Cuando André se despertó, me dijo que tenía que ir a su despacho a arreglar ciertas cosas. No podía reunir el valor de mirarle a los ojos. Cuando finalmente lo hice, vi en ellos un miedo irrefrenable.
– No me importa el dinero, Simone -me confesó-, ni el poder del nombre de mi familia. Lo dejaría todo por ti. Todo. No significan nada para mí.
«Sí, André -pensé-, sé que lo harías. Pero ¿y tu madre y tu hermana? ¿Podría yo pedirte que hicieras algo así por mí?».
Cuando André se marchó, me vestí y acudí a los estudios cinematográficos. Renoir me había pedido que representara un pequeño papel en su nueva película. Había accedido como favor porque era solo un día de rodaje, pero cuando vi que el resto de los actores me miraban sobrecogidos cuando llegué al plato, me arrepentí inmediatamente. ¿Tenía la fuerza suficiente como para poder pasar por eso precisamente ahora? Apenas el día anterior me había sentido tan feliz como cualquier futura novia a punto de casarse con el amor de su vida. Ahora todo parecía estar viniéndose abajo.
Estaba decidida a que ninguno de los actores del reparto ni del equipo, ni siquiera Renoir, me vieran llorar. André y yo todavía no habíamos sido derrotados. Siempre que había un descanso, me escabullía del plato y recorría el pasillo hasta la oficina vacía de la secretaria de producción. Allí, me desplomaba en una silla y dejaba fluir las lágrimas durante unos minutos antes de recomponerme, para empolvarme la rojez del rostro y regresar a grandes zancadas al plato como si fuera la mujer más afortunada del mundo.
Cuando terminó el rodaje, Renoir se sentó conmigo en la cafetería y habló durante una hora sobre una idea que se le había ocurrido para una producción franco-estadounidense en la que yo sería la protagonista. Aunque hablaba con energía y yo asentía con entusiasmo, cuando el chófer vino a recogerme y Renoir me besó en las mejillas me di cuenta de que no era capaz de recordar ni una sola palabra de la conversación.
– ¿Va todo bien, mademoiselle? -me preguntó Paulette cuando llegué a casa.
La nota de preocupación en su voz casi provocó que me derrumbara. Traté de mantener la compostura, pero el esfuerzo hizo que mi voz sonara como si me estuviera atragantando.
– Hoy no me encuentro bien. Me voy a descansar a mi habitación.
Me tumbé en la cama y el miedo se apoderó de mí como si se tratara de niebla invernal. Nunca había considerado que el dinero pudiera ser algo que nos hiciera romper a André y a mí y, aun así, empecé a ver que era una posibilidad. Yo tenía una fortuna propia y de buena gana la habría cedido para que André pudiera montar un negocio independiente. Pero mis recursos no igualaban la riqueza de la familia Blanchard. Si a André lo repudiaba una de las familias más influyentes de Francia, aquello no jugaría a su favor. Los empresarios que necesitaran el apoyo de monsieur Blanchard padre no se mostrarían dispuestos a relacionarse con su hijo. André podía retomar su labor de representante en el mundo del espectáculo, pero ¿eso era realmente lo que quería hacer? Sabía lo mucho que había disfrutado de su trabajo a lo largo de los últimos años. ¿Podría dejar todo aquello y seguir siendo él?
Miré el reloj. Eran las cuatro en punto. Me pregunté si monsieur Blanchard todavía estaría en su despacho.
Esperaba que monsieur Blanchard me recibiera con la misma exasperación de un jefe ante el que se presenta un empleado despedido que quiere recuperar su trabajo, pero simplemente se comportó de manera evasiva.
– ¿Quiere usted un café, mademoiselle Fleurier? -me preguntó, después de ofrecerme un asiento junto a su mesa.
– Ya sabe por qué he venido.
Asintió, con la mandíbula firmemente apretada, armándose de valor para una confrontación. Aquella no era su actitud habitual; estaba acostumbrada a que monsieur Blanchard se comportara de manera petulante. Sin embargo, aquel cambio de actitud solo fue temporal. Se sentó, movió su pluma del lado izquierdo al derecho de su mesa, y de vuelta al lado izquierdo, reuniendo fuerzas.
– El hecho de que usted haya venido aquí no cambiará mi decisión -aseguró-. Un hombre en la posición de André no puede casarse con quien le apetezca. Tiene que cumplir ciertas responsabilidades. El matrimonio no es un asunto frívolo. No obstante, estoy preparado para escuchar lo que usted tenga que decirme.
– ¿El amor es una razón frívola para casarse? -le pregunté-. Si lo es, ¿por qué no se negó a permitir que nos casáramos hace años?
– El matrimonio tiene que ver con la familia, la reputación y el deber. No tiene nada que ver con el amor -me respondió monsieur Blanchard, doblando los dedos de la mano y contemplándose las uñas.
Mi impresión era cierta. Estaba tratando de ser evasivo.
– ¿Y qué es lo que le ofende de mí a su sentido de la familia, la reputación y el deber que no le ofendía hace un año? -le pregunté.
Monsieur Blanchard se frotó los ojos.
– Creo que me ha malinterpretado, mademoiselle Fleurier. Siempre me ha gustado usted. No tenía ningún inconveniente con que André sintiera cariño por usted. No tengo ningún problema con que tengan una casa en común. Es más, no me importa que tengan hijos, pero esos niños nunca llevarán el nombre Blanchard. André debe casarse con alguien que provenga de una familia de buena reputación. Sin embargo, no veo ningún problema en que un hombre tenga una hermosa amante al mismo tiempo que una esposa obediente. De hecho, lo creo incluso necesario para la felicidad conyugal masculina.
Se me encogió el estómago. Fui cayendo en la cuenta de aquella terrible idea. Era de dominio público que monsieur Blanchard tenía una amante en Lyon. ¿Sería posible que André, que no era un mujeriego como su padre, hubiera malinterpretado sus intenciones con respecto a nosotros? Quizá monsieur Blanchard había dado su bendición a nuestra relación, pero no a nuestra unión.
– Continúe -le rogué.
Monsieur Blanchard apartó la mirada de mí y la dirigió hacia la ventana.
– Usted misma tiene que reconocer que el matrimonio entre André y usted no es adecuado. ¿Quién es su familia, mademoiselle Fleurier?
Me había movido entre la alta sociedad parisina lo suficiente como para conocer bastante bien los prejuicios de clase. Mi fortuna era mayor que la de la princesa de Letellier, cuyos orígenes no eran mucho más impresionantes que los míos propios. Su abuelo materno era un pescador de sardinas que hizo fortuna y compró una flota. Su madre había ganado el título casándose con el arruinado príncipe de Letellier. Y, aun así, mi posición social se consideraba más baja que la de la princesa de Letellier porque yo había labrado mi fortuna por mí misma y las mujeres hechas a sí mismas eran una amenaza para el statu quo. Coco Chanel era la mujer más rica del mundo, pero se la desairaba y se la trataba de simple «empresaria» en los salones de la élite de París.
Independientemente de por qué hubiera acudido a monsieur Blanchard, no iba a conseguir nada de él, y hasta que hablara con André no tenía sentido prolongar mi enfrentamiento con él. Me levanté de mi asiento.
– Yo tenía un tío como usted, monsieur Blanchard -le dije-. Era terco en su determinación por hacer lo que se le antojara. Murió con nada más que remordimientos a sus espaldas.
Monsieur Blanchard me miró a los ojos.
– No oponga resistencia, mademoiselle Fleurier -me advirtió-. No salvará a André casándose con él. De hecho, conseguirá destruirlo.
Me marché del despacho de monsieur Blanchard y no miré atrás. Sin embargo, en el bulevar se me ocurrió que monsieur Blanchard no se había comportado de una manera engreída o arrogante. Había hablado como si la decisión de algún modo no estuviera en sus manos.
André se sentó en el sofá de la sala de estar, sacudiendo la cabeza con incredulidad.