– No puedo cachear a una ciudadana francesa de su categoría sin una buena razón. Además, ¿realmente piensan que a un espía se le ocurriría viajar con semejante zoológico? Quiero decir, mírenlos. Especialmente la anciana. Tiene la cara como el trasero de un asno.
Los dos soldados se echaron a reír y el oficial hojeó nuestros papeles. Los selló y me los entregó.
– La veré en Marsella entonces, mademoiselle Fleurier -me dijo, contemplándome con la admiración de un hombre, no de un militar.
Me metí los papeles en el bolso y me volví hacia el vagón, llamando a los perros para que me siguieran. Los hombres y madame Goux hicieron lo propio, pero no nos dirigimos la palabra hasta que inspeccionaron a todos los pasajeros y los devolvieron a sus asientos. De alguna manera sentí que, aunque viajábamos juntos, cada uno de nosotros estaba realizando también aquel peligroso viaje en solitario.
Gracias a algún tipo de milagro, llegamos a Marsella a tiempo y sin más incidentes. Me resultaba extraño volver a la ciudad en la que había soñado por primera vez en convertirme en una estrella. El olor a sal y los gritos de las gaviotas me recordaron a la casa de tía Augustine. Había recorrido un largo camino desde entonces.
Había reservado una suite de cuatro habitaciones en el hotel de Noailles. Después de que un camarero nos sirviera un desayuno compuesto por tortillas, queso, croissants, melón y champán, taponamos las rejillas de la ventilación y la cerradura, y brindamos por el éxito de la primera parte de nuestra misión.
– ¡Por haber logrado salir de la Francia ocupada! -brindó el Juez.
– Me habría conformado con unos huevos con beicon -comentó Eduard, contemplando el festín que teníamos ante nosotros-. ¡Pero esto es realmente magnífico!
Era la primera vez que le oía hablar y no parecía en absoluto checo. Tenía una voz aguda y cantarina.
– Debía de estar usted deseando decir algo -le comenté-. Yo no creo que hubiera sido capaz de estar tanto tiempo sin decir ni una palabra.
Roger se echó a reír. Incluso Ratón y el Juez se permitieron sonreír. Madame Goux quiso saber de qué estábamos hablando y Ratón le tradujo nuestra conversación.
– Estoy impresionado por su sangre fría, mademoiselle Fleurier -me confesó el Juez, untándose un poco de mantequilla sobre un trozo de pan-. Es usted una mujer extraordinaria.
Me volví hacia Ratón, deseando restregarle lo que el oficial había comentado sobre los animales.
– Finalmente, Bruno, Princesse y Charlot han resultado ser la mejor tapadera.
– De acuerdo -dijo el Juez, echándose a reír-. Brindaremos también por sus animales. Y, sin embargo, no tenía ni idea de que además supiera usted alemán. ¿Dónde ha aprendido?
Le hablé sobre la temporada que pasé en Berlín y sobre las clases que tomé allí. Hice reír a todos de nuevo cuando les relaté las clases del doctor Daniel, que solía hacerme saltar sobre las sillas mientras cantaba «res» agudos.
– Usted también debió de tener unos profesores curiosos en su época, ¿verdad? -le preguntó Roger a Eduard.
El escocés dejó el cuchillo y el tenedor sobre la mesa.
– Ninguno se igualaba a ese -replicó-. Al menos, con el piano nadie espera que seas capaz de correr y tocarlo al mismo tiempo.
– Espero poder oírle tocar antes de que se marchen -le dije-. Tengo curiosidad por saber cómo ha terminado un concertista de piano en la RAF.
– Pregúntele al capitán del escuadrón -me contestó, haciendo un gesto hacia Roger-. Yo solo soy un simple oficial. Él es el héroe de guerra. Logró derribar a varios aviones de la Luftwaffe antes de que le dieran a él.
Roger se ruborizó y, al sentirse avergonzado, bajó la guardia.
– He volado bastante en Tasmania -respondió-. Mi abuela me contó que la primera palabra que dije fue «avión»…
Ratón emitió una tos significativa y nos sumimos en un incómodo silencio. Me di cuenta de que se suponía que no debíamos llegar tan lejos. Me resultaba difícil acostumbrarme a tanto misterio. Todavía nos encontrábamos en los albores de la guerra y aún nos sentíamos alegres. La idea de acabar con nuestros huesos en la cárcel y de que nos torturaran, y menos que nos ejecutaran, no parecía real. Pero entonces ninguno de nosotros conocía a nadie que hubiera muerto de aquella manera.
– ¿Cuál es la siguiente fase del plan? -preguntó madame Goux.
Si el Juez me había felicitado por mi frialdad ante el peligro, ella también se merecía un buen cumplido. Madame Goux había demostrado mucha compostura durante todo el viaje y había representado estupendamente su papel de eficiente secretaria.
– Tenemos un contacto en Marsella -nos explicó Ratón-. Cuando hayamos hablado con él, nos marcharemos por mar o cruzaremos los Pirineos para introducirnos en España. Pero me temo que no podré decirle cuál de los dos métodos utilizaremos.
El mar sería más fácil que los Pirineos, que suponían cruzar unas escarpadas montañas, difíciles de sortear. Roger, Eduard y Ratón parecían bastante en forma como para conseguirlo, pero me preocupaba el Juez.
– Por favor, señores, coman y descansen mucho mientras estén aquí -les dije-. No repararé en gastos con ustedes. Tienen que coger fuerzas para su huida.
Roger levantó la copa de champán.
– Me gustaría proponer un brindis por mademoiselle Fleurier -anunció-. Por ser tan comprensiva.
Me di cuenta de que Roger tenía el tipo de energía que había admirado en André. Cuando había trabajo pendiente podía ser una máquina, pero en los momentos personales se ablandaba.
Los demás levantaron sus copas y me aclamaron.
– ¡Gracias! -les dije-. Les conozco desde hace muy poco tiempo y ni siquiera sé quiénes son algunos de ustedes, pero creo que voy a echarles de menos.
Levanté la vista, mirando directamente a Roger a los ojos. Me sostuvo la mirada durante un instante antes de volverse. Estaba sonriendo.
El Juez subrayó la importancia de mantener nuestras historias de tapadera para evitar sospechas. Mientras que él y Roger se reunían con su «contacto» -deduje lo suficiente como para adivinar que en realidad se trataba de dos personas, alguien que ocupaba un alto cargo en la marina francesa y un soldado aliado que había escapado del Fort Saint-Jean-, los demás teníamos que seguir manteniendo las apariencias. Hice que me instalaran un piano en la suite para que Eduard tocara, lo cual también nos proporcionó una excusa para dejar colgado en la puerta el cartel de «No molestar».
Mientras tanto, Ratón y yo fuimos a ver al director artístico del Alcazar.
– Mademoiselle Fleurier, ¡hemos tratado de que viniera a actuar aquí durante años! -exclamó Franck Esposito-. ¡Y por fin ha venido a vernos!
Según parecía, Raimu estaba a punto de realizar un espectáculo en el teatro, pero estaban interesados en que yo hiciera un par de números como artista invitada y hablamos sobre organizar una producción especial para la siguiente temporada. Para mi sorpresa, a pesar de la guerra y su falta de experiencia, Ratón consiguió negociar un buen contrato en mi nombre.
Siempre que podíamos, comíamos todos juntos en restaurantes elegantes de la Canebière, para no llamar la atención por estar siempre recluidos en nuestra suite. Marsella había sido bombardeada por los italianos, pero aparte de aquello, la guerra y los alemanes parecían estar muy lejos. Algo en el carácter duro de los marselleses me decía que opondrían mucha más resistencia que sus compatriotas del norte. Una noche, una española entró en el restaurante donde estábamos cenando vendiendo ramilletes de lavanda. Se parecía tanto a mi madre que me quedé sorprendida. «Extraño a mi familia», pensé. En medio de toda aquella agitación y miedo, deseaba estar con ellos. Sin embargo, durante las últimas semanas, había dado prioridad a mi país. Si lo hubieran sabido, seguramente me habrían implorado que hiciera exactamente lo que había hecho; pero ignoraban dónde me encontraba ni lo que estaba haciendo y me dolía pensar que les podía causar preocupación.