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– ¡Kiki! ¡Kiki! -exclamó su compañera rubia echándose a reír, llevándose a los ojos un pañuelo de seda china-. ¡Me estás haciendo llorar de la risa!

Pedí un Pernod y paladeé su sabor lechoso con un toque a regaliz mientras trataba de decidirme entre un plato de ostras crudas y uno de mejillones al vapor. Me decanté por los mejillones cocinados en vino blanco. Mientras comía, observé que entraba más gente por la puerta: hombres embutidos en desaliñados trajes con pintura en los puños de las camisas y parejas ataviadas con trajes de noche. Eran franceses, alemanes, españoles, italianos y estadounidenses. Las mujeres estadounidenses encendían sus cigarrillos a pesar de que había un cartel sobre el mostrador que indicaba que las señoritas no tenían permitido fumar en el café. Odette me había contado que muchos de los artistas más famosos de la ciudad se reunían en la Rotonde o en el Dome, al otro lado de la calle, pero yo ignoraba si las caras que estaba viendo eran de gente conocida. Terminé mi comida y pagué la cuenta. Me daba pavor tener que utilizar el helador retrete de mi edificio, así que decidí hacer una visita al aseo de señoras antes de marcharme.

Después de darle una propina a la encargada, me paré a contemplar mi aspecto en el espejo. La iluminación era más potente que en mi apartamento. Saqué el estuche de maquillaje compacto y me apliqué un poco sobre la nariz. Entonces me di cuenta de que había alguien de pie junto a mí.

– ¿Se enfadó cuando se lo dijiste? -preguntó la mujer.

Parecía estar dirigiéndose a su propio reflejo. Di por hecho que estaba bebida.

– ¿Estás enfadada conmigo, Simone, por haberte empujado a hacerlo?

Me di la vuelta inmediatamente. Conocía ese perficlass="underline" aquellas mejillas delicadas, aquella nariz perfectamente recta.

– ¿Camille?

Con todo lo que había sucedido desde la última vez que la vi, se me había olvidado la furia que había sentido cuando me engañó. Sin embargo, el recuerdo de su embuste me volvió gradualmente a la cabeza.

– Quizá pueda compensarte -me dijo Camille, todavía sonriéndole al espejo-. ¿Te gustaría unirte a mí y a mis acompañantes para cenar? Entre ellos se encuentran algunos de los hombres más ricos de París.

Aquellos tímidos modales suyos me cogieron por sorpresa y acepté su invitación sin pararme a pensarlo.

Seguí a Camille hasta una mesa en la estancia trasera del café. Tres hombres ataviados con trajes de etiqueta se pusieron en pie. El primero se presentó como David Bentley; era un inglés de físico imponente que hablaba muy bien francés. Los otros dos eran parisinos. Por sus delgados rostros y sus ojos opacos, bien podrían haber sido hermanos. Pero no lo eran: se presentaron como Francois Duvernoy y Antoine Marchais.

Cuando nos sentamos todos a la mesa de nuevo, David Bentley -que insistió en que le llamara Bentley porque aquel era «el nombre que utilizaban sus amigos»- me preguntó de qué conocía a Camille. Le expliqué que habíamos actuado juntas en un espectáculo en Marsella. Me dije para mis adentros que lo correcto sería no mencionar cómo nos había abandonado Camille. Bentley cerró la mano alrededor de la muñeca de Camille y acarició su piel traslúcida con un dedo. Camille llevaba una pulsera de diamantes mucho más grande y mucho más elaborada que la que le había regalado monsieur Gosling. No me hizo falta más que un vistazo al vestido brocado con plata y a la estola de zorro que llevaba para comprender que Camille había sustituido a monsieur Gosling por un hombre más rico.

– Todavía no me has contado cuál fue la reacción de monsieur Dargent cuando me fui -me comentó, deslizando su muñeca fuera del alcance de las exploraciones de Bentley-. O si me has perdonado por empujarte a que les comunicaras la noticia.

Era difícil calibrar su tono, pero percibí que le interesaba más saber qué había dicho monsieur Dargent sobre su partida que descubrir si yo me había sentido ofendida. Le dije que no tenía por qué preocuparse. El escándalo nos había venido bien y el espectáculo había sido un éxito. Frunció los labios y me di cuenta de que aquella no era la respuesta que estaba esperando. Había supuesto que el espectáculo se habría hundido sin ella.

– La temporada habría ido mejor si tú hubieras representado el papel de Sherezade… -comencé a decir, pero me detuve.

El espectáculo había sido un éxito cuando fui yo la que hizo de Sherezade, pero por algún motivo no encontraba el valor suficiente para decirle a Camille que yo había representado su papel. ¿Qué tenía Camille que me hacía comportarme de un modo tan rastrero?

Bentley nos preguntó si queríamos champán.

– Sí -respondió Camille, y después, volviéndose hacia mí, me preguntó-: ¿Qué estás haciendo en París?

– Actúo en el Café des Singes -le respondí-. Pero solo dos noches por semana. Estoy buscando otro trabajo.

Llegó el champán y Bentley le pidió al camarero que nos sirviera una copa a cada uno.

– Estamos aquí para celebrar el éxito de Camille -anunció, empujando una copa hacia mí-. Va a protagonizar un espectáculo en el Casino de París.

– ¡El Casino de París! -exclamé-. ¡Eso es tan importante como el Folies Bergère!

– Mejor -aseguró Bentley, inclinándose hacia mí-. Tienen mejores cantantes y bailarines en el Casino. El Folies Bergère solo trata de dar espectáculo y de enseñar carne.

Sentí pena por él. Estaba enamorado de Camille, pero por la indiferencia con la que ella le hablaba, sospeché que lo sustituiría en cuanto se le presentara alguien más rico, igual que había hecho con monsieur Gosling.

– Brindemos -propuso François, levantando su copa-. Por Camille.

– ¡Por Camille! -repetimos los demás, brindando con las nuestras.

Camille se volvió hacia mí.

– No han encontrado a nadie que cubra mi puesto original en la primera parte del espectáculo -me dijo-. Podría hablar con el encargado para que te conceda una audición. Solo es un número de una canción y un baile, pero no deja de ser el Casino de París.

Agradecí su oferta, pero después de lo que había sucedido en la audición del Folies Bergère no tenía claro que pudiera tener éxito en una similar. Puede que el Casino fuera menos frívolo que el Folies, pero sus estándares de belleza serían exactamente los mismos.

– Es hora de ir a cenar -anunció Antoine, haciéndole un gesto al camarero para que trajera la cuenta-. ¿Qué os parece ir a Le Boeuf sur le Toit? Hay buen jazz.

– No -replicó Francois-, ponen la música demasiado alta. Vamos a Fouquet's.

Bentley negó con la cabeza.

– Lo único que haremos entonces será seguir a todos los que están aquí. Yo propongo que vayamos a la Tour d'Argent.

– Yo ya he comido -comenté, con el tono más agradable que pude.

La Rotonde ya había sido un derroche para mí. Puede que fuera nueva en París, pero estaba lo bastante informada como para saber que estaban mencionando algunos de los restaurantes más caros de la ciudad y, a pesar de mis crecientes aspiraciones de grandeza, aún conocía mis límites.

– Entonces, vuelva a comer -me dijo Francois, echándose a reír mientras me señalaba-. No le sentaría nada mal coger un poco de peso.

– Bentley pagará -me susurró Camille.

– Sigo pensando que deberíamos ir a algún sitio con música -insistió Antoine.

– Le Boeuf sur le Toit está lleno de playboys sudamericanos. Conquistarán a mademoiselle Fleurier y la perderemos, os lo advierto -bromeó Bentley.