– Indíquele a mademoiselle Franck cuándo puede acudir a hacerse las fotografías -me dijo.
El teléfono de su despacho sonó y se apresuró a cogerlo, saludándome con la mano antes de que mademoiselle Franck cerrara la puerta.
La secretaria abrió su agenda para concertar la cita con el fotógrafo y me escribió la dirección del estudio en una tarjeta.
– Este fotógrafo tiene muy buena reputación, así que no tendrá problemas -me explicó, entregándome la tarjeta. Después, mirando a sus espaldas a la puerta cerrada del despacho de monsieur Etienne, añadió-: Si él dice que tiene usted posibilidades, mademoiselle Fleurier, lo dice de corazón. Lo sé de buena tinta: monsieur Etienne es mi tío.
Me monté en un autobús abarrotado de gente para ir al Boulevard Raspad, la dirección en Montparnasse que monsieur Etienne me había dado. Por suerte, los parisinos eran muy galantes y me ayudaron a subir y bajar del autobús: primero, un hombre de mediana edad me subió el baúl por las escaleras del vehículo y, al final, un par de estudiantes de mejillas sonrosadas lo bajaron bruscamente cuando el autobús se aproximó a mi parada en la intersección entre el Boulevard Raspail y la Rue de Rennes.
– Mademoiselle, nosotros la ayudaremos -me dijeron, levantando el equipaje sobre los hombros e insistiendo en llevármelo hasta la reja de entrada del edificio.
– También podemos subírselo por las escaleras -me ofreció uno de los dos.
Su acompañante asintió con la cabeza, pero me dio demasiada vergüenza pedirles más ayuda, así que mentí y les dije que tenía un amigo en el edificio que me ayudaría.
– Bueno, pues entonces, adiós -me dijeron los estudiantes saludándome con la mano, dándose media vuelta hacia la calle-. ¡Buena suerte en París!
– Merci beaucoup! -les grité-. ¡Son ustedes muy amables!
La reja estaba abierta y se tambaleó sobre sus bisagras cuando la empujé para abrirla. Me limpié el óxido de las manos y arrastré el baúl tras de mí. Las sombras de los edificios circundantes caían sobre el patio, que estaba lleno de zapatos viejos y macetas rotas. Los parterres ajardinados eran una maraña de plantas mustias y enredaderas secas, tan estropeadas que no tenía ni idea de qué eran. Me tapé la nariz para no respirar el hedor a excrementos de perro y a alcantarilla. Sentí la tentación de dejar allí el baúl mientras buscaba la habitación, pero cambié de idea cuando vi los vidrios rotos de las ventanas y la ropa andrajosa colgada de las cuerdas de tender.
Los números de los cuartos estaban pintados con trazos torcidos en cada uno de los edificios que rodeaban el patio. Los apartamentos del siete al catorce se encontraban en la parte posterior. Crucé el paño y entré en el edificio por debajo de un arco. El vestíbulo apenas estaba iluminado y desprendía un olor aún más acre a excrementos de perro y a moho, junto con una penetrante peste a vino agrio. Inspeccioné el hueco de la escalera y me preparé para subir arrastrando el baúl por aquellos estrechos escalones, con la esperanza de que a nadie se le ocurriera bajar en ese momento. Alguien cantaba y me animó escuchar la sonoridad de aquella voz. Pero me abochorné al distinguir la letra de la canción:
Me gusta sentarme a la ventana día tras día
aquí en París, tan hermoso y alegre,
viendo a las chicas pasar por la calle.
Quiero darles un trato especial.
Venid aquí, hermosas,
y enseñadle a papá las tetitas…
La puerta del apartamento número nueve estaba medio podrida y le faltaban unas tiras de madera en la base. Me tanteé el bolsillo del abrigo en busca de la llave que monsieur Etienne me había entregado y abrí la cerradura. La puerta estaba atrancada, así que tuve que cargar mi peso contra ella para que se abriera, por lo que entré trastabillando en la habitación. Lo primero que vi fueron los excrementos de paloma resbalando por la ventana.
La habitación era al mismo tiempo mejor y peor de lo que me esperaba. Era mejor porque en comparación con la sombría habitación que ocupaba en Le Panier, esta contaba con dos grandes ventanales que la inundaban de luz; y era peor porque el frío se filtraba por las paredes. Deseaba tener un sitio acogedor en el que descansar, pero en el interior de aquella habitación hacía más frío que en la calle. Por lo menos, el hedor del patio no llegaba hasta allí; más bien, el aire estaba impregnado por el olor a agua estancada y a alcanfor.
Arrastré el baúl hasta la estructura de hierro de la cama, y la arenilla crujió bajo mis pies. La cama era el único mueble que había, además de un pequeño lavabo. Monsieur Etienne me había dicho que había un retrete en cada planta, pero que el edificio no tenía baño. Si quería bañarme, tendría que caminar tres manzanas hasta los baños públicos y pagar unos pocos francos para ponerme en remojo veinte minutos. Pero yo ya sabía que las mujeres parisinas eran famosas por salir de sus apartamentos limpias y perfectamente acicaladas tras lavarse con poco más que una manopla y un cubo de agua. Lo llamaban «bañarse por partes». Me parecía bien, pero ¿cómo podría calentar el agua? Había un largo conducto de calefacción que recorría la pared desde el techo hasta el suelo entre las dos ventanas. Lo toqué; estaba tibio. Me resigné a que aquella sería la única calefacción que tendría en la habitación y recé para que por las noches le subieran la temperatura.
Me tumbé en la cama, aunque no tenía colchón. Los muelles crujieron bajo mi peso. Me puse de lado y doblé las piernas. Solo llevaba unas horas en París y ya estaba agotada. Rasqué un pegote de polvo de la pared y lo solté en el aire. La mota de polvo giró durante un momento antes de flotar hasta el suelo. La soledad se apoderó de mí. Pensé en mi madre, en tía Yvette y en Bernard. Estaban a kilómetros de distancia de mí en aquellos momentos. Cerré los ojos, todavía sintiendo el movimiento del tren acunándome. Quería echarme solo unos minutos, pero acabé quedándome profundamente dormida.
Me levanté con un dolor agudo en el brazo derecho, donde había hecho presión contra los muelles de la cama. La temperatura de la habitación había descendido varios grados. Me froté los ojos, oscilé las piernas hasta el suelo y dejé escapar un gruñido. El sol se estaba poniendo por detrás de los tejados y las chimeneas. Contaba con haber podido limpiar la habitación y haber comprado un colchón, pero se me había hecho tarde. Mi estómago emitió un sonido de protesta. Decidí que lo mejor que podía hacer era ir a buscar algo de comer.
El tráfico que iba y venía por la calle me hizo recuperar la emoción de estar en París. Paseé por el Boulevard Raspail, aspirando el aroma de las castañas asadas que los castañeros ambulantes vendían en conos de papel. Me paré un momento frente a la estación de métro de Vavin, convencida de poder notar el traqueteo de los trenes que pasaban bajo tierra, antes de encaminarme hasta el Boulevard du Montparnasse, donde los cafés estaban repletos y los clientes se desperdigaban por las terrazas, calentándose con braseros. En el cruce resonaban sus conversaciones y el tintineo de sus copas de vino. Cuando pasé por delante del Café Dome, percibí el olorcillo de mejillones cocidos y mantequilla fundida. Por el aspecto distinguido de los clientes, di por hecho que no podría permitirme tomar allí ni siquiera un café crème.
Seguí andando tranquilamente, con las manos metidas en los bolsillos e imaginándome vívidamente una sopa de calabaza acompañada de media jarra de vino tinto para reactivarme la circulación. La boca se me hizo agua ante la anticipación de la dulzura granulada de i a calabaza, cuando me encontré frente a un café con un menú barato en el ventanal. El interior estaba lleno hasta los topes de estudiantes, que pedían a voz en grito bebidas y raciones de patatas fritas. El aire era caliente, pero no hubiera sabido decir si se debía a la calefacción o a todos aquellos cuerpos que atestaban la sala. Había un montón de boinas y abrigos de lana en las perchas junto a la puerta. Me desabroché el abrigo, pero decidí no quitármelo hasta que no hubiera entrado en calor.