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La llave era la del apartamento de monsieur Nitelet. Era consciente de que mi preocupación por los animales iba más allá de lo que la mayoría de la gente consideraría normal, pero no podía disculparme con madame Goux. Yo no pensaba que Kira fuera un objeto que añadiera calidez a mi apartamento siempre que yo lo necesitara. La consideraba parte de mi familia. Después de todo, la había enviado al sur con la misma preocupación con la que Minot había enviado a su madre.

Las fuerzas que había reunido para ir a enterarme de qué estaba sucediendo con la guerra las gasté en volver a subir las escaleras. Abrí la puerta del apartamento de monsieur Nitelet. No había ningún mueble ni ningún cuadro, excepto un par de sillas apiladas en una esquina. Vi los huesos esparcidos por el suelo. Los dos perros corretearon hacia mí. Estaban delgados y me miraron con ojos asustados, pero aun así movieron el rabo. Para mi sorpresa, también se me acercó sigilosamente un gato con una mancha anaranjada sobre un ojo y otra más pequeña junto a la nariz. No lo había visto antes.

– Monsieur Nitelet se ha llevado todos sus muebles -murmuré-, pero no se ha molestado en preocuparse por vosotros.

Cogí al gato en brazos -que era una gata, según comprobé- y les dije a los dos perros que me siguieran a mi apartamento. No lo dudaron ni un instante y corretearon detrás de mí escaleras abajo. Tenía suficientes latas de sardinas almacenadas; de hecho, eran tantas que no había habido sitio donde meterlas cuando Minot y yo cargamos el coche. Había planeado dejarlas fuera del apartamento por si alguien las necesitaba, pero con las prisas se me había olvidado. Abrí tres latas, vertí el contenido en dos cuencos y llené el otro de agua. En menos de un segundo, las tres bolas de pelo estaban afanándose sobre la comida.

– Si hubierais sido míos -les dije-, yo os habría llevado a vosotros y habría dejado los muebles.

Me até un delantal a la cintura y al encontrar un saco vacío en la despensa, pensé en el perro fallecido del piso de abajo. Yo ya me había sentido lo bastante enferma por la deshidratación. Qué horrible tenía que ser morir de hambre. Hubiera sido más compasivo dejar que la policía le disparara.

Madame Goux me estaba esperando en el portal. Me pregunté dónde íbamos a enterrar un perro tan enorme. Con diez meses, siendo tan solo un cachorro, ya era tan grande como un hombre. El olor resultaba aún más repugnante en el pasillo contiguo a la entrada. Me quité el pañuelo que llevaba al cuello y me lo até sobre la boca.

– ¿Lista? -preguntó madame Goux, introduciendo la llave en la cerradura de la segunda puerta.

Asentí y ella abrió la puerta de un empujón. El hedor nos envolvió como si estuviera vivo, presionando sus apestosas garras contra nuestros rostros y brazos. La bilis me subió por la garganta. Madame Goux corrió a la ventana y abrió las cortinas, pero no logró desenganchar el pestillo de la ventana. Me lancé hacia ella y me hice un corte en un dedo, pero logré abrir la ventana a la fuerza. Entre las dos abrimos de par en par todas las de la habitación y sacamos la cabeza por ellas, para inhalar grandes bocanadas de aire fresco.

Oímos un ladrido detrás de nosotras. Nos volvimos para ver al perro avanzando pesadamente hacia nosotras. Se le veían las costillas por debajo de la piel color beis y tenía los ojos gachos, pero estaba vivo.

– Merde! -exclamó madame Goux-. ¡Tendría que haber traído la pistola!

Sin embargo, el perro no parecía tener intención de atacarnos. Como si quisiera asegurármelo, me apoyó el hocico sobre el muslo. ¿De dónde provenía el olor entonces? Tenía que ser algo más que basura y heces del perro.

– ¿Vio a monsieur Copeau cuando se marchó? -le pregunté a madame Goux.

Ella negó con la cabeza.

– No, sencillamente supuse que se había ido, como todos los demás. ¿Por qué?

Miré hacia el pasillo desde donde el perro había venido. Tenía un aspecto lúgubre y al final había una puerta entornada que conducía a la siguiente habitación.

– ¿Cree usted que el perro lo ha matado? -me preguntó madame Goux.

Negué con la cabeza.

– Lo estaba protegiendo, eso es todo. Sabe que hemos venido a ayudarle.

El perro gimoteó y se volvió hacia el pasillo, mirando a sus espaldas para ver si le seguíamos. Madame Goux y yo avanzamos lentamente tras él. El hedor era tan penetrante que se filtraba a través de nuestra ropa y se nos adhería al pelo. Podía notarlo en el fondo de la garganta.

Empujé la puerta para abrirla. Estaba demasiado oscuro para ver nada. La ventana se hallaba cegada y lo único que entraba era un débil rayo de luz por el lateral de la cortina. Me acerqué a la ventana, esperando no tropezar con el cuerpo de monsieur Copeau. Algo me rozó el brazo y grité. Madame Goux me apartó de un empujón y abrió las cortinas de un manotazo.

El perro profirió un aullido lastimero y madame Goux se persignó. Contemplamos el cuerpo de monsieur Copeau, suspendido de la lámpara como un muñeco colgado de una cuerda. No podía dejar de mirarle, pero no acababa de creerme que aquello que colgaba del techo fuera un ser humano.

La policía no vino a recoger el cuerpo de monsieur Copeau hasta la tarde. Si había dejado una nota, nunca llegamos a encontrarla. Pero la policía nos dijo que aquel era el octavo suicidio que habían recogido en aquella zona esa mañana y que podían imaginarse cuál era la razón. Monsieur Copeau había luchado contra los alemanes durante la Gran Guerra.

Mientras madame Goux limpiaba la habitación de monsieur Copeau, yo quemé mi ropa en el horno de la cocina y después me bañé, frotándome de pies a cabeza. Todavía podía percibir el hedor a descomposición, pero después de lavar al gran danés y restregarlo de arriba abajo con eau de cologne, supe que aquella pestilencia persistía más vívidamente en mi memoria que en ningún otro lugar. Alimenté al danés con albóndigas en lata antes de tumbarme en el sofá. La gata se encaramó a lo alto de un armario. No parecía asustada por el enorme perro, pero aun así guardaba las distancias. Los dos perrillos inspeccionaron a su nuevo amigo, olfateándole la cola y apoyándose contra su lomo. Traté de recordar cómo llamaba monsieur Copeau a su perro. Era algo que sonaba italiano y creía recordar que sonaba un poco kitsch.

– Bruno -me dijo madame Goux, entrando por la puerta con una bandeja de pan y queso.

Después de lo que habíamos pasado aquella mañana, me sorprendió sentir apetito como para comer.

– Bruno -repetí, acariciándole la cabeza al danés.

– No se encariñe demasiado con él, pues voy a tener que sacrificarlo de un tiro -me advirtió madame Goux, cortando en rebanadas el pan.

Charlot y Princesse aguzaron el oído.

– ¿Por qué? -le pregunté incorporándome-. No tiene la rabia.

Agradecía a madame Goux que me hubiera cuidado mientras estaba enferma, pero en cualquier otro asunto lograba sacarme de mis casillas.

Madame Goux me pasó un plato antes de contestarme.

– Es demasiado grande. No podremos alimentarlo.

– Yo me preocuparé por eso -le respondí-. Nadie va a ponerle la mano encima.

Madame Goux hizo una mueca y profirió un bufido.

– Por supuesto -replicó-, lo mejor que podemos hacer es quedárnoslo para matarlo y comérnoslo más adelante.

Aunque la imagen del cuerpo de monsieur Copeau me había resultado traumática, el horror que me produjo quedó eclipsado por el deseo de averiguar qué estaba sucediendo en París. Salí a la calle a las cuatro en punto. El sol todavía brillaba. Podría haber sido un día soleado de verano como cualquier otro en París, pero no había nada de cotidiano en la ciudad. Nuestra calle estaba desierta y, tal y como madame Goux me había advertido, los montones de basura que se apilaban en las aceras apestaban casi tanto como el apartamento de monsieur Copeau.