Las coristas que tomaban cocaína decían que las hacía sentirse como si estuvieran «en la cima del mundo». Para mí, subir al escenario ya era suficiente emoción.
– Pues Zephora claramente oculta esa tendencia suya -comentó Fabienne mientras se limpiaba el maquillaje con un trapo-. Vamos, que cualquiera lograría ocultarlo con el tamaño de sus muslos.
Corté un melocotón en cuatro trozos. Estaba ácido, pero tenía demasiada hambre como para que me importara. No me interesaba calumniar a Zephora, pero me preocupaba qué ocurriría si se retiraba del espectáculo, como Camille.
– Apuesto a que la echaron de París -dijo Fabienne-. ¿Por qué si no alguien querría actuar en este teatro si tiene la posibilidad de exhibir sus habilidades delante de millonarios en el Scala?
– He oído que habrá unos cuantos periodistas entre el público esta noche -comenté yo, tratando de cambiar de tema-. Espero que hagan buenas críticas de nosotros.
– Y yo espero que haya algún que otro rico entre el público -exclamó Fabienne, echándose a reír mientras se agarraba los pechos y los empujaba hacia arriba-. ¡Y espero que ellos también hagan buenas críticas de mí!
Me senté frente al espejo y contemplé como me temblaba la mano. Me puse el maquillaje, me lo quité y volví a empezar de nuevo. La raya del ojo todavía me salía torcida y siempre hacía el final demasiado ondulado. La sombra de ojos y el rímel parecían heridas sobre mis párpados. Suspiré, cogí el paño que tenía para limpiarme la cara y el lápiz de carboncillo y me dispuse pacientemente a intentarlo de nuevo.
Había recibido un telegrama de Bernard en el que me anunciaba que iba a asistir a la representación de esa noche. En la última carta que había escrito a casa les había contado que estaba trabajando de costurera. No les había dicho nada de que me había subido al escenario. Estaba convencida de que Bernard venía a ver si Le Chat Espiègle era un establecimiento respetable y para calmar los temores de tía Yvette. Menuda sorpresa le esperaba.
– ¿Qué haces aquí tan pronto? -me preguntó madame Tarasova, revoloteando por la estancia con los trajes de las hermanas Zo-Zo.
– No me podía estar quieta en casa -le confesé-. ¡Mire! -Le mostré el temblor de mi mano.
– Es por los nervios, no pasa nada -me aseguró mientras colgara los trajes de un gancho-. Es señal de que esta noche harás una buena actuación.
Me dedicó una sonrisa alentadora antes de salir rápidamente por a puerta. Cerré los ojos. «Inspira y espira. Lentamente. Inspira y espira.» Abrí los ojos. El temblor todavía estaba ahí, pero ahora además me sentía mareada.
– Es inútil -mascullé mientras examinaba mi trapo sucio.
Necesitaba humedecerlo de nuevo si quería limpiarme el rímel que se me había corrido sobre la mejilla. Me eché el kimono sobre los hombros y me dirigí al lavabo.
Cuando pasé por delante del camerino de Zephora escuché un estrépito. La puerta se abrió violentamente y Zephora salió trastabillando, agarrándose el vientre. Dio dos pasos antes de doblarse y caer Je rodillas.
– ¡Zephora! -Corrí hacia ella. Tenía el semblante muy pálido-. Voy a buscar a madame Tarasova! -le dije.
Me agarró del brazo y me clavó las uñas en la piel.
– ¡No! -bufó-. No me hace falta que te entrometas. Estoy bien, es solo… solo algo que padezco de vez en cuando. -Dejó escapar día risotada seca y maliciosa.
Su actitud era más seria que su habitual brusquedad. Se echó a temblar, aunque hacía mucho calor en el teatro. La contemplé, tratando de decidir qué debía hacer. No podía dejarla allí en aquel estado. Corrí al lavabo y humedecí mi trapo con la intención de dárselo a Zephora para que se lo pusiera en la frente. Cuando regresé, estaba tendida en el suelo, con la cara cubierta por una película de sudor
– ¡Oh, Dios mío! -gimió a través de unos agrietados labios.
Me arrodillé y le limpié la cara. Me miró, apretando los dientes. Algo en el interior de sus ojos me asustó.
– Voy a buscar ayuda -le dije.
Madame Tarasova estaba entre bastidores, cepillando los trajes con Vera y Martine, la nueva ayudante de vestuario.
– ¡Algo le pasa a Zephora! -exclamé.
Las tres mujeres me siguieron escaleras arriba, pero Zephora ya no estaba en el pasillo.
– ¡Está allí! -indicó Vera, señalando hacia la puerta abierta del camerino.
De algún modo, Zephora había logrado arrastrarse de vuelta al interior de la habitación y estaba tumbada en el suelo, agarrando las patas de una silla. Madame Tarasova abrió los ojos como platos. Se agachó junto a Zephora. La cantante se giró hacia un lado, agarrándose el vientre con las manos.
– Eso es por alguna cosa que ha comido -comentó Martine, avanzando un paso-. Mi hermano y yo padecimos algo similar nada más llegar a Marsella. Fue terrible.
Madame Tarasova frunció el entrecejo y apretó el vientre de Zephora con la mano. Cuando levantó la vista, había una mirada de alarma pintada en su rostro.
– ¡Rápido! -nos instó-. ¡Ayudadme a traer ese sofá de la pared y a tumbarla en él!
Martine y yo arrastramos el diván hasta el centro de la habitación y madame Tarasova y Vera colocaron a Zephora sobre él. No fue una tarea fácil, pues la cantante pesaba varios kilos más que ambas mujeres y no parecía ser capaz de ejercer ningún tipo de esfuerzo por sí misma. Se acurrucó en el sofá y se metió el puño en la boca para contener otro gemido.
– Zephora -le dijo madame Tarasova, sacudiéndole el hombro-, ¿esto es lo que creo que es?
Los músculos del rostro de Zephora se tensaron y dejó escapar un aullido, ahogado por una ráfaga de música que provenía de la sala de ensayos. El espasmo pasó y Zephora asintió.
– ¡Ya viene!
Vera y yo intercambiamos una mirada. Madame Tarasova siseó sin aliento, preparándose para la acción:
– Vera, ¡ve a buscar un médico! ¡Rápido!
Martine me agarró del brazo.
– ¿Qué sucede? -preguntó-. ¿Es el apéndice?
– No -le contestó madame Tarasova, colocándole a Zephora una almohada bajo la cabeza-. Nuestra estrella está a punto de tener un bebé.
Me quedé en el exterior de la oficina de monsieur Dargent, atándome y desatándome el nudo del kimono. De alguna manera, en mitad del caos que se formó tras el anuncio de madame Tarasova, se decidió que sería yo la que informaría de los acontecimientos sobre el inminente parto de Zephora a monsieur Dargent. Llamé a la puerta.
– ¡Pase! -exclamó él desde el interior.
Me recibió la bruma del humo de cigarrillo. Monsieur Vaimber y otros dos hombres a los que no había visto antes estaban allí sentados con monsieur Dargent. A juzgar por la relajada expresión del rostro de monsieur Dargent, asumí que aquellos hombres no eran acreedores que trataban de recuperar su dinero, ni que tampoco tenían nada que ver con la mafia.
Monsieur Dargent se puso en pie de un salto y me hizo pasar a la habitación.
– Ah, Simone, pasa, pasa -me dijo-. Déjame presentarte a monsieur Ferriol y a monsieur Rey. Han venido desde Niza para ver el espectáculo.
– Enchanté -dijo monsieur Ferriol, levantándose de su asiento y besándome la mano.
Monsieur Rey hizo lo propio.
– Si les gusta el espectáculo, invertirán en él -me susurró monsieur Dargent.
Se me encogió el estómago, pero hice lo que pude por fingir alegría.
– Monsieur Dargent -le dije, sonriendo-. Necesito hablar con usted un momento.