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En 1934 mi madre y mi tía vinieron a pasar una temporada conmigo en París. Estaba muy ocupada con el espectáculo y transcurriría algún tiempo hasta que pudiera volver a la finca de nuevo. Aquella no era su primera visita; a tía Yvette le encantaba París y aceptó la oferta que André le hizo de ponerles un coche con chófer para que mi madre y ella pudieran hacer excursiones a Versalles y a Senlis. Mi madre se mostraba más reservada a la hora de dar su opinión sobre la ciudad, y sabía, por el modo en que contemplaba a los flamantes camareros de los cafés y por la manera de quedarse quieta siempre que se atascaba entre los apresurados peatones, que nunca habría dejado Pays de Sault de no ser por mí.

Se negó a dejarme comprarle ropa nueva y visitamos museos y comimos en brasseries, y a todos aquellos lugares mi madre llevaba su traje tradicional de la Provenza. Cuando la gente la observaba fijamente, ella les devolvía la mirada. Y era ella la que más aguantaba siempre. André se lo tomaba con calma y normalmente nos acompañaba a restaurantes de estilo provenzal para que mi madre y mi tía se sintieran cómodas. Aquello me hacía quererle aún más; y a mi madre y a mi tía les pasaba lo mismo. Porque, aunque la comida nunca llegaba al nivel de los platos que ellas mismas preparaban en casa, siempre se deshacían en elogios y alabanzas como si estuvieran probando la mejor cocina del mundo.

Un día nos cruzamos con Guillemette y Félix en el Pare de Monceau. Guillemette nos había visto acercándonos y trató de introducir a Félix por otro sendero para cambiar de dirección, pero frustró su intento un grupo de monjas que venía en dirección contraria. Guillemette miró por encima del hombro a mi madre cuando André se la presentó, e incluso Félix, con todo su esnobismo, se ruborizó por la grosería de su esposa. Sin embargo, si mi madre se dio cuenta, no lo demostró. Saludó a Guillemette de forma majestuosa, como correspondía a su rango, por ser la curandera de la aldea y la propietaria de una de las fincas de lavanda más prósperas de nuestra región. Guillemette abrió los ojos como platos, desconcertada al ver que mi madre había conseguido colocarse con tanta facilidad por encima de ella. Para colmo, mientras nos separábamos, tía Yvette me susurró lo suficientemente alto como para que todo el mundo lo oyera que una cucharada sopera de aceite de oliva le vendría bien para «ese tipo de mal». Con aquello, se refería a lo que había interpretado como estreñimiento por parte de Guillemette.

– Mi madre y mi tía parecen inofensivas, pero ambas tienen un perverso sentido del humor -le expliqué a André más tarde mientras se revolcaba de la risa en el sofá de su apartamento.

Se comportaba como si la actitud altiva y condescendiente de mi madre y la interpretación de mi tía sobre el rostro constreñido de Guillemette fueran lo más divertido que había visto en su vida.

– Están tan orgullosas de ti -me dijo, secándose las lágrimas-. Se ve en cómo te miran.

«Pobre André», pensé. Sabía lo mucho que le habría gustado ver ese mismo orgullo en los ojos de su padre.

Un día André llevó a tía Yvette al Louvre y nos dejó a mi madre y a mí para que pasáramos juntas la mañana. Miré al otro lado de la mesa del comedor a mi madre, que estaba remendando uno de mis camisones con su consabido hilo rojo. Puede que yo fuera una estrella de cine y de teatro, pero seguía siendo la hija de aquella mujer pausada y misteriosa. Me pregunté por qué ella y mi padre no habrían tenido más hijos. Quizá los Fleurier no eran excesivamente fértiles. Tía Augustine no había tenido descendencia y tío Gerome nunca había logrado dejar encinta a tía Yvette.

Cuando yo era niña, mi madre no me parecía una mujer normal. Siempre había sido un enigma. Pero ahora que era adulta sentía curiosidad por saber más sobre ella.

– Maman, ¿cómo salvaste la vida de papá cuando en el hospital lo habían dado por muerto? -le pregunté.

Mi madre continuó cosiendo. Se tomó tanto tiempo en contestarme que pensé que no había oído mi pregunta. Sin embargo, finalmente dijo:

– Una noche, cuando había luna llena, entré a hurtadillas en el hospital con una cesta que contenía trece huevos. Tu padre se estaba muriendo de una infección que se le había extendido por todo el cuerpo, así que abrí las cortinas para dejar entrar la luz de la luna y froté cada milímetro de su piel con los huevos y mientras tanto canté una oración curativa. Deseché los huevos enterrándolos en diferentes lugares del bosque. Por la mañana, cuando el médico vino a ver a tu padre, estaba sentado en la cama. Curado.

– Pero ¿por qué no le sanaste el ojo y la pierna? -le pregunté.

Ella levantó la mirada y me sonrió.

– Ya te dije cuando eras pequeña que eres demasiado lógica. Para ti todo es blanco o negro. Por eso yo soy sanadora y tú cantante.

– Pero ¿por qué, maman? ¿No puso a prueba tu fe que papá no se curara por completo?

Mi madre hizo el nudo final al hilo rojo y apartó su labor.

– No, mi fe se fortaleció -replicó-. ¿Quién sabe por qué las cosas ocurren de un modo u otro? Yo nunca pretendí cambiar lo que debía ser de cierta manera. Lo único que yo perseguía era el conocimiento y la belleza de lo que ya es.

Percibí que estaba intentando enseñarme algo, pero me resultaba difícil comprender la lección. Contempló mi rostro atribulado, alargó el brazo por encima de la mesa y me dio unas palmaditas en el mío.

– Tu padre fue un buen hombre desde el principio, pero se convirtió en una persona aún mejor debido a sus heridas. Quizá tuviera un ojo de menos, pero veía las cosas con más claridad.

– ¿Qué quieres decir?

– Se volvió más visionario sobre la finca. Recuerda, fue tu padre el que decidió plantar lavanda. Ya no se sentía satisfecho únicamente con seguir los pasos de su propio padre. Se convirtió en un hombre hecho y derecho de un modo que Gerome jamás logró.

Al final de la visita, André nos llevó a la estación y ayudó a mi madre y a tía Yvette con el equipaje. Mi madre sonrió a André y después se volvió hacia mí.

– Me estoy haciendo vieja -susurró-. No estaré en este mundo para siempre.

Me sentía demasiado feliz por haber pasado un tiempo con ella y tía Yvette como para dejar que sus palabras me entristecieran.

– Maman, ¡pero si apenas tienes cuarenta y cinco años!

– El tiempo que pasamos en el mundo no siempre se corresponde con nuestra edad -respondió-. Cásate, Simone. Trae mala suerte para André y para ti que os améis pero estéis esperando tanto para formalizarlo con una unión sagrada. La familia de tu padre estuvo contra mí desde el principio, pero nunca les dejamos que se interpusieran en nuestro camino.

Me inundó un sentimiento de gratitud y le cogí las manos con fuerza. Nunca le había contado nada a mi madre sobre la familia de André y su actitud hacia mí, o lo que me dolía que me rechazaran. Había adivinado que no todo iba bien por el modo tan grosero en que la había tratado Guillemette.

Sonó el silbato del tren y les dije adiós con la mano a mi madre y a tía Yvette.

– Os veré en la finca en un par de meses -grité-. Dadle saludos de mi parte a Bernard.

Mi madre tenía razón: los Fleurier se habían opuesto a ella por ser una extraña, y, aun así, mi padre se había casado con ella. Sin embargo, una luz iluminaba el futuro para André y para mí. Había abordado el tema con su padre, le había dicho que me amaría eternamente y él le había prometido que si seguíamos estando juntos cuando André cumpliera treinta años, se convencería de que yo era una buena pareja para su hijo. Para mis adentros, pensé en que no debía hacerle caso a la actitud condescendiente que monsieur Blanchard demostraba por mí. Independientemente de lo rica que me hiciera por mi propio trabajo, me trataba como a una especie de frívola cazafortunas. No podía evitar preguntarme si monsieur Blanchard se habría dejado convencer de haber sido André su hijo favorito.