Выбрать главу

Bajo las uñas de la víctima, Reverdi había visto restos de piel. El chaval había intentado defenderse mientras los cabrones lo desmembraban. ¿Qué posibilidades tenía contra unos asesinos que habrían liquidado a cualquiera por un paquete de cigarrillos?

Una vez, Hajjah le había pedido protección.

Él había contestado «ya veremos».

En otra ocasión, Éric había implorado su ayuda.

Él había contestado «ya veremos».

Ahora veían.

Y él no había movido un dedo para defender al chico.

No sentía ningún remordimiento. La cárcel no se basa en un sistema de ayuda mutua o de solidaridad. Es un mundo en el que los intereses personales cohabitan sin mezclarse. Llegado el caso, pueden coincidir en un objetivo común, pero la regla es no salir nunca del propio círculo de existencia. Una lógica de ratas, en la que la inteligencia solo se aplica a la supervivencia inmediata.

Sin embargo, ahora todo era distinto.

Aprovechando ese velatorio, rodeado de tarros de formol y de desinfectantes, Jacques había consultado en la enfermería desierta, utilizando la miniagenda, su cuenta de correo electrónico.

Una maravilla lo esperaba: Élisabeth había encontrado el camino. Había comprendido el significado de los Jalones de Eternidad. Y había empezado a utilizar un lenguaje de puro amor.

Jacques había redactado un mensaje de respuesta, liberando él también su palabra y dando nuevas instrucciones. Cada vez que lo hacía, experimentaba una vaga aprensión. ¿Hacía bien en confiar en ella hasta ese punto? Esas palabras, esos hechos jamás habían salido hasta entonces de su conciencia.

Pero no tenía elección.

Era el único camino para unirse a Élisabeth.

Una hora más tarde lo condujeron a su celda, antes de la primera llamada.

Se dirigió al cuarto de baño y cogió su cepillo de dientes.

En el extremo del mango, escondida entre las cerdas, había metido una hoja de afeitar. Un filo asesino totalmente invisible. Pasó suavemente el dedo índice por la hoja.

Había llegado el momento de vengar a Hajjah.

Y de ofrecer su tributo de sangre a Élisabeth.

54

Domingo 1 de junio, Tailandia.

Una de la tarde.

La isla de Phuket era una tapadera perfecta.

El modesto aeropuerto, las tiendas de recuerdos, las cabañas de las agencias de viajes: todo despedía un perfume tropical e insular. Un modelo de destino exótico.

En realidad, Phuket era una de las zonas más tórridas de Tailandia. Un lugar destacado del turismo sexual. Marc sabía que estaba entrando en otro círculo del infierno. Después de Malaisia y las heridas formando un dibujo, de Camboya y los cortes soldados con miel, ¿qué iba a descubrir en Tailandia?

El sábado por la mañana, unas horas después de haber enviado su mensaje, había recibido una respuesta.

Asunto: TAKUA PA – Recibido: 31 de mayo, 8 h 30.

De: sng@wanadoo.com

A: lisbeth@voila.fr

Amor mío:

Esperaba con impaciencia que encontraras tu camino. «Nuestro» camino. Esa línea que nos une, tendida bajo el mundo de las apariencias y el universo mediocre de los hombres.

Lise, amor mío, has sido capaz de restablecer ese vínculo. Incluso has decidido liberar nuestro lenguaje y te lo agradezco. Este silencio también ha sido para mí una verdadera herida…

Tus descubrimientos nos permiten ahora acercarnos más. Muy pronto dejará de haber límites en nuestra unión.

Pero antes debes superar la tercera etapa. Debes ir a Tailandia. Concretamente a una isla del sudeste…

Marc había perdido el vuelo de la mañana y había tenido que esperar hasta la noche para trasladarse de Siem Reap a Phnom Penh. Allí se había hospedado de nuevo en el Renaksé y había esperado a la mañana siguiente para tomar un avión en dirección a Bangkok. Nada más aterrizar, sin salir del aeropuerto, había tomado otro avión hacia Phuket, alrededor de las once de la mañana.

Otro territorio de caza del asesino; el apneísta había ejercido allí durante años. Sus indicaciones eran cada vez más precisas:

En Phuket, alquila un coche y sube por la costa hacia el norte. Cruza el puente y entra en el continente, en dirección a la frontera birmana. Cuando llegues a Takua Pa, recibirás más instrucciones.

Muy importante: tienes que alquilar un teléfono móvil y conectar a él el ordenador para poder recibir mis mensajes en cualquier lugar del camino.

Para concluir, Reverdi presentaba el nuevo indicio que había que descubrir:

El método no lo es todo, amor mío. Un rito necesita un espacio particular. Un lugar sagrado donde cada gesto adquiere un significado superior, donde cada movimiento es un símbolo.

Ahora te diriges a uno de esos lugares. La Cámara de Pureza. Mantén el rumbo. Muy pronto penetrarás en el espacio mismo del Secreto…

El Sendero de Vida.

Los Jalones de Eternidad.

Y ahora, la Cámara de Pureza.

Reverdi lo guiaba, simple y llanamente, al escenario de un crimen. La excitación de Marc iba en aumento; sentía físicamente que se acercaba al asesino, que penetraba en su reino.

A cincuenta metros del aeropuerto, bajo la sombra de unas palmeras, Marc vio las agencias de alquiler de coches. Simples quioscos de madera blanca. Escogió un Suzuki Caribbean, una especie de jeep descapotable, cubierto con una lona azul y provisto de aire acondicionado. Alquiló también un teléfono móvil y compró un abono.

El encargado de la agencia lo acompañó hasta su coche y lo puso en guardia contra el monzón. Empezaba en el norte. Marc estuvo a punto de contestarle que la tormenta no le daba miedo.

Al contrario, se dirigía hacia el ojo del huracán.

Por el camino, no dejaba de pensar en su novela. Durante aquellos dos últimos días ya había ordenado sus notas en torno a una trama policíaca. Nada más fáciclass="underline" su viaje era, en sí mismo, una novela policíaca. Desde que se le había ocurrido esa idea, no había vuelto a tener la menor duda. Ese proyecto lo animaba a proseguir su investigación en todos los frentes. El trabajo de ficción le permitiría identificarse mejor, mediante la imaginación, con el asesino. En sus notas ya había empezado a escribir en primera persona cuando adoptaba el punto de vista del asesino.

Marc empezaba también a acariciar planes menos desinteresados. ¿Y si escribiera un best-seller? De repente soñaba con el éxito, la gloria, el dinero…

Llegó a Takua Pa a las cinco de la tarde. Una ciudad de provincias, insulsa y polvorienta, con unos depósitos de agua a modo de puntos de referencia. Situado en el interior, ese antiguo establecimiento portugués no tenía nada que ver con los lugares turísticos por los que había pasado a lo largo del día. Allí no había ni un solo extranjero, y tuvo que dar muchas vueltas para encontrar un hotel.

Por fin, detrás de la única gasolinera, descubrió un bloque blancuzco y decrépito que parecía un hospital reciclado. El único hotel de Takua Pa. En el interior, la analogía se reforzaba: largos pasillos grises, puertas estrechas, ventanas con rejas. Un auténtico asilo. Marc pagó por adelantado y subió al cuarto piso.

Estaba cayendo la noche. Encendió la bombilla desnuda que constituía la iluminación de su cuarto. Una simple celda, sin mobiliario ni decoración. Un lugar de paso donde no se podía robar nada; ni siquiera un recuerdo.