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– ¡Hola! -saludó, alargando una mano pegajosa y cogiéndome la mía-. Qué señorita tan hermosa es usted. ¡Vaya! ¡Su cara expresa alegría por todos los poros!

Le estrechó la mano a monsieur Etienne y dijo algo que no entendí porque mezcló palabras en inglés con sus frases en francés. Por la claridad cristalina de su voz, supuse que era estadounidense.

– Parlez-vous anglais? -me preguntó, al percibir mi confusión.

Por supuesto yo no hablaba inglés, pero como todos los demás parecían entenderle y yo estaba ansiosa por agradar, le contesté:

– Un poco. Sé decir yawl y schure.

Hice lo que pude por imitar los acentos anglófonos que había oído durante mi primera noche en Pigalle.

Madame Baquet estalló en carcajadas y golpeó con la mano abierta la mesa. Eugene me dedicó una sonrisa picara y puso los ojos en planeo.

– ¡Qué chica tan graciosa, monsieur Etienne! -comentó madame Baquet-. Me gustan lindas y graciosas, y si ha traído su propia música, creo que lo mejor que podemos hacer es oírla cantar.

Seguí a Eugene al piano. Se limpió los dedos en los pantalones y re cogió las partituras.

– ¿Son todas canciones en francés? -preguntó mientras las hojeaba-. Qué bien. Sí, ya tenemos a alguien que canta en inglés, a otra que canta en alemán y a otra que canta en francés. Deberíamos cambiarnos el nombre y ponernos Café des Singes Internationales.

Esta vez sí entendí el chiste y me eché a reír. Estaba empezando a darme cuenta de que en el Café des Singes había muy buen tumor.

Eugene cogió la partitura de Es a él a quien amo. Me alegré de que hubiera elegido aquella porque era la canción que más habíamos practicado el pianista y yo. El pianista había insistido en que para una boîte la proyección de la voz era igual de importante que las capacidades técnicas. Yo había resuelto el problema de no haberme enamorado nunca pensando en mi padre cuando cantaba la canción. Quizá no entendía qué significaba el amor, pero sí comprendía bien el sentimiento de pérdida.

Es a él a quien amo,

aunque está lejos.

Es a él a quien amo,

pero debería vivir al día

Las manos de Eugene recorrieron el teclado. Durante un momento, me quedé hipnotizada por su movimiento: era tan fluido y sus notas tan ágiles y ligeras… Por suerte, recuperé la concentración lo bastante rápido como para no perderme la primera estrofa. Desde el momento en que entoné la primera nota, supe que tenía a madame Baquet de mi parte. Mientras yo cantaba, no se pudo quedar quieta. Se removía en su asiento y daba golpecitos con los pies, contemplándome todo el tiempo con una mirada emocionada y llena de asombro. Cuando terminé la canción, todo el mundo aplaudió. Monsieur Etienne y Odette sonrieron de oreja a oreja, muy orgullosos de mí.

– ¡Cántanos otra! -pidió madame Baquet-. ¡Nos has dejado con ganas de más!

Eugene comenzó a tocar otro número: La bouteille est vide. La botella vacía. Hablaba sobre un hombre al que le gustaba tanto el champán que bebía hasta arruinarse la vida: la cínica letra contradecía la optimista tonadilla. Eugene la tocó más deprisa de lo que yo la había ensayado e hice lo posible por seguirle el ritmo. Madame Baquet la tarareó al principio y después comenzó a cantarla con una voz ronca cuando se aprendió la letra. Pasaba de cantar conmigo a discutir mi contrato con monsieur Etienne y de vuelta a la canción sin transiciones.

– Monsieur Etienne, necesito que redacte un contrato esta misma tarde. No quiero que ningún otro club se quede con esta chica. Puedo empezar por pagarle ochenta francos por dos actuaciones a la semana más propinas. Y le daré una buena comida después de cada espectáculo para engordarla un poco.

Seguí cantando aunque sentí que estaba a punto de desmayarme en el sitio. ¿Ochenta francos por dos actuaciones a la semana más propinas? Calculé que, si vivía frugalmente, me costaría como mínimo cuatrocientos francos al mes el alquiler, las comidas y los billetes de métro. Suponiendo que pudiera doblar lo que madame Baquet me pagara con propinas y descontando la tarifa de intermediación de monsieur Etienne, ¡lograría reunir casi quinientos francos por solo dos noches de trabajo! Continué cantando la canción, mareada por los pensamientos de qué me compraría con el dinero restante, pasando por alto por completo la ironía de la letra o la advertencia que contenía: «Cuanto más consigues, más quieres; quieres más y más, y luego todo se va».

Aunque normalmente no se me exigía llegar al Café des Singes hasta.a. una y media, madame Baquet sugirió que me presentara antes la primera noche.

– Así podrás ver a Florence y a Anke y conocer un poco el local -me dijo.

Cogí un taxi en el Boulevard du Montparnasse, contenta de no tener que tomar el métro solo para ahorrar dinero. Cuando el conductor se detuvo frente al Café des Singes, me sorprendió la diferencia peí ambiente que había visto allí durante el día. El cierre metálico de la tienda de camas estaba echado y los focos parpadeaban alrededor de la entrada del club. Un hombre con un abrigo y un sombrero de terciopelo trabajaba de portero.

– Está tan lleno como una lata de sardinas, mademoiselle -me advirtió, con un acento ruso que pronunciaba las erres casi con más intensidad que el trémolo de Zephora-. ¿Está usted sola?

Le expliqué quién era y me dejó pasar al interior. Lo único que pude ver al principio fueron las espaldas de la gente apiñada en el vestíbulo, que esperaba para conseguir una mesa o simplemente un poco de espacio.

– Disculpe -le dije a un hombre que todavía llevaba puestos el abrigo y los guantes.

Hizo una mueca y yo pensé que se había enojado conmigo, pero me di cuenta de que estaba abriendo hueco con el codo para levantar el brazo y dejarme pasar. El club estaba lleno y la mayoría de los clientes se habían quedado de pie. En el escenario había una mujer menuda que cantaba un número de blues en inglés. Su voz vibraba al igual que su oscurísima piel bajo los focos. Madame Baquet, con un vestido de flecos blancos y una pluma en la cabeza, estaba flirteando con un joven que llevaba un monóculo. Me vio y me saludó con la mano, aunque no podíamos aproximarnos la una a la otra por la multitud. Señaló una banqueta junto al piano y comprendí que tenía que sentarme allí. Me abrí paso en zigzag a través de la gente y dejé escapar un suspiro de victoria cuando alcancé la banqueta y me dejé caer sobre ella. Me sorprendió ver que el pianista, que yo esperaba que fuera Eugene, no era en absoluto él. Era negro y delgado con los mismos ojos protuberantes, pero más joven.

La cantante, que supuse que era Florence, entonaba sus canciones con los párpados firmemente cerrados y con un mohín en los labios, pero acababa cada canción e introducía la siguiente con una radiante sonrisa de dientes blancos. No entendía ni una palabra de lo que decía, pero, cuando cantaba, su voz rebotaba contra las paredes y su vibración me traspasaba.

Cuando terminó su actuación, el público aplaudió y mostró su admiración echándole billetes en el bote de las propinas. La multitud se agolpó contra la barra del bar para pedir la siguiente ronda de bebidas. Pensé que eran franceses cuando escuché el alegre parloteo. Prácticamente todos lo eran. Me pregunté dónde estarían los estadounidenses.

Eugene salió de la cocina con una bandeja en equilibrio sobre el hombro y sirvió platos de pâté de foie gras y cócteles de gambas a una mesa junto al piano. Se percató de mi presencia y me guiñó un ojo.

– Este es mi hermano Charlie -me aclaró, señalando con la barbilla al joven del piano-. Nos turnamos para atender las mesas y tocar. Así descansamos. ¿Quieres algo?