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Se escoge un capullo joven -uno en que apenas se vea el color- del rosal que han seleccionado como progenitor femenino y, con mucha delicadeza, se retiran todos los pétalos. Eso permitirá acceder a las anteras inmaduras, que deberán cortarse para impedir que la planta se polinice a sí misma. Las abejas suelen pasar de largo ante una flor que carece de anteras portadoras de polen, pero para asegurarse de que ningún polen no deseado genera una semilla en la planta femenina, sería prudente cubrir con una pequeña bolsa el capullo desnudo y sujetarla con firmeza. En unos días el estigma estará maduro, ligeramente pegajoso. En ese estado está listo para recibir el polen.

Mientras madura el estigma, se arrancan varios capullos recién abiertos del progenitor masculino. Con cuidado, se cortan las anteras y se ponen a secar sobre una hoja de papel. A continuación, se introduce el polen seco en un receptáculo limpio: una cajita o un frasco de cristal. Cuidado con la humedad: si la caja o el frasco no están perfectamente secos, el polen se cubrirá de moho.

Ya se puede añadir el polen. Utilizando un pincel fino, se recoge el polen seco y se espolvorea sobre el estigma maduro. Si el polen germina, crecerá como un largo tubo a través del estilo hasta el ovario de la planta femenina; con el tiempo se formarán unas cápsulas conocidas como vainas.

Hay que asegurarse de que la planta madre está bien alimentada y regada en cuanto empiece a formarse una vaina. Al cabo de cuatro o cinco meses, esta se volverá naranja y ligeramente suave al tacto. Eso significa que está madura. Entonces se abre la vaina, se retiran todas las semillas y se secan sobre un papel al sol. Hay que tomar precauciones contra los ratones, que son extraordinariamente aficionados a las semillas de rosas.

Se plantan las semillas en una bandeja poco profunda que contenga una mezcla ligera de propagación, se riega la tierra y se deja la bandeja en un lugar fresco unas cuatro o seis semanas. Este período de enfriamiento hará que la mayoría de las semillas germinen cuando más adelante se traslade la bandeja a un lugar cálido.

En pocas semanas florecerán las plantas. Sin embargo, hay que esperar una segunda floración para analizarlas con más exactitud. Habrá que estar preparados para las considerables diferencias que encontrarán en los cruces resultantes: las rosas, como las personas, tienen tendencia a desconcertar, y pocas veces son fieles a su variedad. Habrá que desechar la mayoría de las plantas, pero las que parezcan cumplir sus especificaciones deberán ser etiquetadas y plantadas en una maceta para un posterior análisis.

Hay que repetir el proceso cientos, si no miles de veces, para tener alguna posibilidad de producir la rosa que solo florece en la imaginación.

Como puede verse, el final de la primavera es un momento crucial para los cultivadores de rosas. Por eso se entiende que Sophie trabajara hasta tarde con tijeras, pinceles y bolsas de muselina. Que estuviera muerta de cansancio pero que durmiera mal, con las rosas irrumpiendo en una confusión de sueños.

6

Quiere a sus hijas, pero sin ellas los días transcurren mansamente: la navegación no requiere esfuerzo en aguas tranquilas. Hace todas las comidas en su estudio, contiguo a su dormitorio. Su vieja bata marrón, la que Marguerite le bordó con soles amarillos el primer año de casados, le cae alrededor en sedosos pliegues. Come tanto como le place, sin que Sophie esté mirando su plato con el entrecejo fruncido, bajo las órdenes del necio de Ducroix.

Piensa en Sophie. Teme que esté adquiriendo manías de solterona. Debería dedicar algo de tiempo a buscarle marido. Debería escribir a Claire, pedirle consejo, conseguir su ayuda.

En lugar de ello, da paseos por los verdes senderos de verano. Ha desempolvado para tales excursiones su antiguo sombrero de fieltro negro, única reliquia de sus tiempos en los tribunales de Toulouse. El ala ancha, donde las polillas se han dado un festín, está tan agujereada que parece un encaje. Deja pasar el aire, que sopla ligeramente alrededor de su cara.

Al otro lado del pueblo hay un campo que no parece distinto de los que lo rodean. Sin embargo, es el favorito de las alondras. Su canto sale a raudales del cielo azul, día tras día, solo en ese lugar.

Por la noche, el silencio lo envuelve como un ala. Cuando llega el sueño, él se acurruca en su blandura.

Una lechuza llama desde el haya que hay junto a la ventana y él despierta sobresaltado. Advierte que se ha salpicado una de las mangas con el jugo de la carne. Este creciente deseo de soledad que lo lleva a no cumplir con viejos amigos, con antiguos colegas, con sus hijas; la dificultad con que finge interesarse en los asuntos del mundo, ¿cuándo empezaron? ¿A la muerte de su mujer? ¿Cuando Claire se marchó a Toulouse? ¿Cuándo se casó con ese necio insoportable?

Lo han elegido para la nueva judicatura, pero incluso su trabajo, antes una pasión, ya no llama precisamente su atención. Recuerda que creía que la ley existía para civilizar a los hombres. Y lo sigue creyendo, solo que no consigue que le importe mucho.

Es consciente de su afición a los pequeños rituales, a los mimos que dedica a su persona. Me estoy haciendo viejo, piensa horrorizado. Y durante un largo minuto tiene verdadera dificultad para respirar.

Pero ¿es posible, cuando el pasado le olfatea los talones, cuando la niñez le hace compañía como su sombra? El corro de niños lo sujeta en un oscuro pasillo de mármol, clavándole sus huesudos dedos en los brazos. Todavía se sabe de memoria el catecismo para los cortesanos con que lo atormentaban mientras le apretaban una fría navaja contra el cuello: «¿Cuántas clases de nobleza hay?». Y él tenía que responder: dos, la nobleza de espada y la nobleza de toga. «¿Cuál es la más reconocida?» La de espada, porque solo se adquiere después de arriesgar la vida muchas veces…

El reloj de la repisa de la chimenea da la hora. Pronto Jacques llegará con su digestif y algo que comer, algo… pequeño y delicioso.

Segrega saliva anticipadamente.

Se inclina una vez más sobre sus libros y papeles. Cuando la puerta se abre, dice:

– ¿Sabías que antaño las grandes aves se servían enteras, con todas sus plumas? Para los grandes banquetes era habitual arrancar la piel del ave sin rasgarla, tarea endiabladamente peliaguda, diría yo. Se asaba el ave a fuego lento y, una vez hecha, volvía a envolverse en su piel y se llevaba a la mesa. Me cuesta creer que eso mejorara el sabor ya dudoso, imagino, de los cisnes, cigüeñas y garzas.

– Repugnantes criaturas grandes. ¿Por qué querrían comerlas pudiendo saborear un bonito y delicioso zorzal?

– Eres un producto ejemplar de nuestros tiempos, Jacques. Hasta hace un par de siglos que las grandes aves de rapiña no cayeron en desgracia y la gente empezó a comer becadas, currucas, zorzales, alondras y hortelanos. En mi opinión, la sustitución de las aves grandes y decorativas por las pequeñas y sabrosas señala el cambio de la preocupación de nuestros antepasados por el aspecto de un plato a nuestra preocupación por su sabor.

– Berthe se toma muchas molestias con la masa. No creo que le gustara oírle decir lo contrario.

– Ya lo creo, ya lo creo; los crujientes esfuerzos de Berthe son deliciosos. Pero ella no añade colorantes incomestibles como lapislázuli en polvo u hojas de estaño, y cuánto mejor. Eso es lo que habría hecho su bisabuela, con el único objeto de conseguir un plato visualmente asombroso. Hoy día discriminamos entre la salsa marrón y la blanca o entre las grosellas rojas y las verdes porque apreciamos por encima de todo su distinto sabor, y el placer visual que puedan proporcionarnos es una consideración secundaria. Me atrevería a sugerir que la importancia que hoy se da al gusto en un sentido literal corre parejo con nuestros debates sobre arte y literatura en la creciente preocupación por el buen o mal gusto en lo figurativo. Escucha esto…

Revuelve entre el desorden de su escritorio, da la vuelta a un pisapapeles de latón, esparce un fajo de papeles, encuentra el volumen que busca…

– Aquí tienes a Voltaire: «Del mismo modo que el mal gusto en el sentido físico consiste en recrearse únicamente en un exceso de condimentos o en condimentos demasiado fuertes, el mal gusto en las artes está en recrearse únicamente en el ornamento afectado y no responder a la belleza natural». -Satisfecho, levanta la mirada hacia Jacques-. ¿Qué te parece?

– No veo cómo puede saber eso acerca de la bisabuela de Berthe cuando la abandonaron en el porche de la iglesia del pueblo siendo un bebé… Me lo dijo ella misma.

Por un instante, Saint-Pierre se queda atónito. Luego ríe y cierra el libro.

– Los historiadores se olvidan de lo que interesa a la gente -dice-, por eso la mayor parte de la historia es un tostón.

Por toda respuesta, Jacques deja en el escritorio un plato con un dibujo rosa y dorado, un superviviente de la vajilla de Sévres.

– Blancmange -anuncia-, Blancmange blanca con salsa de frambuesas roja.

Saint-Pierre se inclina hacia delante.

Se lleva a los labios una temblorosa cucharada.

Abre la boca.

Cierra los ojos.