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Me costó volver a encontrar el hotel. Se hizo rápidamente de noche. Pregunté al portero dónde podía conseguir una botella de sambuca. Me mandó a una Liquor Store dos calles más allá. En vano recorrí los estantes. El propietario del comercio lo lamentó, no tenía sambuca pero sí algo parecido, qué tal si probaba Southern Comfort. Me envolvió la botella en una bolsa marrón de papel que retorció por arriba. Por el camino de vuelta al hotel me compré una hamburguesa. Con la trinchera y la bolsa marrón en una mano y la hamburguesa en la otra me sentía como un actor secundario en una película policíaca americana de serie B

En la habitación del hotel me tumbé en la cama y encendí el televisor. El vaso para mi cepillo de dientes estaba envuelto en una bolsa sellada de celofán, lo rasgué y me serví. Southern Comfort no tiene que ver lo más mínimo con el sambuca. A pesar de ello, tenía un sabor agradable y se deslizaba por mi garganta con toda naturalidad. Tampoco el encuentro de fútbol de la televisión tenía nada que ver con nuestro fútbol. Pero comprendí las reglas y seguí el juego con tensión creciente.

Al cabo de un tiempo aplaudía cuando mi equipo había hecho avanzar un buen trecho el balón. Luego me empezaron a divertir los anuncios publicitarios que interrumpían el partido. Al final debí de gritar demasiado, porque dieron unos golpes en la pared. Intenté levantarme y devolver los golpes, pero la cama se elevaba siempre por la parte por donde quería bajarme. Tampoco era tan importante. Lo principal era que todavía podía servirme. El último trago lo dejé en la botella. Para el viaje de vuelta.

En medio de la noche me desperté. Ahora me sentía borracho. Estaba vestido sobre la cama, el televisor escupía imágenes. Cuando lo apagué, mi cabeza implosionó. Conseguí quitarme la chaqueta antes de volver a dormirme.

Al despertarme no supe dónde estaba por unos instantes. Mi habitación estaba limpia y recogida, el cenicero vacío y el vaso del cepillo de dientes de nuevo con celofán. En mi reloj de pulsera eran las dos y media. Estuve largo rato sentado en el inodoro sujetándome la cabeza. Cuando me lavé las manos evité mirar al espejo. Encontré un envase de Saridon en mi neceser de viaje, y al cabo de veinte minutos mi dolor de cabeza había desaparecido. Pero con cada movimiento el líquido cefalorraquídeo chocaba pesadamente contra las paredes de mi cráneo, y el estómago gritaba reclamando comida pero al mismo tiempo me decía que no la conservaría mucho rato. En casa me habría hecho una infusión de manzanilla, pero no sabía cómo se decía manzanilla, ni dónde conseguirla ni cómo calentar agua.

Me di una ducha, primero caliente, luego fría. En el tea room de mi hotel pedí té negro y tostadas. Di unos pasos por la calle. El camino me llevaba a la Liquor Store. Todavía estaba abierta. No le tomé a mal la última noche al Southern Comfort, no soy rencoroso. Para dejárselo claro, compré otra botella. El propietario dijo:

– Better than any of your Sambuca, hey?

No quise decir nada en contra.

Esta vez me quería emborrachar sistemáticamente. Me quité la ropa, colgué el cartel de «Do not disturb» ante la puerta y mi traje en el perchero. La camiseta, que entre tanto ya estaba sucia, la metí en una bolsa de plástico prevista al efecto, que también dejé en el corredor. Dejé asimismo los zapatos, en la esperanza de que a la mañana siguiente encontraría todo en buen estado. Cerré por dentro la puerta, corrí las cortinas, encendí el televisor, me puse por encima el pijama, me serví el primer vaso, puse la botella y el cenicero en la mesilla de noche al alcance de la mano, a su lado los cigarrillos y las cerillas, y me tumbé en la cama. En la televisión ponían Río Rojo. Me tapé con la manta hasta la barbilla; miraba, fumaba y bebía.

Al cabo de un rato desaparecieron las imágenes de la sala de audiencias en que yo solía intervenir, de las ejecuciones que había tenido que presenciar, de los uniformes verdes y grises y negros y de mi mujer con el traje de las juventudes hitlerianas. Ya no oía botas resonando por largos corredores, ni discursos del Führer en la radio, ni sirenas. John Wayne bebía whisky, yo bebía Southern Comfort, y cuando se fue a poner las cosas en su sitio yo estaba a su lado.

Al mediodía siguiente, el regreso de la borrachera ya se había hecho un ritual. Al mismo tiempo tuve claro que se había terminado el beber en exceso. Fui con el coche hasta el parque Golden Gate y caminé dos horas. Por la tarde me topé con el Perry's, un local italiano en que me sentí casi tan bien como en el Kleiner Rosengarten. Dormí profundamente y sin sueños, y por la mañana descubrí el desayuno americano. A las nueve llamé a Vera Müller. Me esperaba para el lunch.

A las doce y media estaba con un ramo de rosas amarillas ante su puerta de Telegraph Hill. No era la caricatura de cabello azul que me había imaginado. Era aproximadamente de mi edad, y si como hombre llevaba yo los años al igual que ella como mujer, me daba por satisfecho. Era alta, esbelta, huesuda, llevaba el pelo gris cogido hacia arriba, sobre los vaqueros una blusa de estilo ruso, las gafas colgadas de una cadenita y en torno a los ojos grises y a la boca pequeña tenía una expresión burlona. Llevaba dos alianzas en la mano izquierda.

– Sí, soy viuda. -Había advertido mi mirada-. Mi marido murió hace tres años. Usted me recuerda a él. -Me llevó al salón, por cuyas ventanas vi Alcatraz, la isla prisión-. ¿Le apetece un pastis de aperitivo? Sírvase, en este momento iba a meter la pizza en el horno.

Cuando volvió yo había servido dos vasos.

– Tengo que hacerle una confesión. No soy un historiador de Hamburgo, sino un detective privado de Mannheim. El hombre a cuyo anuncio contestó usted, que tampoco era un historiador de Hamburgo, fue asesinado, y yo estoy intentando descubrir por qué.

– ¿Y sabe usted ya por quién?

– Sí y no. -Le conté mi historia.

– ¿Le ha mencionado a la señora Hirsch su propia implicación en el asunto Tyberg?

– No, no me atreví.

– De verdad que me recuerda usted a mi marido. Era periodista, un célebre y furibundo reportero, pero en todos sus reportajes tenía miedo. Por otra parte está bien que no se lo haya dicho a ella. Le habría perturbado mucho, también por su relación con Karl. ¿Sabía usted que él volvió a hacer una gran carrera en Stanford? Sarah nunca pudo incorporarse a ese mundo. Se quedó junto a él porque pensaba que se lo debía, por haberla esperado tanto tiempo. Y al mismo tiempo él vivió con ella sólo por lealtad. Nunca se casaron. -Me llevó al balcón de la cocina y sacó la pizza-. Del envejecer me gusta que a los principios les salen agujeros. Nunca habría pensado que alguna vez pudiera comer con un antiguo fiscal nazi sin que se me atragantara la pizza. ¿Sigue siendo nazi?

La pizza se me atragantó a mí.

– De acuerdo, de acuerdo. No le veo yo aspecto de serlo. ¿Tiene a veces problemas con su pasado?

– Por lo menos para dos botellas de Southern Comfort. -Le conté cómo me había ido el fin de semana.

A las seis todavía estábamos sentados. Me habló de sus comienzos en América. En la Olimpiada de Berlín había conocido a su marido y se había ido con él a Los Ángeles.

– ¿Sabe usted lo que más me ha costado de todo? Ir en traje de baño a la sauna.

Luego se tuvo que ir al turno nocturno del teléfono de la esperanza, y yo volví a Perry's y sólo me llevé a la cama un lote de seis latas de cerveza. A la mañana siguiente, mientras desayunaba, le escribí una postal a Vera Müller, luego pagué la cuenta y fui al aeropuerto. Por la noche estaba en Pittsburgh. Había nieve.