– ¿Cree que puede introducirse a la fuerza en mi familia y arrastrarnos a todos a su nivel?
Odette dejó escapar un silbido de sorpresa.
– Yo no he hecho tal cosa, no me he introducido a la fuerza en…
– Pretende usted casarse con mi hermano, ¿no es así? -me espetó, haciendo un gesto hacia la casa-. Me parece que ese es exactamente su plan.
Crucé los brazos. Recordé cómo había tratado Guillemette a mi madre y me enfureció tanto como si acabara de suceder un momento antes. Sí, yo me había labrado una carrera como artista, pero nunca había bailado desnuda. André era el único hombre con el que había estado. Y tenía suficiente dinero propio como para no necesitar la fortuna de la familia Blanchard. Lo único que pretendía era casarme con el hombre al que amaba.
– Eso -le respondí- no es asunto suyo.
Los ojos de Guillemette adquirieron un tono rojizo. Su rostro se ruborizó tanto que pensé que iba a incendiarse de un momento a otro.
– Pues claro que es asunto mío -chilló-. Tengo tres hijos y no quiero que ninguno de ellos tenga por tía a un ser inmoral. Ya la he tolerado bastante tiempo como acompañante de André, pero está claro que no la toleraré como su esposa.
Odette se puso en pie.
– Madame Fontaine, si no puede usted hablar con calma y educación, le sugiero que se marche -le dijo.
El aplomo de Odette ante la histeria de Guillemette me recordó a esos cuentos de hadas en los que una hermosa princesa debe enfrentarse a una malvada bruja. Guillemette me acusaba de tener un comportamiento abyecto, pero Odette le había demostrado que la única ordinaria allí era ella misma.
Cuando Guillemette se dio cuenta de que no podía asustarnos, se volvió para marcharse. No obstante, antes de hacerlo, me señaló con el dedo de nuevo. Estaba a punto de hablar, pero se paró en seco. En su cara se dibujó una sonrisa. Apartó a Paulette de un empujón cuando estaba saliendo a la terraza con una bandeja y entró como una exhalación en la casa. Unos minutos después, escuchamos el motor de un coche arrancando.
– Mon Dieu! -exclamó Odette-. No he conocido a nadie así antes en toda mi vida.
Sin embargo, yo no pude responderle. Me había desconcertado aquella última sonrisa de Guillemette.
El día que André debía regresar de Portugal me senté en la sala de estar toda la tarde, esperando escuchar el sonido de su coche. Había recibido un telegrama suyo para decirme que había llegado bien, pero después no había vuelto a saber nada de él. Regresó cuando ya había caído la noche, las ruedas de su automóvil crujieron sobre la gravilla y los faros brillaron a través de la ventana. Corrí a la puerta a encontrarme con él y estreché su cintura entre mis brazos, encogiéndome por el penetrante viento.
– Se avecina un vendaval -comentó, entrando en el recibidor y arrastrando con él un remolino de hojas y ramitas.
Le entregó su abrigo a Paulette.
– Ven -le dije-. La chimenea está encendida en la sala de estar. Te serviré algo de beber.
André levantó la mirada al techo y luego la paseó por las paredes y los muebles.
– Estas sillas -comentó, pasando las manos por la piel- son fantásticas. A uno le dan ganas de hundirse en ellas.
– Pues hazlo, por favor. -Le entregué una copa de coñac-. No puedo esperar para enseñarte el resto de la casa. Todas las habitaciones principales están ya terminadas.
– Después de cenar -respondió, tomando un sorbo de la copa-. No he comido nada en el tren.
– Bueno, pues entonces después de cenar.
Observé a André con más detenimiento. Estaba sonriendo, pero había algo más…, una expresión tensa en sus ojos.
– André, ¿qué ha pasado? -le pregunté, arrodillándome a su lado-. No me tengas en vilo.
Me contempló, distraído. Había interrumpido sus pensamientos, que estaban a kilómetros de distancia. «Es porque está cansado -traté de convencerme a mí misma-, no porque su padre haya cambiado de idea». No, André me habría telefoneado o escrito inmediatamente si hubiera sido así. Le había hablado sobre la visita de Guillemette antes de que se marchara a Portugal y se había reído de ello. «Guillemette reacciona como una histérica ante cualquier cosa. Nunca se ha visto que mi padre le prestara atención», había comentado.
– Déjame enseñarte el dormitorio principal -le dije-. Mañana podrás ver el resto de las habitaciones, cuando hayas descansado.
Le conduje a la planta de arriba, señalándole los espejos y los muebles que Joseph, Odette y yo habíamos elegido. Aunque se mostraba entusiasmado con todos ellos, también parecía crecer su abatimiento con cada paso que daba. La chimenea en el dormitorio estaba encendida y Kira se había hecho un ovillo sobre una alfombrilla frente a ella. André avanzó hacia la gata. Siempre que lo veía, Kira se giraba sobre el lomo para que él pudiera rascarle la panza. André se agachó hacia ella, pero se detuvo a medio camino y se dejó caer al suelo como si le hubieran disparado. Corrí hacia él. Se tapó la cara con las manos, sollozando.
– ¿Qué sucede? -le pregunté, meciéndolo entre mis brazos.
André se frotó la cara y me contempló.
– Te amo -me dijo-, quiero que estemos juntos para siempre.
Fuera, en la ventana, una ráfaga de viento sopló entre los árboles y en algún lugar oí una rama quebrándose.
El rostro de André se contrajo. Presionó su mejilla húmeda contra mi cuello.
– No te preocupes -le dije-. ¿Qué ha pasado? ¿Tu padre se ha negado a darnos su consentimiento?
– Es aún peor que eso -respondió, poniéndose en pie y trastabillando hasta la ventana-. Dice que si sigo adelante y me caso contigo, me repudiará de la familia.
Al principio, me sentí demasiado aturdida como para pronunciar palabra. Era lo más extremo que un padre podía hacerle a un hijo. Traté de pensar más despacio y con claridad. Apenas me habría sorprendido si monsieur Blanchard se hubiera negado a concedernos su permiso al principio, pero ¿a qué venía que hubiera retirado su palabra así, de repente? Si no se había tomado a Guillemette en serio, ¿"qué podía haber provocado que actuara de aquella manera?
– ¿Qué ha hecho que cambie de opinión? -le pregunté.
André sacudió la cabeza, mirándome con ojos desconcertados.
– Tiene que haber alguna forma de arreglarlo -murmuré-. Tiene que haberla.
– No, si no puedo estar contigo de forma legal.
André corrió hacia la cama y le propinó un puñetazo al colchón. «No -pensé-, por favor, no lo hagas. Por favor, no digas lo que creo que vas a decirme».
Su voz era casi inaudible por encima del aullido del viento.
– Mi padre espera que me case el año que viene, pero no contigo, Simone. Quiere que me case con la princesa de Letellier.
La tormenta todavía soplaba a la mañana siguiente cuando abrí los ojos y vi que el viento había arrancado las hojas de los árboles que había junto a la ventana. Me dolían los huesos por el agotamiento. Tenía los ojos tan hinchados que me resultaba difícil parpadear. André todavía dormía, desplomado contra mi hombro como un hombre sumido en un coma. Habíamos llorado durante horas antes de quedarnos dormidos a primeras horas de la mañana, demasiado agotados como para seguir llorando.
¿Por qué nos hacía monsieur Blanchard algo así? ¿Por qué no podía dejarnos ser felices, como lo habíamos sido durante los últimos diez años?
Me deslicé fuera de la cama y miré por la ventana. Sentí la traición de monsieur Blanchard como una bofetada en plena cara. ¿Quizá había habido algún malentendido? Recordé la sonrisa de Guillemette. ¿Acaso le había contado a su padre alguna mentira?