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– ¿Italia?

Traté de incorporarme de nuevo. Aquello era un desastre. Si Italia quería atacar Francia, sin duda comenzaría por el sur. Mi familia estaba lo bastante lejos de la frontera como para no correr peligro durante un tiempo, pero pensé en todos los que se dirigían a Marsella. ¿Cómo lograrían escapar ahora?

Madame Goux apagó el cigarrillo y se sentó en la silla de leopardo, el único mueble que había permanecido conmigo durante todo el tiempo. Cuando André y yo nos separamos, vendimos todo el mobiliario junto con la casa. Contemplé la silla, comprendiendo por primera vez lo incongruente que resultaba que yo, una amante de los animales, hubiera codiciado sus pieles en forma de ropa o tapicería. La especie humana era la más traicionera de todas y ahora estábamos a punto de destruirnos unos a otros.

– ¿Por qué ha regresado? -me preguntó madame Goux.

– Quería luchar -le respondí.

Resultaba una afirmación ridícula viniendo de alguien que ni siquiera se podía incorporar en la cama, pero madame Goux no se rio. Le hablé sobre la conductora estadounidense que me había recogido.

– Tenemos extranjeros luchando por nosotros -le dije.

– Pues si es así -replicó madame Goux con el ceño fruncido-, ella debe de ser la única. El presidente de los Estados Unidos no nos ha enviado más que sus condolencias.

– Pero todavía tenemos a los británicos de nuestro lado -le dije yo.

– ¡Ja! -profirió la portera con tono despectivo-. ¡No se ha enterado usted! Se están retirando del norte. Nos están abandonando.

Cerré los ojos con fuerza. Las náuseas volvieron a ascenderme por la garganta. Todo estaba empeorando por momentos.

Me quedé en la cama hasta la mañana siguiente, cuando no pude soportar más el rancio olor que desprendía mi piel. Todo se volvió de color blanco cuando me puse en pie. Me apoyé contra la pared hasta que se me aclaró la vista y me dirigí tambaleándome hasta el cuarto de baño para lavarme un poco y cepillarme los dientes. Aquellas dos acciones me dejaron tan exhausta que volví dando tumbos a la cama.

Me desperté unas horas más tarde y descubrí que estaba cubierta de motas de hollín. El sol era una esfera abrasadora en mitad del cielo. No me cabía la menor duda de que estaba soñando. ¿Por qué estaba el sol tan rojo y el cielo tan oscuro? Arrastré los pies hasta la ventana y miré al exterior. Varios camiones recorrían hacia abajo la avenida. Hombres desaliñados caminaban dando traspiés por las aceras y a algunos de ellos les sangraban las heridas que tenían en la cara y los brazos. Uno se detuvo y se sentó en el bordillo, apoyó la cabeza entre las manos y se echó a llorar. Le observé con más detenimiento. Llevaba puesto un uniforme de oficial francés.

«Debo de estar soñando -me dije a mí misma-. El ejército francés es el más magnífico y poderoso del mundo».

Madame Goux entró en la habitación con un cuenco de sopa sobre una bandeja. La dejó sobre la mesilla de noche y miró por la ventana por encima de mi hombro. Tenía un aire aún más compungido que la última vez que habíamos hablado.

– Se supone que los soldados no deben retirarse a través de la ciudad -me explicó-. Habían recibido órdenes de rodearla.

La presencia de madame Goux dotó de realidad a la pesadilla en la que me hallaba sumida y se me aclaró la cabeza, pero todavía tardé un momento en comprender lo que acababa de decir.

– ¿Por qué debían rodearla? -pregunté.

– He oído el rumor de que no van a defender París -me contestó.

– ¿No lo van a defender? ¿Eso qué significa?

Chasqueó la lengua y profirió una carcajada triste, sacudiendo la cabeza por su propia incredulidad.

– Pues significa que vamos a ser rehenes del diablo y que no podemos hacer nada por evitarlo.

A la mañana siguiente me levanté sintiéndome más fuerte, gracias a los cuidados de madame Goux. Resultaba irónico que nosotras, que apenas nos habíamos dirigido la palabra durante todos aquellos años en los que yo había residido en el edificio, ahora fuéramos compañeras de la inminente tragedia de París. Salí de la cama, me lavé y me vestí, todo ello a cámara lenta porque aún me sentía muy débil. Sabía que no me encontraba lo suficientemente bien como para encarar el principio de una guerra, porque las guerras son sinónimo de racionamiento y hambruna. Hubiera sido más sensato quedarse en la cama al menos un día más, pero no podía. Quería descubrir por mí misma qué estaba sucediendo en la ciudad.

En el rellano de mi piso me golpeó un hedor pútrido. Descendí las escaleras y la pestilencia fue haciéndose cada vez más insoportable. Era diez veces peor que el olor de la carne podrida. Fuera lo que fuera, también debía de haber molestado a madame Goux, porque había dejado la entrada principal abierta, a pesar de su paranoia por los saqueos. Llamé a la puerta de la portería. Me dijo que entrara y la encontré sentada a la mesa ante el desayuno bebiendo café.

– ¿Qué es ese olor? -le pregunté.

– Toda la ciudad apesta -contestó-. Ya no recogen la basura. No hay camiones de limpieza. Los desperdicios se apilan en las calles. La carne se pudre en las carnicerías y el resto de comida se está echando a perder en las tiendas de ultramarinos.

– Pero da la sensación de que proviene del interior del edificio -repliqué-. ¿Los demás inquilinos le han dejado sus llaves? Puede ser que haya comida pudriéndose en sus casas.

Madame Goux me miró fijamente.

– Creo que puede ser el perro de monsieur Copeau -me contestó-. No lo he oído ladrar durante los dos últimos días.

Al principio, no la entendí. El perro de monsieur Copeau era un gran danés. Según madame Goux, monsieur Copeau se había marchado el mismo día que yo. Entonces recordé los ladridos que había escuchado durante mi enfermedad y lo comprendí.

– ¿Ha dejado aquí a su perro? -le pregunté.

– Todos han abandonado a sus animales, excepto usted.

Repasé mentalmente los apartamentos uno por uno. Madame Ibert no tenía animales; tampoco la familia del piso siguiente, porque la hija padecía de alergia. Monsieur Nitelet, el hombre que vivía sobre mí, sí: un terrier maltés llamado Princesse y un West Highland terrier llamado Charlot, en honor a Charlie Chaplin. Pero aquel olor era de algo descomponiéndose, no de heces de perro.

– ¿Ha dejado usted que se mueran de hambre? -exclamé-. ¿Por qué no los ha liberado?

– No son míos -me contestó-. Les he echado huesos a los más pequeños, pero no podía hacer nada por el otro. Es un perro guardián. Si hubiera abierto la puerta, me habría comido viva.

El apartamento de monsieur Copeau estaba en la planta baja. «Podría haber roto una ventana -pensé-, y haber dejado salir al animal por allí».

Madame Goux me leyó la mente.

– Podría haberle dejado salir, pero entonces la policía le habría disparado de todos modos. Mucha gente ha abandonado a sus perros, y la policía los ha estado sacrificando para evitar que haya un brote de rabia.

– Mon Dieu! -exclamé, recordando la hilera de refugiados. Muchas de aquellas familias con todos sus bienes materiales apilados en vagonetas se habían llevado con ellos a sus mascotas. ¿Qué le pasaba a la gente del octavo arrondisement? Sin embargo, ya conocía la respuesta a aquella pregunta. Consideraban a sus animales como accesorios de moda de los que podían deshacerse cuando les estorbaran.

No obstante, había algo extraño en todo aquello. Monsieur Nitelet era un hombre arrogante que podía abandonar fácilmente un animal; sin embargo, cada vez que me había cruzado con el anciano monsieur Copeau y su gran danés, me había dado la sensación de que sentía verdadero afecto por el perro.

– He oído a los de arriba ladrando esta mañana -comentó madame Goux, cogiendo una llave del cajetín y entregándomela-. Parece usted olvidar que he estado muy ocupada porque tenía que llorar a los míos y cuidar de usted.