La conductora estadounidense me entregó una cantimplora mientras recorría con la mirada mi rostro cubierto de polvo y bañado en sudor. Percibió mi desorientación y me dijo:
– Termínesela. Tengo más agua en la parte trasera y usted está deshidratada. ¿Adónde va? ¿A París?
Asentí.
– Yo voy hacia allí para conseguir más existencias -me explicó-. Según la policía, ha quedado menos de un tercio de la población. Han huido dos millones de personas.
No cruzamos demasiadas palabras después de aquello. Probablemente, ella pensaba que yo volvía a París a recoger a algún niño o algún anciano. De vez en cuando, yo observaba su rostro. Sus penetrantes ojos azules no se apartaban de la carretera. Tenía la mandíbula firmemente apretada, como si se estuviera armando de valor para enfrentarse a la desoladora y peligrosa tarea que la esperaba. «Ella sabe adónde se dirige», pensé. Pero ¿y yo?, ¿qué pretendía hacer yo?
La Ciudad de las Luces estaba oscura como la boca del lobo cuando cruzamos la puerta de Orleans. No había farolas encendidas y las ventanas estaban cegadas. La conductora me dejó cerca del Arco del Triunfo. Era la primera vez que veía aquella rotonda sin tráfico. Unos policías de pie junto a una de las columnas eran los únicos seres vivientes en los alrededores. Le ofrecí a la conductora invitarla a cenar si encontrábamos algo abierto, pero negó sacudiendo la cabeza:
– Debo conseguir las existencias que venía a buscar y dirigirme hacia el norte. No hay tiempo que perder.
Le agradecí que me hubiera llevado y, después, sentí el impulso de preguntarle:
– ¿Por qué está usted aquí? Es usted estadounidense. Su país es neutral.
No pude ver su rostro en la oscuridad, pero el blanco de sus ojos reflejó los destellos de la luna.
– Me he divertido mucho en su país, mademoiselle. Como nunca en mi vida. No sería correcto abandonar Francia ahora que está pasando una mala época.
Le di las gracias otra vez y avancé por los desiertos Campos Elíseos. Los postigos de las ventanas de los edificios de apartamentos estaban cerrados y las persianas de los comercios y galerías estaban echadas. Todas las ventanas que no tenían postigos estaban cegadas con cinta adhesiva y tapadas con cortinas oscuras. El brillo fantasmal de la luna era la única luz, y no se oía nada, excepto el ladrido sordo de los perros en el interior de los edificios. ¿Se había ido todo el mundo? Pensé en la mujer estadounidense que conduciría durante toda la noche para recoger a los soldados heridos. Una extranjera que estaba lista para luchar. ¿Y por qué nosotros no? ¿Dónde se había quedado nuestra fuerza de voluntad?
Mi edificio tenía un aspecto tan sombrío y desolador como los otros de la calle. Llamé al timbre, aunque albergaba pocas esperanzas de que la portera siguiera allí. No había ninguna luz en la portería ni en su apartamento. Tenía los pies cubiertos de ampollas y me horrorizó la mera idea de tener que volver a recorrer todo el camino hasta el Arco del Triunfo para pedirle a uno de los policías que forzara la puerta por mí. Miré las ventanas de mi apartamento, como si esperara que Paulette abriera una de ellas para saludarme. Me pasé los dedos por el cabello enredado en busca de una horquilla. Un instante después, un frío objeto metálico se clavó contra mi garganta. Percibí un olor a sulfuro y algo acre, pero después no me atreví a respirar. El cañón de la pistola se apretó contra mi piel.
– ¿Quién es usted?
Reconocí la voz de la portera. No podía mirarla porque me había obligado a levantar la cabeza con la pistola y tenía demasiado miedo como para moverme.
– Madame Goux -le dije con voz ahogada-. Soy yo. Simone Fleurier.
Aquello no era París. Aquello parecía Chicago.
Madame Goux aflojó la presión y lentamente me quitó la pistola de la garganta. Bajé la mirada. El cañón aún me estaba apuntando y el dedo de madame Goux jugueteaba junto al gatillo. Guiñó los ojos, tratando de comprobar si realmente era yo en la oscuridad. Debió de reconocer algo, porque al momento siguiente dejó caer la pistola a un lado.
– Mon Dieu! -exclamó, empujándome hacia el interior del edificio y cerrando la puerta tras ella-. ¿Qué le ha pasado?
Le relaté mi viaje, sin ni siquiera pensar en preguntarle por qué seguía en el edificio y de dónde había sacado la pistola. Pero me detuve en seco cuando encendió una lámpara. Tenía la piel hundida bajo los ojos y mostraba una expresión apática. Nunca había sido una persona cordial ni en sus mejores momentos, y los inquilinos solían bromear sobre la expresión adusta con la que saludaba a la gente, pero ahora estaba mucho más demacrada que de costumbre.
– ¿Qué le ha sucedido a usted? -le pregunté yo a mi vez.
Me fulminó con la mirada y la apartó rápidamente.
– Los boches no solo han bombardeado objetivos militares. También han atacado las casas del suroeste de la ciudad. Mi hermana pequeña y su familia han muerto.
Miré directamente a la luz, tratando de no rememorar de nuevo la imagen de los niños saltando por los aires por el ataque de los aviones alemanes. Y resultaba que seguían muriendo más inocentes.
– Lo siento -le dije, recordando la despreocupación con la que se había sentado en el sótano a pelar patatas durante el ataque aéreo.
Debía de producirle mucho dolor pensar en ello ahora.
No había suficiente electricidad como para poner en marcha el ascensor, así que tuve que subir las escaleras. Sentía retortijones en el estómago y me temblaban las piernas. Para cuando llegué al apartamento, noté como me ardía la piel y me desplomé sobre la cama. Me desperté unas horas más tarde, enroscada en la colcha. Se oían ruidos sordos y explosiones en la distancia, pero no estaba segura de si eran auténticos o me los estaba imaginando. En algún lugar sonaron las sirenas cacofónicas y los tiroteos de fuego antiaéreo cortaron el aire. Estaba segura de que aquellos sonidos sí eran reales, pero no tenía fuerza para bajar al sótano. Le recé a mi padre para que me protegiera. Quería vivir para poder luchar, pero me estaba costando todo mi esfuerzo simplemente respirar.
Mi siguiente recuerdo fue que el sol me daba en la cara y madame Goux me observaba detenidamente.
– Ya no tiene usted fiebre -me dijo, tocándome la frente-. Menos mal que no cerró la puerta al entrar. No me habría enterado de que se encontraba usted enferma. El hospital está lleno de soldados y ningún médico hubiera podido atenderla.
Tragué saliva. Me dio la sensación de que las paredes de mi garganta eran de papel de lija.
– Ha estado usted en cama durante dos días -me informó, aproximándose a la ventana y echando un vistazo al exterior-. Hubiera muerto usted deshidratada si no llego a estar yo aquí. Le he estado dando de beber sorbos de agua con el tubo de mi ducha.
Hice lo que pude por olvidar lo que acababa de decirme y traté de incorporarme. Me entraron náuseas y me derrumbé de nuevo sobre la almohada.
– No podrá levantarse hasta que haya comido algo -me advirtió-. Así que no se le ocurra moverse.
En el exterior, la calle estaba tranquila. Sin embargo, en algún lugar del edificio se oyó el ladrido de un perro, al que le contestó el aullido de otro.
Madame Goux encendió un cigarrillo y dejó escapar un hilo de humo. Junto con la falta de aire del apartamento y el olor rancio de mi ropa, el olor del tabaco me dio arcadas.
– ¿Qué pasa con la guerra? -le pregunté.
Madame Goux arqueó las cejas, como si mi pregunta fuera tan estúpida como alguien inquiriendo por la salud de un paciente terminal.
– El gobierno ha abandonado la ciudad. Italia nos acaba de declarar la guerra.