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Las críticas arrasaron a nuestros competidores, incluyendo a Mistinguett y a Maurice Chevalier. Un periódico describió el espectáculo como «el triunfo de Simone Fleurier y la vuelta de Camille Casal», aunque no era esta la opinión de Camille:

– Me voy a ir en lo más alto -me confió una noche que estábamos cenando en Maxim's después del espectáculo-. Cuando termine la temporada, me retiraré.

Me sorprendió aquella noticia. Al trabajar juntas en una producción de tanto éxito y al compartir la luz de los focos, sentía que finalmente nos habíamos hecho amigas. En el pasado, Camille no habría confiado en mí. Pero cuando le pregunté por su hija esta vez, me contó que la había sacado del convento y que la iba a alojar con un profesor de piano en Vaucresson para que recibiera «la educación de una señorita». Cuando le pregunté por qué su hija no vivía con ella, Camille me respondió:

– No quiero que la gente sepa que es mi hija. Me gustaría que tuviera la oportunidad de conseguir un buen marido.

Recordé lo que me había dicho hacía tantos años en el apartamento de François: «¡Los hombres no se casan con chicas como nosotras!». Aunque André había querido casarse conmigo, aquella afirmación había resultado ser cierta en mi caso también. Independientemente del éxito que cosecháramos, Camille Casal y yo siempre estaríamos al margen de la sociedad.

– ¡Pero el público te ha recibido tan bien! -protesté, refiriéndome a la decisión de Camille de retirarse-. Podrías hacer cualquier cosa ahora. Graba un disco. Haz otra película.

Negó con la cabeza y me dedicó una de sus lánguidas sonrisas.

– Únicamente me he dedicado a cantar y a bailar para procurarme un adinerado patrocinador de por vida -me dijo-. He coleccionado suficientes baratijas y apartamentos para que me duren hasta que sea vieja, pero nunca he conseguido un hombre rico. Aun así, todavía no ha caído el telón, así que ¿quién sabe lo que nos deparará el futuro?

Una noche, alguien llamó a la puerta de mi camerino. Sucedió durante el descanso, así que probablemente no se trataba del director de escena y tampoco me dio la sensación de que fuera mi ayudante. Me encogí de hombros. En mi camerino seguía sin poderse entrar salvo por «invitación expresa».

Quienquiera que fuera, volvió a llamar.

– ¿Quién es?

No hubo respuesta.

Tiré de la horquilla que me sujetaba el pelo y dejé que se soltaran todos mis cabellos, alisándolos con la punta de los dedos. Si se trataba de uno de los tramoyistas, iba a recibir una buena reprimenda. Me ajusté la bata a la cintura y abrí la puerta de un golpe. Casi se me paró el corazón cuando me encontré cara a cara con André. Me había convencido a mí misma de que le había olvidado, de que había olvidado que alguna vez le había amado. Pero me bastó mirarle una sola vez para saber que no era cierto.

– Lo siento. Sé que no tienes demasiado tiempo -se disculpó-. Pero no he sido capaz de localizarte en todo el día.

Había algo en su aspecto que resultaba lastimoso. Su rostro aún era joven, pero la vitalidad había desaparecido de sus facciones. Se comportaba de manera rígida y artificial.

Le hice un gesto con la cabeza para que pasara al camerino, aunque me latía con fuerza el corazón. Noté, por la incómoda manera en la que paseó la mirada por toda la estancia, que él se sentía tan nervioso como yo por aquel reencuentro. La silla en la que solía sentarse ya no estaba allí, así que le invité a tomar asiento en el sofá. Yo me coloqué en una banqueta frente a él.

Tardó unos segundos en recomponerse antes de preguntarme:

– ¿Sabías que el conde Harry ha fallecido?

No podía creer lo que estaba oyendo. Cuando André regresó de Lyon el año anterior, me había contado que la salud del conde se había deteriorado debido al trastorno de haberse visto forzado a huir de su hogar por segunda vez. Sin embargo, el propio conde nos había escrito una carta para comunicarnos que se estaba recuperando.

– ¡No puedo creérmelo! -exclamé-. Estaba tan lleno de vida…

Levanté la mirada y me percaté por primera vez de la carpeta de cuero que André sostenía bajo el brazo. Me pregunté qué sería.

– Siento comunicártelo en mitad de tu actuación -me dijo-. Pero el funeral es mañana.

Negué con la cabeza.

– Me alegro de que lo hayas hecho.

André se sacó la carpeta de debajo del brazo y la colocó en su regazo. La miró fijamente, como si no quisiera decirme qué contenía. No obstante, la voz del botones que recorría el pasillo lo sacó de su ensoñación.

– Nunca llegué a decirle al conde que ya no estábamos juntos. Pensó que lo estábamos y por eso nos ha legado esto -me explicó André, entregándome la carpeta-. Son las páginas de su diario en las que escribió sobre nosotros cuando estuvimos en Berlín.

Me sorprendió que la carpeta pesara tanto, pues parecía muy delgada.

– ¿Berlín? -susurré.

Ignoraba si tendría fuerzas para recordar aquellos días: el hotel Adlon, Unter den Linden, el Resi… El pasado me invadió un instante para desvanecerse al momento siguiente. Ver a André de nuevo y enterarme de la muerte del conde eran demasiadas emociones.

– Berlín -repetí.

Tenía la boca seca y apenas podía pronunciar palabra. Me daba cuenta de lo incómodo y triste que estaba André. Quería hacerle más fácil aquel encuentro, pero no era capaz. Cada vez que le miraba a la cara, no podía evitar pensar en aquella primera vez que había venido a mi camerino en el Casino de París. Entonces éramos muy jóvenes y estábamos empezando la aventura de conocernos mejor. Ahora nos encontrábamos al borde del abismo.

Una nota de vacilación asomó en la voz de André. -Creo que será mejor que te quedes tú la carpeta -dijo-. No es adecuado que yo la conserve.

Me eché hacia atrás. Era como si me hubiera clavado un cuchillo y ahora lo estuviera removiendo dentro de la herida. Sin embargo, conocía a André y comprendía que no lo estaba haciendo a propósito. Por supuesto que no era adecuado que se quedara él con aquellas páginas: ahora estaba casado. El botones llamó a la puerta. -¡Diez minutos! André se levantó de su asiento. -Lo lamento, Simone -se disculpó.

Me dio la sensación de que no me estaba pidiendo disculpas por haberme comunicado tan repentinamente las noticias sobre el conde Kessler, sino que se refería más bien al rumbo que habían tomado nuestras vidas.

Cuando André se marchó, abrí la carpeta y leí la primera entrada del diario del conde:

He conocido a una joven maravillosa en compañía de André Blanchard. Mademoiselle Fleurier vive cada nueva experiencia con el mismo asombro y entusiasmo que un niño abriendo sus regalos de Navidad. Su espíritu se me contagia y me hace sentir joven de nuevo. Estoy convencido de que logrará grandes cosas: sobre el escenario y en el gran teatro de la vida.

Aquella noche interpreté todos mis números como si estuviera sumida en un trance. Tenía que hacer un esfuerzo por bloquear los recuerdos de Berlín. El conde había fallecido y, de algún modo, André también. Nuestras vidas se habían alejado tanto que era como si estuviéramos viviendo en países diferentes. ¿Realmente el André que había visto aquella noche era el hombre que había logrado forjar mi carrera? ¿Era ese el primer hombre que me había amado? Ahora no pasaba de ser un extraño. Me costó un esfuerzo sobrehumano terminar el espectáculo y, cuando por fin cayó el telón y me retiré a mi camerino, lloré con la misma desesperación que la noche que mi padre murió.