Выбрать главу

A la mañana siguiente, cuando me desperté y vi el sol brillando sobre mi cama, comprendí que tenía que encontrar las fuerzas para regresar a París y reconstruir mi vida.

El día después de mi actuación en la Exposición Universal, monsieur Etienne, Minot y yo cenamos en uno de los cafés al aire libre en la zona de la exposición mientras degustábamos la comida de las diferentes provincias y escuchábamos una mezcolanza de acentos que zumbaban a nuestro alrededor. Los turistas habían regresado a París y las sonrisas iluminaban una vez más el rostro de los dueños de hoteles y restaurantes, tras años desde la Gran Depresión. Después, paseamos por los pabellones de Estados Unidos y España, y visitamos el jardín formal de fuentes que expulsaban chorros de agua con forma de árbol, seto o flor.

– Miren eso -les dije, señalando los surtidores del centro del Sena que expedían agua como géiseres. Unas luces doradas brillaban en la superficie del río.

– Han utilizado una fina capa de aceite espolvoreado con motas doradas para conseguir ese efecto -nos explicó Minot-. Cuando los focos iluminan el río, el agua brilla como si fuera de oropel. -Es muy bonito -comenté yo-. Y muy típico de París. -¿Entonces está usted contenta de estar de vuelta? -me preguntó monsieur Etienne, haciéndonos un gesto para que nos sentáramos en un banco.

Se metió la mano en la chaqueta y sacó un periódico. Me lo entregó, señalando un artículo de Le Fígaro de esa mañana:

Simone Fleurier, después de haberse ausentado de París durante casi un año, anoche llevó a cabo una actuación triunfal en la Exposición Universal. Ella es, y siempre lo será, nuestra estrella más rutilante; la luz más brillante de la Ciudad de las Luces. Bienvenida a casa, mademoiselle Fleurier. Nos alegra que haya vuelto, para levantarnos el ánimo con su voz vibrante y emocionarnos con su baile.

– ¡Vaya declaración de amor! -exclamé-. Así que París finalmente me ha echado de menos.

– Todos la hemos echado de menos -aseguró Minot. -Está usted más triste -me dijo monsieur Etienne, apretándome la mano-, pero eso no afecta a su actuación. En todo caso, nunca la había oído a usted cantar con tanto sentimiento como anoche.

Percibí la compasión de sus palabras y agradecí que hubiera abordado el tema de André con tanta discreción. Caminamos hacia el Pont d'Iéna y la Torre Eiffel.

– Miren eso -nos dijo Minot.

Cerniéndose sobre nosotros estaba el pabellón alemán, iluminado por reflectores. A la entrada, una enorme torre surgía entre el resto de pabellones. Sobre ella, había una enorme águila dorada que sostenía una esvástica entre sus garras.

Monsieur Etienne chasqueó la lengua.

– Se ve desde cualquier punto de la ciudad. Creo que es de muy mal gusto, teniendo en cuenta lo que ha sucedido en España.

Pensé en el cuadro de Picasso que habíamos visto en el pabellón español. Se llamaba Guernica y mostraba a una mujer llorando por el dolor, sosteniendo entre sus brazos a su niño muerto; un caballo destripado agonizando y una figura cayendo desde un edificio en llamas. Era la oda de Picasso al pueblo vasco, que había sido brutalmente bombardeado por los italianos con aviones proporcionados por los alemanes. Italia, Alemania, Inglaterra, Rusia y Francia habían acordado una política de no intervención en España, pero Alemania e Italia no estaban cumpliendo las reglas del juego.

– Cualquiera habría pensado que Francia se pondría del lado de la democracia -comenté-. Pero nos quedamos al margen y contemplamos como el legítimo gobierno republicano y sus partidarios están siendo masacrados por los fascistas.

– Tenga cuidado, mademoiselle Fleurier -advirtió Minot-, está usted hablando como si fuera judía. ¿No sabe usted que L'Action Française dice que los judíos pretendemos iniciar otra guerra en Europa?

– No pretendo iniciar una guerra -repliqué. Comprendía por qué los franceses no querían involucrarse en España. Mi propio padre había sufrido durante la última guerra y había visto suficientes viudas, huérfanos y hombres desfigurados como para sentir repulsión solo de pensar en más guerra-. Sin embargo, mucha gente dice que Francia se encontrará metida en una guerra de todos modos si continúa acobardándose ante los nazis.

Le dimos la espalda al pabellón alemán y pasamos por debajo de un arco, para volver a pasear junto al Sena.

– El agente de Camille Casal ha venido a verme -comentó Minot, volviendo a temas más triviales-. Desea que mesdemoiselles Fleurier y Casal hagan un espectáculo juntas. Piensa que sería muy original presentar a dos de las mujeres más famosas de París subidas al mismo escenario.

– Es cierto que sería interesante tener a dos rivales juntas -asintió monsieur Etienne-, pero mademoiselle Fleurier es la mayor estrella. Aparecerá primero en cartel.

Monsieur Etienne razonaba como un verdadero agente, pero pensar en actuar junto a Camille me hizo sentir incómoda. No habíamos hablado desde que la vi en Cannes y le conté que André y yo nos íbamos a casar. Entonces había pensado que su advertencia sobre la familia Blanchard estaba motivada por los celos. Ahora comprendí que ella tenía razón.

– Podemos compartir el cartel -dije-, eso tendría más sentido.

– No sea deferente -replicó monsieur Etienne, arqueando las cejas al mirarme-. La fama de Camille Casal lleva de capa caída bastante tiempo. Creo que su agente espera relanzar su carrera aprovechándose del éxito que usted ha cosechado.

Independientemente de si yo era más famosa o no, mi antigua inseguridad por compararme con Camille comenzó a acecharme de nuevo. Cuando estaba en el escenario yo sola, me sentía atractiva. Pero junto a la gloriosa belleza de Camille, corría el riesgo de hundirme. «A pesar de todo -pensé, recordando a Marlene Dietrich en Berlín-, una rubia menuda y una castaña alta podrían ser una combinación interesante».

– Hagámoslo -sentencié-. Yo misma llamaré a Camille.

Camille llegó a nuestro primer ensayo montada en un Rolls-Royce dorado. Acababa de regresar de Hollywood, donde había hecho unas pruebas de cámara para Paramount Pictures.

– A menos que queráis estar sin hacer nada sobre un decorado y mascullar estúpidos diálogos del tipo: «Mírame a los ojos, querido», os sugiero que no os vayáis a trabajar a la industria cinematográfica estadounidense -informó a los actores del espectáculo.

Para mi sorpresa, en lugar de sentirme intimidada por Camille, tal y como había esperado, me alegré de verla de nuevo. Y finalmente entendí por qué: ella representaba un vínculo nostálgico con mi pasado, era el recuerdo de una época en la que no sabía lo que era ser una estrella. Mi mente viajó atrás en el tiempo durante un instante y me acordé de mí misma con un vestido raído, fregando el suelo de la cocina de tía Augustine. Aquel podría haber sido el resto de mi vida. Fue Camille la que me inspiró para ser actriz. De repente, me di cuenta de que gran parte de mi éxito se lo debía a ella.

– Me alegro de verte de nuevo -le dije, besándola en las mejillas.

– Sí, yo también -respondió. Me contempló, pero percibí que no estaba buscando defectos, como hacían el resto de mis rivales cuando me encontraba con ellas-. Lo estás llevando muy bien -comentó.

Sabía que se refería a mi vida sin André. Pero, para mi alivio y admiración, nunca lo mencionó.

Camille y yo protagonizamos el mayor espectáculo del año. Lebaron invirtió cuatro millones de francos en producir Les Femmes y los beneficios durante los dos primeros meses fueron aún mayores. Aunque era un espectáculo de variedades a la vieja usanza más que un musical al estilo estadounidense, los temas principales eran la competitividad y la solidaridad femeninas, desarrollados por los actores y las coristas, y también los payasos y los acróbatas. Camille y yo interpretamos todos nuestros números juntas y dos de las canciones que cantamos se convirtieron en los éxitos del año: Bienvenidos y Una piedra alrededor de mi cuello.