»Sé que te preguntarás qué he estado comiendo en estos lugares extraños -¡al menos tu padre seguro que lo hace!-, así que permite que te asegure que acabo de terminar una cena satisfactoria que consistía en sopa de acedera, paloma, guisantes verdes, mollejas de ternera, galletas, nectarinas, una botella de buen vino tinto y una copita de licor de nuez, todo por noventa y cuatro sous. Esta es la cena que sirven en el Soleil d'Or, no muy lejos de Moissac, donde he tomado una habitación para pasar la noche. La posada está extraordinariamente limpia, y la habitación encalada y no con los habituales tapices mugrientos colgando donde se reproducen las arañas y las polillas sin que nadie las moleste. La muchacha que me ha atendido tenía un aspecto igualmente limpio y pulcro; el casero, por otra parte, era un mugriento anciano con bigotes de villano, una peluca aterradora (donde seguro que corrieron a refugiarse las arañas y las polillas cuando quemaron los tapices a mediados del pasado siglo) y mirada estrábica. La muchacha es su sobrina, y es tan lista y atractiva como desaliñado y corto de entendederas es su tío. Durante la cena ella ha contado una historia de lo más entretenida.»
Aquí se detuvo y, después de reflexionar, tachó la última frase y media.
«Pero veo que he olvidado decir algo de Cahors. Bueno, no me extraña, ya que me pareció, de hecho, un lugar poco atractivo, las calles ni anchas ni rectas, sino apretujadas, mal construidas, sucias, malolientes. Todo lo contrario de Castelnau, con sus bonitas casas y hermosos paseos. La posada en que me alojé se llamaba Poisson Rouge, un escuálido establecimiento con cuatro camas en cada habitación y en las paredes por lo menos ocho tipos de papel pintado de colores que se mataban. (Un paréntesis para recordarnos a los dos que cuando estemos casados -esta frase me gusta tanto que la escribiré una segunda vez-, cuando estemos casados, debemos ir sin falta a Montpellier, una ciudad que seguramente te resultará encantadora en todos los sentidos.)
»Pero volviendo a Cahors (cosa que espero de todo corazón no tener que hacer), me vi obligado a quedarme más tiempo del que tenía previsto, ya que la persona a la que tenía que ver no pudo recibirme inmediatamente. Sin embargo, una vez que esta se vio libre de sus obligaciones, el asunto que me había llevado allí fue rápidamente despachado; para alivio mío, ya que no quería pasar más que una noche en la Poisson Rouge, aun cuando no te tuviera a ti como incentivo para volver corriendo a casa. Pero aquí debería señalar, en caso de que te parezca solo desagradable y criticón, que el vino que ha dado fama a la ciudad es verdaderamente excelente. El verdadero vin de Gréve, como lo llaman, viene de los viñedos de las colinas rocosas justo al sur de Cahors, y recibe su nombre por el suelo de grava de la región. Bebí una botella de seis años que me costó solo dieciocho sous, un precio muy moderado para un vino tan espléndido, con tanto cuerpo. Pero tendrás ocasión de juzgarlo por ti misma, ya que tengo dos botellas más en la bolsa y las beberemos juntos mañana por la noche.
»Sophie, he visto tantas cosas que me gustaría describirte: los bories, cabañas cónicas construidas con piedras grises y planas, muy comunes en estos parajes; o un campo de hierba lleno de florecitas doradas, brillantes como monedas, y otras de color purpúreo y puntiagudas que tú reconocerías enseguida. Pero al leer lo que he escrito veo que pasa revista de lo extraño, raro y absurdo, presentando una cortina de humo de exotismo cuando, como todos los relatos de viajes, todo el interés que pueda tener está únicamente en cuánto revela del corazón del viajero. Que en este caso, querida mía, tiene cabida para poca cosa más que el anhelo y el amor por ti. Apenas me atrevo a imaginar lo tristes y horribles que deben de haber sido estos días para tu familia, y hubiera hecho cualquier cosa por estar a tu lado en estos momentos tan difíciles. Pero no ha podido ser, como comprenderás mañana, cuando te revele la razón de mi viaje. De modo que cuando leas estas líneas, me habrás perdonado, espero, por lo que parece la más pura deserción; y confío en que la primera separación que hemos tenido que soportar sea también la última.»
14
El juez, con fular blanco y toga negra, se sentó en una ocasión al lado de Saint-Pierre en una cena oficial y terminó la velada desplomándose de bruces sobre un soufflé de chocolate. Una década después, Saint-Pierre todavía recuerda la profunda decepción que sintió al tener que conformarse con una Charlotte de manzana.
Repara en que alguien ha olvidado quitar el polvo al busto de Marat que hay sobre un pedestal cerca de la puerta: de la nariz a la oreja del mártir se extienden unos hilos plateados, y la araña, pequeña y marrón, se acurruca como un lunar en la comisura de la boca. Esta evidencia de la falibilidad humana, esta pequeña imperfección en el buen funcionamiento del sistema, tranquiliza a Saint-Pierre. La eficiencia está a la orden del día. Hasta ahora él no ha comprendido cómo esta se vuelve contra los prisioneros: si las cosas ocurren lo bastante deprisa, parecen inevitables. Te arrestan; veinticuatro horas más tarde te juzgan y luego… Pero Saint-Pierre cierra los ojos. La sala del tribunal está atestada y mal ventilada, lo que tal vez explique las dificultades que tiene para respirar.
Morel les envió una carta, eso lo recuerda con claridad: la luz del sol listada y entrando oblicuamente en una habitación con los postigos cerrados. Las tardes no están hechas para las despedidas, piensa, hay algo en el duro ángulo amarillo de la luz que vuelve los gestos rígidos y excesivamente ensayados. Los niños, despertados bruscamente y sometidos a besos, estaban adormilados y predispuestos a quejarse. Sabe que estuvo torpe, estrechando a Claire con tanta fuerza contra su pecho que al final esta luchó por liberarse. Aquella noche la había pasado caminando: en el huerto bochornoso junto al río interminable. Imaginó centinelas apostados a intervalos a lo largo de la carretera para detenerla; faroles levantados a lo largo de la orilla, un alto gritado al bote que se desliza por aguas oscuras.
¿Por qué no está él allí con ella? ¿Cómo puede habérsela confiado a Fletcher?
La sala del tribunal se tambalea.
Lombard, el fiscal con cara de pera, está leyendo en alto el primer cargo mientras se pasa un dedo por el cuello de la toga. A un violinista le ha denunciado uno de sus alumnos por «difamación antipatriótica»: ha descrito la música compuesta para el Festival del Matrimonio como «aullidos sensibleros» y confesado que se pasaba todas esas fiestas nacionales en la cama con las orejas tapadas y las cortinas echadas.
En pro de la justicia expeditiva, el tribunal tiene prohibido llamar a testigos. A los abogados defensores se les considera también innecesarios: los hombres del jurado son buenos ciudadanos, perfectamente capaces de mirar en su corazón y llegar al veredicto correcto sin necesidad de ser confundidos y desorientados por astucias legales. Para reducir aún más la complejidad de la tarea del tribunal, todos los prisioneros son absueltos o condenados a muerte.
El violinista está entre la mayoría desafortunada. «El verdugo me hará un favor, ciudadanos… Se acabarán los aullidos.» Esta salida recibe aplausos de la galería, llena a rebosar como siempre; el desafío enérgico que no supone ninguna amenaza al confort de uno siempre se recibe con aprobación. Además, el violinista tiene los ojos marrón achocolatado y un torrente de rizos oscuros. Una o dos mujeres ya están buscando a tientas sus pañuelos.
Habían contando con que registraran la casa, pero tras la partida de Claire eso les había parecido una mera intrusión desagradable. La nota de Joseph había sido doblada y guardada en el escritorio de Sophie, no habiéndosele ocurrido a Saint-Pierre que sus papeles privados podían tener interés para la policía. Hasta que el agente bajó al piso de abajo blandiendo la hoja de papel.
El dolor le sube por los brazos, pero desaparece al instante. Lo deja sin aliento y lúcido. Se considera culpable de negligencia, egoísmo, complacencia. Hasta un estúpido como Monferrant podía ver lo que se avecinaba. Un momento después recuerda qué ha sido de Hubert.
El calor lo rodea y estrecha en sus brazos. Por unos instantes voluptuosos, Saint-Pierre se plantea ceder a su abrazo.
Junto a la puerta de su celda, dos guardias han estado jugando al ajedrez con un juego de piezas a las que les faltan las cabezas de los reyes y las reinas. Durante la cena -judías en grasa de pella, pan, varios pedazos grisáceos que debían de ser carne-, un prisionero se llevó a la mejilla un plato de hojalata e hizo, con perfectas tonalidades, el sonido de un cuerno de caza; esperaba desviar a los sabuesos, dijo, y hasta los guardias rieron.
A una prostituta que se ha jactado de cobrar a los jacobinos dos veces más que a los demás clientes se le acusa de «moral depravada, y de empañar la pureza y energía de la Revolución». Culpable.
A un jornalero lo han denunciado por negarse a trabajar los domingos y afirmar que es un día sagrado, «corrompiendo la conciencia pública». Culpable.