con terrible precisión: el estadounidense, repantingado durante el almuerzo, pidiéndole a Sophie que pusiera su nombre a una rosa. El resentimiento se hinchó en el interior de Joseph como un sapo en primavera. Sugeriría encantado el nombre apropiado: Ampulosidad Concentrada. O Necio Fragante. Con instintos asesinos en su corazón, miró furioso los rosales.
Sophie pensó en el profesor Kólreuter, a quien imaginaba robusto, con aroma a menta, un tanto severo. El profesor era uno de sus preferidos: la visitaba a menudo por la noche, y aunque era mayor y todas las expresiones cariñosas las decía en alemán, sus dedos gruesos y rosados manejaban el estigma con asombrosa delicadeza. No es que tuviera algún parecido con el doctor Morel. De nuevo a salvo al otro lado del seto, se le ocurrió pensar que tal vez hubiera una nueva ley -había tantas, últimamente- que exigía que todo el que cultivara rosas para la venta se registrara en una autoridad central con oficina en París. Habría permisos y una cuota que pagar, sin duda. El médico estaría al corriente de ello -lo asociaba vagamente con el progreso-, lo que explicaría por qué la censuraba con la mirada.
– He descuidado el papeleo -admitió ella-. Pero solo son unas pocas ventas en Castelnau, eso es todo. Estoy segura de que se puede arreglar.
Él abrió la boca para pedirle que se casara con él…
– ¡Sophie, Sophie! -Mathilde bajó corriendo por el sendero y se detuvo delante de ellos-. Berthe ha echado pato en conserva en las lentejas.
Había quedado acordado que no habría carne en los almuerzos, por lo menos cuando su padre no estaba en casa. Berthe se había dejado convencer, pero de vez en cuando arremetía.
– ¿Es demasiado tarde para pedir una tortilla?
Mathilde lo consideró.
– Murmuraba cuando me marché.
– Es demasiado tarde. Será mejor que hable con ella. Tal vez me deje hacerte una.
– ¿Con cebolletas?
– Con cebolletas.
Colgándose del brazo de Sophie, Mathilde dijo:
– Hay una carta para ti. De Stephen.
– ¿Le gustan las lentejas, doctor Morel? Comerá con nosotras, ¿verdad?
Pero él sabía que era imposible.
3
Al oír los disparos de mosquete, cogió su maletín de cuero negro y echó a correr. Había dejado atrás el sombrero y la chaqueta, junto con la mujer que había venido a verle quejándose de dolores en el pecho. Él ya había examinado el bulto, olido el aliento, oído la letanía de sus síntomas; la mujer moriría del tumor y no había nada que él pudiera hacer.
Llevaba semanas, meses, esperando ese ruido. En las reuniones, los Patriotas habían protestado furiosos contra el gobierno municipal antipatriótico de Castelnau. Caussade aún no había cumplido las instrucciones de París de vender las propiedades de la Orden de la Pequeña Flor, embargadas desde antes de Navidad. Peor que esas dilatorias era el hecho de que el alcalde estaba armando a una compañía reclutada entre los campesinos que trabajaban sus tierras y dirigida por sus compinches aristócratas. Llevaban una escarapela negra rematada con una cruz blanca y afirmaban estar librando una guerra santa contra la infiltración en el poder por parte de los no creyentes, o peor aún, los protestantes.