La misma Asamblea les había entregado su arma más potente, el decreto que sometía a todos los sacerdotes, como buenos ciudadanos, a la Constitución y les exigía jurar lealtad a la nación y sus leyes. Se hizo circular una petición exigiendo que la fe católica fuera reconocida como religión oficial del Estado; para cólera de los revolucionarios, recogió casi más de dos mil firmas.
Ricard, que siempre conservaba la serenidad en casi todos los debates, por acalorados que fueran, perdió la calma ante semejante prueba de «fanatismo religiosos». Expuso a voz en cuello su convicción de que el fervor católico entre los pobres y los analfabetos, «explotado por los aristócratas para sus fines retrógrados», acabaría con la revolución. La razón dictaba que el clero se sometiera a la Constitución. ¿No era mucho más lógico que jurar lealtad a «ese cura italiano con ínfulas, ese presumido romano» que amenazaba ahora con excomulgar a los obispos y sacerdotes que prestaban juramento?
En la reunión se decidió que un destacamento de guardias locales empezara a hacer un inventario del contenido del convento, con miras a venderlo sin más demora.
Era uno de esos perfectos días de abril, de cielo despejado y azul. La gente tenía las ventanas abiertas. Joseph corría dejando atrás los olores de las comidas del mediodía y recordó que a los seguidores de Caussade se les conocía con el mote burlón de «devoradores de cebollas».
El puente estaba atestado de gente. Se abrió paso a empellones, gritando:
– ¡Paso! ¡Soy médico! ¡Dejadme pasar!
Una mujer gruesa con una blusa estampada con flores rojas, exclamó:
– ¡No hace falta empujar! -Y le dio un codazo en las costillas. Él siguió andando tambaleante.
En la cabeza del puente, una docena de «devoradores de cebollas» bloqueaban el acceso a la otra orilla.
– Soy médico -dijo él al más próximo-. Dejadme pasar.
– Nadie puede cruzar el puente. Orden del alcalde y el consejo municipal.
– Hay gente muriendo en esas calles. Sus amigos y vecinos podrían estar entre ellos.
El hombre acercó su horquilla a la nariz de Joseph.
– Lo dudo. Y nadie puede cruzar el puente.
De pronto Joseph vio una cara conocida.
– ¡Pierre Berger! Te alegraste mucho de verme cuando tu hijo se cayó del cobertizo. ¡Déjame pasar!
Berger se frotó un pie contra el otro.
– Tal vez, sargento… -empezó.
Un chico que se había subido al parapeto escogió ese momento para arrojar un nabo al sombrero del sargento y dio a Berger en pleno pecho. Se alzaron gritos de los hombres que Joseph tenía delante y una ovación de la multitud a sus espaldas.
Luego se oyó un disparo y el chico gritó. Momentos más tarde lo oyeron caer ruidosamente al agua.
Los oficiales se acercaron a caballo a la hilera irregular de guardias.
– ¿Problemas? -inquirió el que había disparado. Despreocupado, con una sonrisa. Levantó el arma en dirección a Joseph sin molestarse en mirarlo.
De no haber sido por la multitud a sus espaldas, habría huido. Habría suplicado, si hubiera encontrado las palabras.
Fue Berger quien habló, frotándose el pecho.
– Es el doctor Morel. Pide que le dejemos pasar por si hace falta un médico.
Esta vez el oficial miró a Joseph y lo escudriñó largamente: pelo grueso, peinado hacia delante, lentes, camisa arrugada, un maletín de cuero aferrado con ambas manos, botas grandes y sucias. Volvió a sonreír y, haciendo un gesto con su arma, puso el caballo de lado.
– Faltaría más. Dejadlo pasar. ¿Por qué no?
Joseph advirtió que al otro lado del puente ya no se oían disparos.
4
Un niño pequeño estaba sentado en un parterre, con sus rollizas piernas estiradas ante él. Su niñera flirteaba en la despensa y la balaustrada lo ocultaba de su madre, de modo que aprovechaba la oportunidad, que no había tenido hasta entonces, de llevar a cabo un experimento en torno al sabor de las margaritas.
Las niñas, en el jardín, gritaban y se perseguían unas a otras. En la terraza, un bebé dormía en una cuna de mimbre a la sombra. En una bandeja de plata había café, nata, azúcar y una fuente azul y blanca de fresones rojos.
Claire miraba cómo su cuñada los amontonaba en un plato y los cubría de azúcar y nata, mientras reflexionaba en lo que acababa de decirle.
– ¿Crees que es prudente… -preguntó- tan inmediatamente después…?
Anne siguió llevándose cucharadas de fruta a su pequeña boca rosa, incrustada como un grueso fruto en la cremosa extensión de su cara.
– Cuanto antes tenga un varón antes terminará -dijo.
– ¡No hay derecho! -La voz alta e indignada de un niño se oyó a través del aire dorado. Espera diez años, pensó Claire, y te enterarás de todo a lo que no hay derecho.
Hubert salió a la terraza a grandes zancadas y arrojó una hoja de papel a la mesa.
– Otra vez Duval. La última vez fue robo de leña. Esta vez han dejado pacer a su ganado en la finca. Han derribado las cercas y los aparceros protestan porque llevan los rebaños a través de sus campos. Duval ha presentado una queja al magistrado, pero ya no sirve de nada. Tendré que ir personalmente. -Se sirvió una taza de café y empezó a pasearse.
– Siempre estás a la carrera -comentó Anne, limpiándose la nata de los labios-. ¿Por qué no dejas que tu administrador se encargue de ello? ¿No está para eso?
Él pasó por alto la pregunta; hacía tiempo que habían tomado la costumbre de dirigirse solo comentarios críticos.
– Pero Sophie y Mathilde llegan mañana -dijo Claire.
– ¿Estás insinuando que les consternará mi ausencia? -Un pensamiento lo asaltó y volvió la cabeza hacia ella-. ¿No traerán ese perro consigo?
– No, Hubert, Mathilde sabe que no permitirás que Brutus entre en tu casa.
Él la miró con recelo.
– Pero dijiste que ella nunca querría ir a donde él no sea bien recibido. -Luego, esperanzado-: ¿No habrá muerto?
– ¿Sabes, querida? -dijo Anne-, creo que prefiero el chocolate al café, después de todo.
– Padre insistió en que viniera Matty.
Claire fue a la cocina, donde habló con una criada. Al regresar se detuvo junto a la cuna y se inclinó para mirar dentro. El bebé suspiró e hizo ruiditos entre sueños.
– ¡Una niña adorable, Anne! Esos hoyuelos… Y nunca he visto unas pestañas más largas.
– Sí, ha salido a la familia de Sébastien.
Hubert había acercado una silla y se servía un plato de fresones.
– Nunca hubiera creído a tu padre capaz de insistir en nada. A esa niña la han criado como a una salvaje. Deberían meterla en un convento e inculcarle un poco de disciplina.
– Olvidas que ya no hay conventos. Ni monjas para inculcarle nada. Padre creyó más prudente que las niñas se marcharan de Castelnau hasta que las cosas se calmasen. Aunque, según Sophie, todo ha vuelto más o menos a la normalidad.
Él resopló.
– Caussade ha huido, casi todos sus concejales están en prisión y hay tropas procedentes de todas partes ocupando la ciudad. ¿A eso llamas normalidad?
Una mujer de pelo cano apareció con una jarra de chocolate, cucharas, boles, más nata. Claire frunció el entrecejo.
– ¿Dónde está Marie?
– Le ha dado un vahído.
– No sé qué tiene esa chica… ha estado bastante rara últimamente. Si las cosas no mejoran tendré que dejarla marchar. Las criadas enfermizas son insufribles.
– A mí me parece una criatura bastante agradable -dijo Hubert, concentrado en servirse jugo de fresones.
– ¿Queda alguna de esas exquisitas tartaletas de vainilla de ayer? -preguntó Anne.
Pero Claire miraba a Hubert, que tenía los ojos clavados en su plato. Al cabo de unos momentos, dijo:
– Invitaré también a Stephen. Ha terminado mi retrato y dice que le encantaría entregarlo en persona. Es una lástima que no estés.
Bueno, eso ha sido osado, pensó Anne.
Hubert se volvió hacia su hermana.
– ¡Por el amor de Dios! ¿No sabes hacer otra cosa que comer y traer mocosos al mundo?
Eran como dos pájaros, pensó Claire, Anne sentada sobre su nido y Hubert un gorrión belicoso.
Vencido por la magnitud de su misión, su hijo lanzó de pronto un espantoso bramido desde el parterre.
Mientras todo eso sucedía, una niña de ojos hinchados y rojos permanecía sentada en la cama que compartía con su prima en una estrecha habitación en lo alto de la casa. Trataba de imaginar cómo iba a ser su vida.
5
La polinización tiene lugar de manera natural cuando las rosas crecen al aire libre, porque las abejas polinizan las flores. Pero si desean cruzarla de una manera controlada, si su ambición es traer una rosa al mundo, sumarla a sus múltiples fenómenos, he aquí lo que deben hacer.
La base de todo cultivo es la selección. Deben empezar escogiendo las características que desean reproducir: el olor a almizcle de esa variedad de flores lilas, el tono rosáceo apergaminado tal vez, o la asombrosa forma doble de aquella otra. Las rosas seleccionadas por estas características serán sus progenitores: el masculino o polen y el femenino o vaina. Su objetivo será combinar las mejores características de sus progenitores en sus descendientes.