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– Si no fuera por la posición de mi familia y por respeto a mi madre y a Veronique, creo que renunciaría a todo ello -solía decir André cuando se sentía exasperado por la ignorancia de la gente de nuestro círculo social.

Yo no tenía claro que su afirmación fuera cierta. Ahora que tenía veintisiete años, André se estaba haciendo cargo cada vez más de los negocios, a medida que su padre se preparaba para jubilarse y cederle la dirección de las industrias Blanchard. Quizá no se sentía especialmente entusiasmado por mezclarse con la alta sociedad parisina, pero le encantaba su trabajo. Podía ver el orgullo en su mirada cuando examinaba los planos de una nueva planta de fabricación o de un nuevo hotel. Su trabajo lo mantenía despierto hasta tarde y lo sacaba de la cama temprano, pero nunca se sentía cansado. Le apasionaban los negocios, del mismo modo que a mí actuar. No se podía separar al hombre de su talento, intentarlo sería matar su espíritu.

– Estuvo usted allí, ¿verdad? -le preguntó Joseph a Renoir-. Cuando hicieron a Hitler canciller.

El rostro de Renoir se ensombreció.

– Estaba tratando de conseguir financiación para una película. Pensé que me quedaría allí a presenciar un evento histórico, pero lo único que vi fue un hatajo de camisas pardas obligando a una anciana judía a echarse sobre la acera y a chupar el suelo.

Me quedé en silencio. Renoir y yo habíamos compartido muchas conversaciones sobre Berlín, porque a él le gustaban los alemanes, a pesar de que había resultado herido en la Gran Guerra, y yo tenía muchos buenos recuerdos de la ciudad y de mi estancia allí.

– Berlín es una ciudad en la que logra florecer lo mejor y lo peor -me dijo-. La guerra destroza en cuestión de minutos lo que una cultura evolucionando lentamente tarda siglos en crear.

La secretaria de localizaciones entró corriendo.

– Mademoiselle Fleurier, tiene usted una llamada telefónica -anunció-. El caballero dice que es urgente. Puede cogerlo en la oficina.

Cogí el auricular y me sorprendió escuchar a André al otro lado de la línea.

– Ya casi has terminado, ¿verdad? -me preguntó, tratando de sonar alegre, pero percibí inmediatamente la ansiedad en su voz-. ¿Puedes saltarte el ensayo de esta tarde?

– Sí, ¿por qué? -pregunté.

– El conde Harry está aquí. Y necesita vernos inmediatamente.

No era la primera vez que el conde Kessler venía a París. Había asistido a todos mis espectáculos, pero no habíamos oído nada de él desde hacía unos meses. Su salud no había sido buena durante un tiempo, pero esta vez percibí que había algo más que eso en su repentina necesidad por vernos.

– ¿Pasa algo malo, André?

– Ven lo más rápido que puedas -respondió-. Te envío mi coche.

Cuando colgué el auricular, me invadió un sentimiento sombrío que no pude explicar.

André y yo nos encontramos con el conde en el apartamento de uno de sus amigos en la Íle St. Louis. La vivienda estaba compuesta por dos habitaciones repletas de libros sobre combados estantes, pero no fue el desorden lo que más nos sorprendió, sino el aspecto del conde cuando nos abrió la puerta. ¿Era aquel el mismo hombre? Esos ojos que habían estado tan llenos de diversión ahora escudriñaban todo a su alrededor como los de un animal asustado.

– Tengo que darles buenas y malas noticias -nos anunció, conduciéndonos al interior del apartamento-. Las buenas noticias son que a partir de ahora van a verme con mucha más frecuencia, por lo menos durante un tiempo. Las malas es que he tenido que exiliarme.

André y yo nos quedamos demasiado estupefactos como para pronunciar palabra.

– He sido denunciado -explicó el conde, llevándose una mano a la cabeza-, por mi sirviente. ¿Pueden creerlo?

– ¿Denunciado? -exclamó André-. ¿Por qué?

– Oh -dijo el conde, haciéndonos un gesto para que nos sentáramos a una mesa junto a la ventana-, en un estado policial no hace falta ninguna razón.

Nos explicó que había venido a París con la intención de quedarse hasta que las elecciones tuvieran lugar en Berlín. Se había opuesto a las tácticas de terror empleadas por los nazis para poner a Hitler en el poder y había apoyado un congreso de Libertad de Expresión celebrado en la sala de conciertos Kroll. Hubiera resultado peligroso para él quedarse mientras la guardia de asalto campaba por las calles. Pero un amigo se había puesto en contacto con él y le había advertido de que no regresara a Alemania. El sirviente del conde, Friedrich, lo había delatado. Los nazis habían registrado la casa del conde y habían encontrado una bandera republicana en el desván.

El conde me contempló largamente, con las lágrimas nublándole la mirada.

– Es algo terrible tener que…, bueno, es terrible ser traicionado.

Le pasé un brazo por los hombros. No era momento para formalismos.

– Siento como si esto fuera un mal sueño y sigo deseando despertarme -dijo-. Leo, doy paseos, me reencuentro con viejos amigos, pero durante todo el tiempo soy consciente del dolor que me oprime el corazón.

– ¿Es cierto que están persiguiendo a los judíos? -pregunté.

El conde asintió.

– Los apalean en la calle y los echan del trabajo.

Pensé en monsieur Etienne y Odette. Me sentí feliz de ser francesa.

– Una cosa así no podría pasar aquí -afirmé-. Los franceses no lo permitirían. Católicos, judíos, aquí todos son iguales.

– Nosotros pensábamos lo mismo en Alemania -replicó el conde-. Pero Hitler ha persuadido a gente que normalmente no mataría una mosca para que apoyen sus actos de brutalidad. -Se cubrió los ojos con las manos-. Me pone enfermo pensar en ese filisteo gobernando Alemania. Me pregunto a mí mismo: ¿cómo ha podido suceder esto? Aquellos de entre nosotros que podríamos haberlo detenido… ¿hacia dónde estábamos mirando? De repente, artistas, escritores e intelectuales son relegados a ciudadanos de segunda y los vendedores de queso y pepinillos son los únicos que cuentan para algo.

– Hay gente en las altas esferas que también apoya a Hitler -repuso André-. ¿Cómo si no podría haber conseguido la cancillería?

– Eso es cierto -le respondió el conde.

Paseé la mirada por el apartamento y me percaté de que el único mueble en la habitación contigua era una cama de metal a la que le faltaba una pata. La cuarta esquina descansaba sobre una silla. A pesar del aspecto desvencijado del apartamento, era más acogedor que en los que yo había residido cuando llegué a París, pero no era lo bastante cómodo como para que viviera en él un hombre enfermo. Me pregunté si el conde tendría suficiente dinero. Y si no lo tenía, me asaltó la duda de cómo podría preguntárselo sin herir su orgullo. André y yo le proporcionaríamos con gusto un apartamento más adecuado.

André debía de estar pensando exactamente lo mismo que yo.

– ¿Qué tiene pensado hacer? -le preguntó al conde-. Tengo un apartamento en la orilla derecha que está a su entera disposición durante el tiempo que desee.

El conde le dio unas palmaditas a André en la muñeca.

– Soy afortunado por tener amigos como usted y Simone. Pero estoy bien. He dado instrucciones para que se venda mi residencia de Weimar. Después, tengo pensado mudarme a Mallorca. Siempre he soñado con retirarme a una isla.

Logró dedicarnos una lánguida sonrisa antes de que se viniera abajo su compostura.

– No, en realidad no es eso lo que siempre he soñado -confesó, tapándose los ojos con las manos y llorando-. Deseaba vivir hasta el final de mis días en Alemania…

Pronunció el nombre de su país del mismo modo que una madre exclamaría el nombre de un hijo perdido. Me produjo un nudo en la garganta. Miré por la ventana. El cielo se había encapotado y reflejaba el carácter lúgubre del día. En algún lugar se avecinaba una tormenta, pero no tenía idea de por dónde se aproximaría la tempestad.