No se detuvo. Según el plano, faltaba aún bastante para llegar al Bayon, el otro templo importante, en cuyas inmediaciones el apicultor tenía sus colmenas. Siguió la pista, invariablemente recta y desnuda, junto al río.
Al cabo de diez minutos apareció, al final de un puente de piedra, una puerta monumental bordeada de guerreros y dragones. Una pesada ojiva, construida con bloques verdosos y coronada por un inmenso rostro plácido cuya sabiduría y dulzura parecían salir de sus labios sonrientes como si fuera vaho.
Al otro lado no estaba la ciudad, sino que continuaba el bosque. Marc seguía avanzando. Las dimensiones del yacimiento eran vertiginosas. La selva, alta, despejada, parecía interminable. Marc saboreaba el paisaje aspirando el aire soleado. Admiraba los altos troncos cenicientos, la inmensa fronda que se abría ante él como manos en señal de bienvenida.
Al poco, los árboles parecieron quedar clavados al final de la carretera. Marc creyó que era un efecto de la luz. Pero no: aunque él se acercaba, las copas se negaban a alejarse, y las hojas habían dejado de moverse. Ahora dibujaban trazos, curvas, ornamentos. Piedra. El primer templo, tallado en el bosque, estaba a la vista. Torres y terrazas aparecían al fondo de la espesura. Marc revisó su impresión. Rostros. Rostros a flor de jungla… Cada rasgo de laterita, cada bloque de gres revelaba una frente, una mirada, una sonrisa. El templo se aproximaba a él como una procesión de dioses, tranquila y lenta.
Había llegado. El Bayon, conocido como «el bosque de los rostros». Marc recorrió su contorno. En el tercer lado vio, arriba de los escalones, un muro esculpido. Detuvo el scooter y se acercó, pasando por encima de los cientos de bloques caídos y esparcidos por el suelo.
Esa fachada era de una complejidad extraordinaria: había varias terrazas escalonadas, y cada una de ellas sostenía decenas de rostros con diferentes expresiones, miradas y coronas. En los huecos aparecían bailarinas, se recortaban guerreros. Todo estaba tallado, labrado, cincelado.
Marc, con su bolsa de turista al hombro, pensaba en los artistas que habían esculpido esas maravillas. Tenía la impresión de penetrar en su cerebro. Como si cada detalle, cada rincón revelara un aspecto de su conciencia, de su exigencia, de sus obsesiones. Esa reflexión le recordó a Reverdi y su poder nocturno.
«Busca el fresco.»
Ese era el lugar que indicaba. Se trataba de esos bajorrelieves en escalera, cuyos soldados «miraban» el terreno del apicultor.
Sí, estaba seguro, la miel ya no se encontraba lejos.
51
Marc encontró la granja en el eje del bajorrelieve, a cincuenta metros, detrás de un grupo de altas ceibas. Dos edificios sucios, dispuestos en forma de L, cuyos tejados estaban cubiertos de hojas secas. Un cartel anunciaba con orgullo: laboratorio de bosque. A la izquierda, decenas de cajas de madera: las colmenas. Alrededor de ellas zumbaban nubes de abejas.
Críos con aspecto de gatos salvajes bailaban, giraban, correteaban entre las colmenas, rivalizando en rapidez con los insectos. Marc vio entre la horda una figura no más alta que las demás pero que parecía mucho mayor. El Señor de Oro. Viéndolo, el sobrenombre parecía exagerado. Un esqueleto canijo, con la cabeza envuelta en un sarong viejo y manchado de laterita. Sobre este, un sombrero de paja sujetaba un trozo de red verde de ping-pong que le caía por delante de la cara.
El hombre se acercó a Marc apartando el velo de un rostro quemado y surcado de arrugas. Los niños lo acompañaban. Uno llevaba unos zapatones sin cordones, otro una chaqueta de falso tweed abrochada con un cordel, otro un impermeable sobre el torso desnudo. Todos llevaban la misma red verde delante de los ojos. Los olvidados en versión asiática. Cuando estuvieron delante de Marc, levantaron al unísono su protección y dejaron al descubierto la misma mirada de malicia.
Marc se presentó en inglés. El apicultor debió de notar su acento y contestó en francés. Un francés de la vieja escuela.
– Encantado, señor. Yo me llamo Som.
En su semblante, en forma de piña, brillaba un reflejo socarrón. Los niños no paraban de parlotear a su alrededor y de empujarlo. Él se echó a reír: la mitad de sus dientes eran de oro.
– Y estos son hijos y nietos míos. Pasada cierta edad, vivir sin niños es quedarse completamente seco. Es muy triste vivir solo para uno mismo, ¿no le parece?
Marc asintió sin convicción. Los últimos niños a los que se había acercado descansaban en cajones de acero inoxidable, en un depósito de cadáveres. Asesinatos. Pederastia. Incesto. La retahíla habitual.
Para evitar cualquier pregunta sobre su propia familia, habló inmediatamente de la muerte de Linda Kreutz sin parar de mover los brazos para ahuyentar a las abejas. La escena le recordaba las Cameron Highlands: estaba dando vueltas en el mismo círculo.
– Esa chica… -dijo, haciendo una mueca, el apicultor-. Es muy triste, mucho. Pero ¡qué jaleo se organizó! ¿Sabe cuántos asesinos continúan en libertad en Camboya?
Marc puso cara de circunstancias. Esperaba los inevitables lamentos sobre el genocidio jemer, pero se equivocaba: Som no era un aguafiestas. Se quitó los guantes y preguntó:
– ¿Viene a hacerme preguntas sobre Jacques Reverdi?
Su francés presentaba algunas lagunas, pero su mente no. Marc asintió con la cabeza, observando que las manos del viejo, manchadas de laterita, ofrecían toda la gama de los rojos y los marrones, desde el ocre hasta el naranja pasando por las diferentes tonalidades de carmín. Las abejas y los niños habían desaparecido. Los pájaros estaban ahora a sus anchas.
– No puedo decirle nada sensacional -prosiguió, sacudiendo los guantes contra uno de sus brazos-. Yo apreciaba mucho a Jacques. Venía a verme cuando trabajaba en Ba-Phuon.
Marc no estaba dispuesto a escuchar más elogios.
– ¿Sabe que lo han pillado en flagrante delito de asesinato en Malaisia?
El anciano sacudió enérgicamente su sombrero de paja. Todos sus movimientos despedían un olor dulzón, ligeramente empalagoso.
– Sí, pero me cuesta creerlo. Sobre todo el método. Tan salvaje… Jacques es un hombre muy reflexivo, muy… -se apuntó con los dedos rojos el pecho- interior.
Marc no deseaba evocar otra vez las múltiples personalidades del asesino. Adoptó un tono firme:
– Oiga…
– No, oiga usted. Jacques, gran hombre para la meditación. La apnea le había aportado tranquilidad espiritual. ¿Sabe cómo se practica la meditación?
– No.
El viejo levantó el índice y lo hizo girar.
– Esta noche, en su habitación, observe el ventilador. Las palas giran tan deprisa que no es posible distinguirlas. El cerebro humano igual. Nuestros pensamientos van demasiado deprisa. Imposible desenredarlos. -Ralentizó el movimiento-. Pero detenga el ventilador. Mire cada una de las palas a medida que se van precisando, encuentre su forma… Haga lo mismo con su mente. Separe una idea de las demás. Obsérvela desde todos los puntos de vista. Ese es el papel de la meditación. Transformar el pensamiento en objeto fijo.
Marc suspiró.
– ¿Qué relación tiene eso con Reverdi?
– Él era el campeón. El maestro. Podía aislar una idea, considerarla bajo todos sus aspectos. La apnea le dio poder.
Un ruido extraño, que persistía bajo el piar de los pájaros, distrajo a Marc. Un susurro languideciente que, ahora se daba cuenta, sonaba desde que había llegado.
Volvió la cabeza y vio, detrás de él, a la derecha de las colmenas, un muro de pequeñas hojas prietas, muy verdes, muy ligeras, que se movían como olas. Bambúes. Ese «laboratorio de bosque» incluía un campo de bambúes.