– Contrataremos mano de obra para que hagan el trabajo físico -explicó tía Yvette-. Tenemos dinero suficiente como para eso. Necesito ayuda con las comidas porque me lleva mucho tiempo cuidar de tu tío. No puede hacer nada por sí mismo. Es estupendo tenerte de vuelta.
Visualicé el telón de Le Chat Espiègle cerrándose y se me cayó el alma a los pies. En una época pasada, no se me habría ocurrido nada mejor que cocinar junto a mi tía en su magnífica cocina. ¿Qué había cambiado?
Bonbon se despertó, se estiró y saltó sobre el regazo de mi madre.
– Simone ya es una mujer de mundo -comentó mi madre-. Está destinada a hacer grandes cosas.
No comprendí lo que quería decir.
– ¿Puedo ver a tío Gerome? -le pregunté a mi tía.
Tía Yvette dudó.
– No sé si te reconocerá.
– Me gustaría verle de todos modos -repliqué.
Seguí a tía Yvette escaleras arriba al dormitorio al final del pasillo. Empujó la puerta para abrirla y me hizo un gesto para que entrara. Tío Gerome estaba recostado en la cama, sujeto por una montaña de almohadas y cubierto hasta la cintura por una colcha. Las tablas del suelo crujieron bajo mis pies. Miré a mis espaldas, suponiendo que tía Yvette aún se encontraba allí. Pero se había marchado, dejando la puerta entornada. Oí como se reunía con mi madre y Bernard en la cocina.
Me acerqué poco a poco a la cama, esperando que tío Gerome se despertara o mirara hacia donde yo estaba. Pero no se movió. Había un crucifijo sobre la cama y una fotografía de mi padre en la mesilla de noche. Tardé unos segundos en reunir el valor necesario para mirar a tío Gerome a la cara. La llevaba totalmente afeitada, pero, aunque hubiera seguido teniendo bigote, no creo que le hubiera reconocido. Yacía postrado como un cadáver, el color había desaparecido de sus mejillas y tenía la mirada fija en el techo. Los únicos signos de vida en él eran que el pecho le subía y bajaba al respirar y que parpadeaba de vez en cuando. El infarto había afectado al lado izquierdo de su cuerpo. Su boca se torcía hacia abajo en una mueca como si un hilo invisible le tirara de la comisura izquierda. Los músculos alrededor del ojo se habían hundido. La rodilla izquierda se le doblaba hacia el exterior y tenía el puño cerrado junto a ella. Vacilé y las manos se me volvieron de hielo. El parecido con mi padre era extraordinario. Tuve que relajar la respiración antes de dar un paso más hacia él.
– Tío Gerome -susurré.
Dirigió una mirada titubeante en mi dirección, pero no pude interpretar su expresión. Tenía los nervios del cuello rígidos, y los brazos y manos estaban esqueléticos. No tenía ni idea de si sentía alegría u horror por verme, ni tan siquiera si me había reconocido.
Un ruido gutural le subió por la garganta, como si estuviera tratando de hablar. Le habían enrollado una toalla alrededor del cuello para enjugar la baba que le caía desde la boca por la barbilla.
– Tío Gerome -repetí, aunque no tenía idea de qué quería decirle.
El ruido gutural se intensificó. Aquel hombre tumbado en la cama no era feroz, sino frágil. El infarto había sido como una bomba, había detonado en su interior. Por el modo en el que su cuerpo se había contorsionado y retorcido para perder su forma natural, parecía como si lo hubieran vuelto del revés. Quizá lo que estaba viendo allí era su torturada alma, que había brotado a la superficie.
La tarde siguiente visité la tumba de mi padre en el cementerio de la aldea. Era la lápida más nueva entre las tumbas maltratadas por el tiempo y las criptas asimétricas. Un lagarto que tomaba el sol en una piedra cercana salió disparado cuando me puse en cuclillas sobre la hierba seca.
Aspiré el aroma del cementerio -una extraña combinación de moho, romero y tomillo- y pensé en lo cerca que se había quedado mi padre de conseguir su sueño y en lo rápido que nos lo habían arrebatado. Aunque me sentía feliz de volver a ver a mi familia, me desesperaba la idea de quedarme para siempre en la finca. La vida en Le Chat Espiègle lo había cambiado todo, y ver a tío Gerome me había ayudado a comprender que si no aprovechaba las ocasiones que la vida me brindara cuando se me presentaran, quizá no hubiera una nueva oportunidad.
Cerré los ojos, imaginando la sonrisa de mi padre. «París», susurré. «Vete allí -le escuché diciéndome-. Vete y dale una oportunidad a tu sueño».
Abrí los ojos y miré a mi alrededor. No había nadie a la vista, pero había escuchado claramente la voz de mi padre. Recorrí con el dedo su nombre sobre la lápida -Pierre Gustave Fleurier- y después contemplé las tumbas circundantes, algunas eran modestas y otras eran imponentes. Había acudido al cementerio en busca de una respuesta y eso era precisamente lo que había encontrado.
Contemplé a mi madre mientras cortaba las alcachofas para la cena. Mi tía era la cocinera y la artista en la cocina, pero mi madre era la hechicera. Le cantaba al agua hirviendo sobre el fuego y manipulaba las verduras con esmero y perfeccionismo. Tenía la capacidad de aplicar su magia a las tareas más mundanas.
De vez en cuando, mi madre se volvía y le contaba a Bonbon cosas en patois sobre la finca, sobre la cosecha de lavanda o sobre lo que estaba haciendo.
– Pelo las alcachofas así y las corto lo más uniformemente que puedo, ¿ves? -le decía, enseñándole a Bonbon una rodaja para que la inspeccionara.
Mi madre le hablaba a Bonbon más de lo que yo la había visto hablar con nadie.
– Mamá, Bernard te ha hablado sobre el espectáculo en Marsella, ¿verdad?
Mi madre miró a sus espaldas.
– Me ha contado que eres muy buena.
No había ningún deje de censura en su tono. Por ser una mujer que se había pasado toda la vida en el campo, había muy pocas situaciones en las que mi madre mostrara aprobación o desaprobación. Parecía aceptar todas las cosas por sí mismas.
Le conté cómo había acabado trabajando en el teatro de variedades, le hablé sobre Bonbon y Camille, sobre monsieur Dargent, madame Tarasova y Zephora. Luego le expliqué la historia de Michel Etienne y de su oferta para representarme si iba a París.
– Yo soy como Bernard -le dije, mirándome las manos-, solo que todo lo contrario. No pertenezco a este lugar, sino a la ciudad.
Mi madre señaló con la cabeza los campos de lavanda.
– Sí que perteneces a este lugar, Simone. Este es tu hogar. La tierra de la que procedes. Siempre pertenecerás a este lugar y siempre serás bienvenida. Vete a París, ve y dale una oportunidad a tu sueño. Ha quedado algún dinero de la última cosecha para el billete de tren y para ayudarte con el alquiler de unas cuantas semanas. Pero si no sale bien, quiero que me prometas que regresarás.
Le eché los brazos al cuello y enterré la cara en su hombro. Había pronunciado las mismas palabras que había oído en el cementerio. Mi madre conocía tan bien a mi padre que resultaba extraordinario.
– ¿Pero qué pasa con Bernard y tía Yvette? -le pregunté-. ¿Cómo se las arreglará tía Yvette sin mí?
– Quédate este invierno, si puedes -me contestó mi madre-. Después, habrá muchas chicas buscando trabajo. Contrataremos ayuda para la casa si la necesitamos. No malgastes tu vida en tío Gerome, no le debemos nada.