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Rebusqué en mi bolso y saqué el programa de audiciones.

– Miren, aquí es donde fui anoche a las diez en punto. El encargado era un hombre. Se llamaba René.

Mademoiselle Franck me cogió el papel de las manos.

– ¿El número doce? -murmuró, corriendo a su escritorio y consultando su tarjetero.

Encontró lo que estaba buscando y profirió un grito mientras sus mejillas se teñían de carmesí.

– Mais non! -exclamó, levantando en el aire una tarjeta-. El número de la calle del Café des Singes es el veintiuno. Las cifras estaban al revés. ¡Ha sido un error tipográfico!

– El número veintiuno está al otro extremo del Boulevard de Clichy -aclaró monsieur Etienne, pasándose la mano por la frente-. Parece que el sitio al que usted fue era un café concierto.

Nos quedamos allí, los tres, mirándonos unos a otros. El rostro de mademoiselle Franck se ruborizó aún más, incluso se le coloreó el dorso de las manos. Pensé en el pianista fantasmal, en Deirdre llamándose a sí misma «estrella», en la horrorosa clientela y en los ojos enloquecidos del psicópata que me amenazó con la navaja. Allí no era donde tendría que haber estado. Seguramente había hecho la audición de una cantante que no llegó a presentarse. La coincidencia era tan horrible que resultaba graciosa: me eché a reír y no pude parar. Por un momento, mis preocupaciones por el dinero y el frío me parecieron absurdas. Traté de decir algo, pero monsieur Etienne tenía pintada una expresión tan perpleja en el rostro que me hizo doblarme de la risa.

– Ah -resopló monsieur Etienne, estirándose la chaqueta y tratando de restablecer el decoro-, mademoiselle Fleurier ojalá todo el mundo se tomara los errores con tanta afabilidad como usted. -Amagó una sonrisa-. No tengo ni idea de qué decir o de cómo disculparme. ¿Quizá podríamos mi sobrina y yo compensarla invitándola a comer?

Monsieur Etienne y mademoiselle Franck vivían en un apartamento dos edificios más abajo en la Rue Saint Dominique. La sirvienta nos recibió en la puerta.

– Tenemos una invitada para comer, Lucie -le anunció monsieur Etienne-. Espero que esto no le suponga un problema…

La sirvienta negó con la cabeza y alargó la mano para recoger nuestros abrigos y bufandas. Era joven, quizá solo tenía diecinueve años, pero sus codos estaban llenos de bultos y lucía un vientre rechoncho propio de una matrona.

Igual que la recepción de su despacho, el apartamento de monsieur Etienne era elegante pero de tamaño reducido. Nos lavamos las manos por turnos en un baño que era de las dimensiones de un armario, con la grifería de color malva y el papel de las paredes estampado con jacintos. Después pasamos por una sala, donde me miré un momento en un espejo y me desesperó ver lo despeinado que tenía el cabello a causa del viento, y finalmente llegamos al salón, donde las cortinas suavizaban la vista de una pared llena de tuberías.

– Hace calor aquí dentro -comentó monsieur Etienne abriendo la ventana, que emitió un crujido.

Con la estufa, la chimenea y el humeante festín que nos había preparado Lucie en la mesa, hacía bochorno dentro de la habitación, pero a mí me gustaba así. Era la primera vez en varios días que sentía que entraba realmente en calor.

Monsieur Etienne nos indicó que nos sentáramos mientras Lucie nos servía la sopa de una sopera. Había un cuadro detrás de él que me llamó la atención porque no casaba con la decoración formal del resto del apartamento. Representaba a un grupo de parroquianos saliendo del Moulin Rouge. Las líneas no eran rectas, los rostros estaban exagerados y los colores no eran realistas. Entonces no sabía lo bastante de pintura como para comprender demasiado sobre las dimensiones y la perspectiva, pero las personas de aquel cuadro parecían estar en movimiento. Casi podía oírlas charlar sobre el espectáculo que acababan de presenciar. Monsieur Etienne se dio cuenta de que lo estaba mirando.

– Ese es uno de los de Odette -explicó, señalando a mademoiselle Franck-. Sus padres viven en Saint Germain en Laye, que está demasiado lejos como para que acuda todos los días a sus clases de pintura, así que se queda aquí conmigo y me ayuda en el despacho.

– Me gusta -afirmé.

– Le he dicho a Odette que tiene que hablar con un marchante de arte que conozco -dijo monsieur Etienne-. Tiene talento.

Mademoiselle Franck se comió una cucharada de sopa.

– No me importa que mis cuadros no se expongan en galerías -comentó-. Lo único que me gusta es pintarlos.

– La ambición de mi sobrina es casarse -puntualizó monsieur Etienne, con un suspiro.

– Y la de mi tío es impedirlo -replicó mademoiselle Franck.

Ambos se rieron alegremente del otro.

El plato principal era pollo asado. La fragancia ambarina de la salsa de mantequilla se me fundió en la boca. Aquella era mi primera verdadera comida en París.

– ¿Qué pasó en el Folies Bergère? -me preguntó monsieur Etienne cuando Lucie retiró los platos-. Sé que no consiguió usted el papel, pero ¿cómo fue la audición?

Le conté que monsieur Derval había dicho que yo no era lo bastante bonita para el Folies Bergère.

Monsieur Etienne encendió un cigarrillo y se recostó en su asiento.

– No -repuso, tras pensarlo durante un momento-. Usted es una hermosa muchacha con una bonita figura. A monsieur Derval no le entusiasman los estereotipos y usted tiene el toque exótico que le suele gustar incluir entre sus rubias y pelirrojas. Creo que esta vez su decisión ha tenido más que ver con que el espectáculo presentará a coristas inglesas con un aspecto muy particular. La enviaremos a las audiciones del próximo espectáculo y veremos qué pasa. Mientras tanto, tenemos que encontrarle un trabajo, ¿no es así?

– Creo que el Café des Singes será el sitio perfecto para usted -me dijo mademoiselle Franck, pasándome la crema para el café-. Le gustará madame Baquet. A todo el mundo le gusta.

– Está buscando a alguien que pueda cantar en el turno de las dos de la mañana un par de veces por semana -me explicó monsieur Etienne-. Con eso pagará usted el alquiler y podrá mantener ese trabajo incluso cuando consiga algo en el teatro. Muchas chicas lo hacen y ganan mucho dinero. Desgraciadamente, se lo gastan igual de deprisa.

Mademoiselle Franck puso los ojos en blanco.

– Mi tío siempre les dice a sus clientes que tienen que ahorrar un tercio de lo que ganen. A mí me hace lo mismo. Solo que yo no llego a ver ese tercio antes de que él lo ingrese en un banco en Suiza.

Monsieur Etienne se encogió de hombros.

– Si es inteligente, usted hará lo mismo, mademoiselle Fleurier. La juventud, la belleza y la popularidad no duran para siempre. He visto demasiadas buenas mujeres utilizadas por los hombres y maltratadas por la vida acabando sus días en hoteles de mala muerte.

Recordé la primera vez que había visto a monsieur Etienne en mi camerino de Marsella. Entonces me había intimidado, pero ahora me di cuenta de que la opinión que me había formado sobre él no era correcta. Sentado en su comedor no resultaba tan imponente ni arrogante. Mademoiselle Franck tenía suerte de ser su sobrina, pues tenía todo lo que un buen tío debía tener: era sofisticado, sensato y amable.

– ¿Qué tiene pensado cantar para su audición? -me preguntó monsieur Etienne.

Le hablé sobre las baladas de Sherezade y él negó con la cabeza.

– Eso es demasiado teatral para madame Baquet. Querrá algo más personal. ¿Qué más tiene?

Le expliqué que no tenía partituras. Me preguntó cómo había conseguido el papel de Sherezade y cuando le expliqué la historia de Zephora, abrió los ojos como platos por el asombro.

– No me había dado cuenta de que no tenía usted experiencia en audiciones. Odette y yo la acompañaremos a la audición en el Café des Singes cuando volvamos a fijarla. Mientras tanto, ella puede llevarla a comprar partituras. No se preocupe por el dinero. Podemos arreglarlo más tarde, cuando empiece a trabajar.