Pero me di cuenta por la manera en la que Ratón había colocado los pies en el suelo de que se estaba aprestando para una fuerte discusión.
Estaba a punto de decirme algo cuando Roger, el australiano, se levantó de la silla.
– Creo que vamos a perder el tren si continuamos con esta discusión -dijo en un francés cuidadosamente acompasado. Durante un instante, me quedé hipnotizada por su voz. Era rica y fluida, como la de un actor sobre el escenario-. Si mademoiselle Fleurier está preparada para arriesgar su vida por cuatro hombres a los que no conoce ni lo más mínimo, creo que le podemos permitir que se lleve a sus animales -continuó.
El rostro de Ratón pasó de blanco a carmesí. Sin embargo, no hubiera podido decir si era por la vergüenza de que le hubieran superado en caballerosidad o porque estuvieran cuestionando su autoridad.
– Vamos, vamos -dijo el Juez-. Cada uno llevará dos maletas de mademoiselle Fleurier.
Ratón, molesto y a regañadientes, fue el primero en salir por la puerta. Roger y yo fuimos a coger la misma maleta. Me sonrió. La expresión de su rostro se transformó: de repente, me pareció más atractivo que hosco. Comprendí que probablemente se habría comportado de un modo totalmente distinto si no fuera un piloto derribado, atrapado en las líneas enemigas. Noté que el corazón me revoloteaba dentro del pecho. Me sorprendió. Solamente había experimentado aquella sensación una vez antes, hacía muchos años. La sangre me coloreó la superficie de la piel y noté que se me ruborizaban las mejillas.
– Yo crecí entre perros. Tenía cuatro -me dijo Roger. Alargó la mano para recoger la jaula de Chérie con el brazo que tenía libre-. Nunca he tenido un gato, pero sospecho que ella me caerá bien.
Su manera de hablar demostraba seguridad en sí mismo, pero su sonrisa era tímida. Se me enterneció el corazón.
– Creo que una persona que es buena con los animales tiene que ser buena en general -le confesé, tratando de recuperar la compostura.
Me estaba comportando como si volviera a tener dieciséis años, ¡y estábamos en mitad de una guerra!
– Estoy de acuerdo -respondió, dejándome paso para que pudiera salir por la puerta primero-. Y creo que una mujer que es leal a sus animales no traicionará a sus amigos -añadió en inglés.
La voz de Roger era cálida y resonaba como un temblor de tierra. «Sería un buen cantante», pensé. El encanto de su voz provocó que yo deseara aprender… el idioma que se hablara en Australia, fuera el que fuera. ¿Australiano, quizá?
Habíamos elegido el día en el que madame Goux normalmente visitaba a su hermano, así que nos quedamos patidifusos cuando la encontramos de pie en el vestíbulo. Llevaba un traje de viaje y tenía una maleta junto a ella. El Juez me dirigió una mirada penetrante y Ratón me propinó un codazo. Por lo visto, iba a tener que empezar a relatar la historia de tapadera antes de lo esperado.
– Buenas noches, madame Goux -la saludé-. Quiero presentarle a mi representante, Pierrot Vinet…
– ¡Y un comino! -me espetó, arqueando las cejas hacia mí de manera acusadora-. Sé quiénes son. Lo he oído a través de la rejilla de la ventilación. No son tan buenos espías como pensaban, ¿eh?
Me sentía demasiado sorprendida como para decir nada. Le había contado que los visitantes de la semana anterior eran de la Propagandastaffel y no había dado muestras de no creerme.
– Madame, ¿puede decirnos cuál es su intención? -le preguntó el Juez.
Su voz adquirió una escalofriante tranquilidad y percibí que se había metido la mano en el bolsillo en busca de un arma. Temía que si madame Goux afirmaba que nos iba a denunciar la matara allí mismo.
– Como ve -le respondió ella, señalando su maleta-, me voy con ustedes.
– ¿Perdone? -le preguntó Ratón.
– Que me voy con ustedes -le repitió madame Goux-. A luchar por Francia.
– ¡Oh! -exclamó el Juez, cambiando a un tono más cortés-. También puede hacerlo desde aquí, madame. Necesitamos un coordinador en París.
– ¡No me venga con esa mandanga! -ladró madame Goux-. Tengo mi documentación en regla. Puede usted comprarme un billete en la estación. Voy con ustedes como asistente personal de mademoiselle Fleurier. ¿No se les ha ocurrido que resultará extraño que una señorita viaje sola con tantos hombres?
A mí no se me había ocurrido, pero probablemente llevaba razón. Miré a Ratón, que se encogió de hombros hacia el Juez.
– Vamos, pues, madame -le dijo el Juez, poniendo los ojos en blanco-. Antes de que todo el resto del círculo social de mademoiselle Fleurier se quiera unir a nosotros.
Llegamos a la estación para encontrarla atestada de soldados alemanes y de funcionarios franceses. Puesto que el vagón de equipaje iba lleno hasta la bandera, el revisor accedió a dejar que los animales viajaran con nosotros, aunque nos advirtió que tendríamos que movernos si los alemanes ponían alguna objeción o si los perros empezaban a ladrar. El hecho de que me hubieran concedido un compartimento en primera clase era claramente una excepción: a los alemanes les daban los mejores asientos primero y después los franceses tenían que colocarse en los sitios que quedaran. Había seis asientos en nuestro compartimento y resultó que llevar a una persona más en el grupo jugó a nuestro favor. Si madame Goux no hubiera venido con nosotros, cualquier soldado alemán o funcionario francés habría ocupado el asiento libre y quizá habría intentado entablar conversación con nosotros.
Ratón y yo nos sentamos el uno frente al otro en los asientos más cercanos a la puerta. Roger se sentó junto a mí, con Charlot descansando sobre los pies, y colocamos a Eduard junto a la ventanilla. El plan era que si la policía entraba a comprobar nuestros billetes, Eduard se haría el dormido y yo hablaría por él.
Era consciente de que las paredes del compartimento eran muy delgadas y de que teníamos a alemanes a ambos lados, pero me sentía fascinada por los dos hombres de la RAF y quería saber más sobre ellos. Especialmente sobre Roger. Me preguntaba cuál sería su verdadero nombre, pero Ratón me había prohibido indagar sobre cualquier detalle de las vidas reales de mis acompañantes, por si me detenían.
– Si la torturan, cuanto menos sepa, mejor será para el resto de nosotros -me había advertido.
Eduard se había quedado realmente dormido, así que le susurré a Roger:
– ¿Nació usted en Argelia?
Si no podía mantener una conversación real con él, seguramente lo que sí que podía era familiarizarme un poco más con su historia de tapadera.
Roger entró en el juego.
– Mis hermanas y yo nos fuimos a vivir con mis abuelos después de que mis padres murieran en un accidente ferroviario. Mi abuelo era un capitán de la marina retirado que viajó a Argelia y no quiso marcharse de allí.
Ratón me miró frunciendo el ceño, y después pareció pensárselo mejor. ¿No había insistido él mismo en que las historias de tapadera tenían que practicarse hasta que fueran perfectas y hasta que se pudiera contestar a cualquier pregunta sin dudarlo ni un instante?
– ¿Y cómo es que está usted en Francia? -le preguntó a Roger.
– Mi tío me invitó a venir aquí para estudiar derecho en la Sorbona. Y me enamoré de París.
– ¿Por qué no lo convocaron para hacer el servicio militar? -le pregunté yo, sabiendo que esa sería la primera pregunta que le harían los alemanes a un hombre de su edad.
– Soy diabético -contestó.
«¡Dios mío! -pensé-. Espero que si lo detienen y los alemanes traen un médico, sea capaz de simularlo».
Traté de identificar qué era verdad y qué no de aquella historia. Adiviné que Roger probablemente sí tenía dos hermanas. También puede que hubiera estudiado derecho, pero no en la Sorbona. ¿Cuál hubiera sido la utilidad de saber derecho francés si pretendía ejercer en Gran Bretaña o en alguno de sus territorios?