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– Tú… mejor dicho, el comité desea relevarme de mis obligaciones aquí.

Ricard lo miró como un padre miraría a un niño cuyo balbuceo revela una despreocupación por el mundo de los adultos tan divertida como irritante.

– No, escucha… -Volvió a interrumpirse-. Siento parecer brusco, pero no tengo mucho tiempo. -Aferrándose al respaldo de su silla-. Si fuera la porquería de siempre no te molestaría. Pero hay gente involucrada… otros elementos. En fin, no tiene sentido hablar en clave: Chalabre ha estado removiendo cosas contra mí, indagando entre los restos de la facción de Luzac y algún que otro necio que me odia porque la Revolución no le ha llenado los bolsillos o cumplido las pequeñas ambiciones que lo atormentan.

– ¿Chalabre?

– Lo sé, al principio no podía creerlo. Pero los abogados… son sinvergüenzas natos, y Chalabre tiene su propia ambición. Y además es de su clase, por supuesto. Está perfectamente situado para urdir y organizar un golpe, con su red de informadores y el tribunal para respaldar sus argumentos.

Sobre el escritorio de Joseph, en una botella de agua, flotaban unas rodajas de limón. Ricard se llenó un vaso, bebió, volvió a llenar el vaso.

– Escucha, ¿te acuerdas de ese pastelero, Gillet, que trató de matarme? Chalabre enseguida señaló que tenía conexiones con Luzac. Lo que no me dijo es que su mujer contrataba a Gillet para que la ayudara en la cocina cuando recibía en su casa. El hombre frecuentaba la casa de Chalabre. -Golpeando con el dedo el escritorio para subrayar cada palabra.

– Chalabre seguramente no tiene la menor idea de quién hacía los pasteles que su mujer ofrecía en sus fiestas.

Ricard sacudió la cabeza.

– Siempre tuve la impresión de que podría traicionarnos.

– No falta gente que aclamaría a Chalabre camino de la guillotina. ¿Es de fiar tu información?

– Fue Mercier quien me lo dijo.

– ¡Mercier! Cada vez que le pica una pulga sospecha una conspiración. -Los bordes de la conversación se deshilachaban, amenazando con urdir un dolor de cabeza. Aquí estoy, pensó Joseph, hablando de pasteles y traición en medio de una ola de calor.

Ricard clavó en él sus ojos azules.

– ¿Has hablado con Chalabre?

– El día después de mi dimisión del comité me envió una nota informándome que iba a cambiar de médico. Hace meses que no le veo.

El alcalde se recostó en su silla y se pasó una mano por la cara.

– Lo siento. Yo…

– No te preocupes -dijo él.

– La razón de mi visita es la siguiente: conozco al presidente de los jacobinos de Cahors y le he escrito pidiéndole tantos hombres como pueda prestarme. Chalabre no se atreverá a dar un paso si se halla en inferioridad numérica. ¿Llevarás la carta por mí?

Una mosca azul entró bamboleándose por la ventana, describió un ebrio arco sobre sus cabezas y cayó con un ruido seco sobre el escritorio. Zumbó dos veces y se quedó inmóvil.

– No tengo a nadie más en quien confiar, Joseph.

Era la primera vez que Ricard lo llamaba por su nombre.

– Por supuesto. -Alargó la mano para coger el sobre-. Saldré mañana por la mañana.

– No; lo antes posible. Es urgente, no hay tiempo que perder.

Joseph giraba el sobre que tenía en las manos.

– Me esperan en Montsignac esta noche.

– Hay algo más -dijo Ricard en voz baja. Las manos de Joseph se paralizaron al instante.

– Han detenido a Monferrant cerca de París en compañía de un espía inglés. Seguramente ya los han ejecutado. Están preparando una orden de arresto para su mujer.

– ¿Su mujer? -repitió él estúpidamente.

– Envíale una nota… Me encargaré de que hoy no ocurra nada. ¿Tienes a alguien que pueda llevarla?

El chico de las cocinas. Joseph asintió, tragó saliva y logró preguntar:

– ¿El resto de la familia…?

Ricard ya estaba de pie.

– Es a la mujer de Monferrant a la que quieren. En cuanto se quite de en medio, echarán mano de la propiedad que él le ha transferido.

– Nunca podré agradecértelo suficientemente.

– Es lo menos que puedo hacer. Me reservo una expresión más apropiada de mi gratitud para otra ocasión.

De pronto Joseph echó la cabeza atrás y estornudó. Se había levantado una repentina brisa y con ella un hedor…

– Con este calor -dijo-, esos carros abiertos…

– Es la vaca muerta que han sacado esta mañana del río. -El tono de Ricard era incisivo. Pero al llegar a la puerta se detuvo, recorrió la habitación con mirada indiferente, sin interés. Por fin miró a Joseph a la cara y dijo-: Todo ha ido mal desde que dimitiste.

Se estrecharon la mano. Luego la puerta se cerró.

Tapándose la nariz, Joseph escribió frenéticamente. Tenía la boca seca, pero Ricard había vaciado la botella de agua. ¿Y si no hubiera accedido a llevar la carta?, pensó. ¿Qué habría pasado entonces?

12

Shophie leyó: «Tu cuñado ha sido arrestado en París y condenado como traidor. Mañana arrestarán a tu hermana. Debe partir enseguida, sin demora. No temas, nadie más corre peligro».

Primera hora de la tarde. Todos habían estado durmiendo y tenían la lengua pastosa, los ojos legañosos.

En el terrible silencio, Saint-Pierre preguntó:

– ¿Por qué no ha venido Morel en persona?

– Dice que se ha visto obligado a marcharse de Castelnau para atender un asunto urgente que le llevará unos días, no más de tres, confía. -Debía de tener mucha prisa, porque la nota garabateada no llevaba ni saludo ni firma.

– ¿Adonde puedo ir? -murmuró Claire-. Los niños…

– Iremos a Burdeos. Por el río. -Stephen habló con calma, sin vacilar. La secuencia de rápidas imágenes siempre había estado allí, esperando a ser reclamadas-. Cruzaremos los campos hasta estar río abajo de Castelnau y buscaremos un bote que nos lleve. Estaremos a salvo… solo controlan las carreteras.

Lo miraron con fijeza. En su cabello desordenado se reflejaba la poca luz que había en la habitación con los postigos cerrados. Uno de sus puños estaba salpicado de añil.

Él pensó: Esta tarde contiene el resto de mi vida. El pasado retrocedió como un promontorio verde; él se separó de él, por encima de las olas, confiando en el horizonte.

– No hay tiempo que perder -les recordó-. Deberíamos seguir el consejo de Morel y partir enseguida.

– Los niños…

– Están arriba, dormidos. -Sophie cogió la mano de su hermana, ayudándole a levantarse-. Ven conmigo… te necesitarán. Te prepararé una bolsa con tus cosas.

– Solo lo imprescindible -dijo Stephen.

Clarie se dirigió a él como si estuvieran solos en la habitación.

– No tienes por qué hacerlo. Si te encuentran conmigo, ayudándonos…

– No van a encontrar a nadie. Me ocuparé de los caballos. -Y salió.

Metiendo las prendas de tamaño inverosímil de los niños en una bolsa bordada con aves negras, Sophie pensó por fin en Hubert y se estremeció.

Pero Joseph, insistía su corazón egoísta, ¿dónde está Joseph?

La forma en que bajaba la vista al entrar en una habitación llena de gente, sus manos.

13

Sé que estarás ansiosa por conocer todos los detalles de mi viaje. Así pues, aunque espero verte antes de mañana al amanecer y satisfacer plenamente tu curiosidad, he decidido poner por escrito algunas impresiones del viaje, para que sepas que estás presente en mis pensamientos esta tarde, como lo estás de hecho a cada instante de cada día.

»La belleza del paisaje al norte del Garona es tan asombrosa y tan variada que solo trataré de describirla someramente. Conforme dejas Cahors, la montaña de roca se eleva tan empinada que temes que pueda caer sobre la ciudad. Pero las tierras altas te ofrecen una perspectiva excelente y profunda de crestas, valles y suaves lomas. Hacia última hora de la mañana cabalgaba por un paisaje verde, si bien escarpado, todo colina y valle. Había bosques de castaños colgantes, valles profundos por donde corría rápido el río centelleante, pequeños y bonitos pueblos aferrados a los acantilados que se elevaban por encima. Por aquí se cultivan mucho los nogales, así como centeno y trigo, y por supuesto viñedos. Alrededor de la una me encontré cruzando una avenida de moreras; los deliciosos frutos eran de color purpúreo rojizo, los más dulces que jamás he probado.

»Las casas aumentan la belleza del paisaje: blancas, cuadradas, con sus tejados bastante planos y solo unas pocas ventanas. Me dicen que muchos de los campesinos son dueños de su propia tierra. De todos modos, a pesar del aire de bienestar general, he visto mujeres raquíticas y descalzas a un lado de la carretera, agachándose para llenar sus delantales de hierbajos para sus vacas, el sol cayendo implacable sobre ellas. De modo que debo concluir que, incluso donde el campo es más rico, siempre hay quienes, por las circunstancias de su nacimiento, se ven excluidos de compartir la prosperidad que los rodea. Llevamos cinco años de Revolución, tal vez sean precisos quinientos para ver cierta mejora en la miseria de esas vidas.

»Por la tarde, un campo ondulado, calcáreo, se extendía muy blanco y deslumbrante bajo el sol. Habría temido por los cascos de mi yegua, pero la carretera era excelente, de granito fino, firme y llana, afortunadamente libre de piedras. No se ven los Pirineos, por supuesto. Imagino la estupefacción del forastero que ha viajado día tras día hacia el sur en una estación como esta, sin sospechar jamás la existencia de las montañas… hasta que una buena mañana se despierta y ve que la bruma se ha disipado, se avecinan lluvias… ¡y delante de sus narices hay enormes picos nevados!