Выбрать главу

Escuchamos el repiqueteo del fuego antiaéreo. Madame Ibert y yo hicimos una mueca.

– Lo único que están haciendo es intentar asustarlas -bramó enfadada madame Goux.

Pronunció aquella frase como si madame Ibert y yo fuéramos de una raza diferente a la suya.

– Había suficientes como para conseguir asustarnos -le dije, recordando las siluetas oscuras en el cielo.

Madame Goux me contempló con aire despectivo.

– ¿Acaso oye usted alguna bomba?

Tuve que admitir que lo único que podía oír en aquel momento era su cuchillo pelando las patatas y el gramófono de monsieur Copeau que reproducía Aux Íles Hawai a todo volumen. Obviamente, el ataque aéreo no iba a arruinarle el placer de escuchar su disco.

Pero no éramos tan estúpidas como para no ser precavidas. Cuando volvieron a sonar las sirenas para indicar que el ataque había terminado, encontramos a un tembloroso Minot esperándonos en el apartamento.

– Un millar de bombas -anunció-. Al menos esa es la estimación. Han impactado contra las fábricas de Renault y de Citroën. Y contra un hospital. Deben de haber muerto más de mil personas.

– ¡Un hospital! -exclamé, intercambiando una mirada de indignación con madame Ibert.

– Ese objetivo puede que no fuera deliberado -respondió Minot.

– Todavía no hemos alcanzado la cantidad de gasolina que nos habíamos propuesto -dijo madame Ibert-, pero ¿puedo sugerirles que nos marchemos ya?

No podía aducir nada en contra. Habíamos convenido que nos marcharíamos de París cuando estuviéramos seguros de que la ciudad iba a ser atacada y ahora parecía que ese momento había llegado.

Minot fue a buscar el coche del garaje mientras madame Ibert y yo bajamos nuestras existencias y nuestras maletas. Nos alivió que madame Goux no se encontrara en la portería, para que no pudiera entrometerse. Le dejé una nota para decirle que me marchaba a visitar a mi familia unos días, que mi apartamento se quedaba cerrado y que bajo ninguna circunstancia podían emplearlo personas no autorizadas -me refería a los alemanes-. Por supuesto, aquella indicación era totalmente inútil. ¿Acaso el ejército de ocupación no aprovecharía la oportunidad de allanar mi apartamento? Además, si iban a lanzar un millar de bombas cada vez que atacaran, quizá no me quedara ningún apartamento al que poder regresar.

Aunque me había estado preparando para la guerra durante casi dos años, perdí mi ventaja al abandonar París al mismo tiempo que la mitad de la ciudad. Las calles estaban bloqueadas con automóviles cargados hasta los topes, así como carros de vendedores ambulantes de café, taxis, camiones de panaderías, coches de caballos y vagonetas de heno.

– Miren qué tráfico hay -siseó Minot entre dientes-. Vamos a gastar toda la gasolina que tenemos antes de lograr pasar por la puerta de Orleans.

Hacía mucho calor en el interior del coche. Las manos me sudaban sobre el volante. Pero en mi interior notaba un frío penetrante, como el de una tumba. Contemplé los sacos de arena alrededor de la Aguja de Cleopatra en la plaza de la Concordia. ¿Seguirían allí todos aquellos monumentos tan familiares cuando regresara a París? Si es que regresaba, claro…

«¿Por qué te marchas?»

Me pasé la mano por la frente, intentando apartar aquel pensamiento de mi mente. Pero no lo conseguí. Traté de razonar conmigo misma: «Porque tengo que poner a salvo a Minot y a madame Ibert».

«Sí, pero ¿y tú? ¿Tú por qué te marchas?»

Mi plan original era sacar a Odette y a su familia de Francia. También era cierto que quería ayudar a Minot y a madame Ibert. Pero la pregunta de por qué yo me marchaba estaba empezando a importunarme. Repasé mis razones: porque los alemanes eran conocidos por su crueldad durante la Gran Guerra y por las historias que mi padre me había contado sobre los soldados alemanes atravesando con sus bayonetas a bebés y violando a mujeres y niñas.

«La luz más brillante de la Ciudad de las Luces.»

Me agarré con fuerza al volante. Aquel no era un título que yo misma me hubiera atribuido, no como Jacques Noir, que había acuñado para sí mismo la expresión: «El humorista más adorado de todo París». El mío era un apelativo que el público de la ciudad me había concedido. Y ahora, cuando París se preparaba para enfrentarse a sus horas más oscuras, su «luz más brillante» huía.

No salimos de París ni nos adentramos en la Carretera Nacional Seis hasta última hora de la tarde. La autopista que se dirigía al sur estaba atestada, pero por lo menos todos íbamos hacia la misma dirección. Al anochecer, pasamos junto a una iglesia cuyo patio contenía filas y filas de tumbas recién cavadas. Apartamos rápidamente la mirada de ellas.

Condujimos durante toda la noche, Minot y yo hicimos turnos para ponernos al volante. Cuando me desperté al amanecer, vi campos.

– ¿Ya casi hemos llegado? -le pregunté a Minot, bostezando.

– ¿Está usted de broma? -me preguntó-. Apenas hemos recorrido un tercio del camino.

El cielo estaba claro y el calor ya asfixiaba el aire. Madame Ibert hizo el desayuno, cortando pan en una tabla sobre su propio regazo. Frente a nosotros había una camioneta con una docena de niños pequeños en su interior, junto con una mujer de mediana edad y una niña adolescente.

– No los había visto antes -comenté.

– Debemos de haberlos alcanzado en algún momento durante la noche -respondió Minot-. El número de matrícula es belga.

– Todos no pueden ser de la mujer -observé, mirando las pequeñas cabecitas moviéndose arriba y abajo.

Algunas eran morenas, otras rubias y otras pelirrojas. Las edades de los niños oscilaban aproximadamente entre los cuatro y los siete años y sus agotados rostros me encogieron el corazón.

– Puede que los hayan evacuado de una escuela -sugirió madame Ibert.

– ¿Seguimos teniendo la bolsa de melocotones? -pregunté.

Madame Ibert tocó por debajo del asiento.

– Hay suficientes para darles uno a cada uno -respondió.

– ¡Oh, no! -exclamó Minot-. ¿Qué vamos a comer si usted y mademoiselle Fleurier se dedican a repartir nuestra comida?

Madame Ibert me entregó la bolsa, junto con dos hogazas de pan, un trozo de queso, un paquete de chocolate y un racimo de uvas.

– Podremos comer todo lo que queramos cuando lleguemos a la finca -le respondí-. Puede que esos niños no hayan tomado nada en varios días.

Íbamos lo bastante despacio como para que Minot no tuviera que detener el coche. Me deslicé fuera del Peugeot y corrí entre los demás automóviles y bicicletas hacia la camioneta.

El rostro de la mujer se iluminó cuando me vio. Extendió el brazo por el lateral para coger lo que yo le ofrecía.

– ¡Muchas gracias! ¡Muchísimas gracias! -me dijo, con los ojos llenos de lágrimas.

Le pregunté si era la maestra de los niños y me confirmó que así era. Habían huido mientras el ejército alemán arrasaba su pueblo.

– Buena suerte, madame -le deseé.

– Que Dios la bendiga -me gritó mientras yo corría de vuelta a nuestro coche.

Continuamos avanzando lentamente por la autopista, pasando junto a un agricultor que vendía agua a dos francos el vaso y otro que ofrecía gasolina a un precio que era exorbitante incluso para estar en tiempos de guerra.

– Supongo que siempre habrá alguien dispuesto a explotar cualquier situación -murmuró madame Ibert.

Durante la hora siguiente condujimos por campo abierto. Minot nos divirtió con historias de entre bastidores del Adriana, incluyendo cotilleos sobre las estrellas de la escena parisina, y yo traté de animar el ambiente cantando un par de números de Les Femmes, cuando de repente un aullido espeluznante resonó a través del cielo.