Comprendí que monsieur Etienne no entablaba amistad con todos sus clientes, era demasiado profesional para eso. Y aun así, cuando me sonrió y me estrechó la mano antes de que mademoiselle Franck y yo nos dirigiéramos a la puerta, noté que sí nos habíamos hecho amigos.
Mademoiselle Franck me llevó a una tienda de música en la Rue de l'Odéon. Compramos dos canciones populares a tres francos cada una, un par de canciones que se cantaban típicamente en los clubes y una de la cesta de descuentos en la parte trasera de la tienda. Hojeé las páginas amarillentas. La canción se titulaba: Es a él a quien amo.
– Puede arreglarla usted como quiera y darle su toque personal -me explicó mademoiselle Franck, entregándole las partituras al dependiente y abriendo su monedero.
Miré la letra de la canción.
Es a él a quien amo,
aunque está lejos.
Es a él a quien amo,
pero debería vivir al día
Había asimilado con mucha facilidad los superficiales números de Sherezade, pero me preguntaba si iba a ser capaz de cantar convincentemente sobre corazones rotos cuando nunca me había enamorado ni desenamorado.
– ¿Cómo de rápido cree usted que puede aprendérselas? -me preguntó mademoiselle Franck cuando salimos a la calle.
– Puedo aprenderme las letras hoy mismo -le respondí-, pero ¿cómo me las voy a apañar con la melodía? No sé leer música.
– La mayoría de nuestros cantantes no saben -replicó mademoiselle Franck, ajustándose la bufanda y poniéndose los guantes-. En el apartamento debajo del nuestro vive un profesor de piano. No nos quejamos por el ruido que hacen sus estudiantes y a cambio él les hace descuento a nuestros clientes para sesiones de práctica. Le reservaré una cita con él si lo desea.
Mademoiselle Franck sugirió que nos tomáramos un chocolate caliente en el café contiguo a la tienda de música. El establecimiento estaba abarrotado de gente y tuvimos que abrirnos paso entre piernas y codos para llegar hasta una mesa cerca del mostrador. Me fijé en el modo en el que los hombres miraban a mademoiselle Franck: no era la manera lujuriosa en la que observaban a Camille, sino que le dirigían miradas de admiración. Era muy bonita a la vista, su manera de andar era bonita, su voz era bonita… Estar con ella me daba ganas de ser bonita yo también.
Aquel café era un lugar modesto, con paredes blancas y suelos pulidos. Los únicos elementos decorativos eran las ornamentadas cúpulas de cristal que cubrían los pasteles y dos lámparas de araña de bronce que colgaban del techo.
– Ambas tienen diferentes diseños grabados en el cristal -observó mademoiselle Franck, mirando con ojos entrecerrados los cristales esmerilados de las lámparas-. La que tenemos encima tiene un dibujo de olivos y la otra es de guirnaldas.
– Tiene usted razón -asentí, impresionada por su ojo para el detalle. Yo no habría notado la diferencia si ella no me lo hubiera indicado.
Pensé en la canción que habíamos comprado. «Es a él a quien amo, aunque está lejos. Es a él a quien amo, pero debería vivir al día.»
– ¿Ha estado usted enamorada alguna vez, mademoiselle Franck? -le pregunté.
Se ruborizó.
– Ahora lo estoy -me respondió, presionando las palmas de las manos contra sus mejillas para enfriarlas-. Se llama Joseph. Trabaja en una tienda de muebles de lujo. Antigüedades, maderas raras, ese tipo de cosas.
Pensé en la conversación telefónica que había escuchado el primer día que estuve en el despacho y le sonreí.
– O sea, que él también tiene cualidades artísticas, como usted, ¿no?
Mademoiselle Franck bajó la mirada, amagando una sonrisa.
– A ambos nos gustan las cosas hermosas, aunque Joseph no tiene dinero. Dice que debemos esperar hasta que abra su propio negocio antes de que podamos casarnos. -Levantó la mirada, frunciendo el ceño con expresión preocupada-. Por eso debe prometerme que no se lo contará a mi tío, mademoiselle Fleurier -me dijo, cogiéndome de la mano-. Joseph es un buen muchacho judío y no hay razones para que mi tío no lo apruebe. Pero a veces se comporta como un esnob y Joseph no es ningún intelectual. Tenemos que esperar hasta que llegue el momento oportuno, o si no mi tío pondrá a mis padres en nuestra contra.
«Esto debe de ser amor verdadero -pensé-: Cuando eres capaz de percibir los defectos de la otra persona, pero la quieres de todas maneras». Yo a mi vez también le apreté la mano.
– No lo mencionaré mientras usted no lo haga -le prometí.
El camarero anotó nuestro pedido y unos minutos más tarde volvió con nuestros chocolates calientes. Aspiré el aroma almendrado que ascendía flotando desde la cremosa superficie y sorbí el líquido aterciopelado con tanto placer como un gato lamiendo un platillo de leche.
– Estoy segura de que lo hará usted muy bien en el Café des Singes -me aseguró mademoiselle Franck, removiendo su chocolate-. Mi tío suele tener buen criterio sobre las posibilidades de triunfo de sus clientes. Le juro que lo hace todo por intuición más que por lógica, aunque él le dirá lo contrario. Él siempre dice que independientemente de lo brillante que alguien parezca ser en la superficie o de lo buena que sea su voz, en el fondo tienen que ser trabajadores y tomarse las cosas con seriedad. En todo caso, así es como la describió a usted.
Sonreí. Nunca me habían descrito como «trabajadora y seria» cuando vivía en la finca. Quizá por fin había encontrado mi vocación.
– El público del Café des Singes es sofisticado -continuó mademoiselle Franck-. Algunos franceses y muchos extranjeros. Pero no turistas. La mayoría son escritores estadounidenses, fotógrafos alemanes y pintores rusos. Esperarán mucho de usted, pero le darán su apoyo a cambio.
Le expliqué que solo había conocido dos tipos de público: los pertenecientes a la alborotadora clase trabajadora marsellesa y el público que había tenido la desgracia de padecer durante la audición de la noche anterior.
– No estoy segura de ser lo bastante refinada como para el Café des Singes -le confesé.
– ¡Oh, pues claro que lo es! -replicó mademoiselle Franck, dejando sobre la mesa el vaso-. Mucho más de lo que usted piensa. Pero me gustaría hacerle una sugerencia, si no le importa.
– No me importa en absoluto -le aseguré.
– Tiene usted unos ojos y unos pómulos preciosos, pero su belleza queda reducida por culpa de su peinado. Creo que debería llevar el pelo corto. Sería mucho más chic y a madame Baquet le encantaría.
No podía pasar por alto un consejo de belleza de alguien tan elegante como mademoiselle Franck.
– Sí, debería -le dije-, pero no tengo aquí a nadie que me lo corte. Mi madre solía arreglarme el pelo en casa.
Mademoiselle Franck negó con la cabeza.
– Tiene usted que acudir a una peluquería profesional. No querrá acabar pareciendo un muchacho. Puedo llevarla a mi salón de belleza, si lo desea. Podemos ir ahora mismo.
Cogimos el métro en Tuileries y, aunque el aire que soplaba era glacial, caminamos por la Place Vendôme porque mademoiselle Franck insistió en que debía verla. La enorme plaza estaba rodeada de edificios con frontones y columnas clásicos. Mademoiselle Franck me dijo las marcas de los automóviles aparcados alrededor de la Columna Vendôme en el centro de la plaza:
– Ese es un Rolls-Royce, ese, un Voisin, y ese otro es un Bugatti. -Después me cogió del brazo y señaló el escaparate de una joyería-. ¡Mire eso! -exclamó.