– Bonsoir. Espero que se encuentre bien esta noche -le dijo a Antoine. Llevaba a la gata siamesa colgada del brazo, que apoyaba su peso sobre él. Paseó la mirada entre Antoine y yo, y acabó mirándolo a él-. Esperaba que pudiera presentarnos a su amiga. La vimos actuar en el Café des Singes ayer por la noche. Fue una actuación magnífica.
Aquellos ojos negros pertenecían a un llamativo rostro. Tenía unas mejillas angulosas y una nariz bastante grande pero muy recta. Pensé que si fuera un animal sería un dóberman, como los majestuosos canes que guardaban los portales de los Campos Elíseos.
Antoine frunció el entrecejo.
– Mademoiselle Fleurier -me presentó-, estos son mademoiselle Marielle Canier y monsieur André Blanchard.
– Encantado de conocerla -dijo André, cogiéndome la mano para besarla.
Le devolví el cumplido y miré a mademoiselle Canier. Murmuró un saludo mientras me miraba por encima del hombro. Claramente, aquella presentación no había sido idea suya. Volví a notar el hormigueo recorriéndome la piel.
– Nos preguntábamos si podría usted darnos clases de charlestón -preguntó André, con los ojos fijos en mí-. A mademoiselle Canier y a mí nos han invitado a un crucero de jazz y parece que no somos capaces de bailarlo con estilo.
El hormigueo se esfumó como una mecha bajo la lluvia. La mano de mademoiselle Canier se deslizó por el brazo de André y desapareció dentro de la palma de él. Hice lo que pude por ignorar que tenían los dedos entrelazados y deseé ser invisible.
– ¿Por qué no acuden a Ada Bricktop para que les dé clases? -sugirió Francois-. Si es lo bastante buena para el príncipe Eduardo, seguro que lo es para ustedes, ¿no es así? Mademoiselle Fleurier es artista, no instructora de baile.
André se echó a reír. Era una risa franca que provenía de lo más hondo de su pecho. Hizo que sus ojos brillaran y mostró su recta dentadura.
– Eso es cierto. Lo siento, mademoiselle Fleurier. Es solo que cuando usted baila parece como si el mundo le perteneciera.
Percibí un cambio sutil en sus ojos: algo en ellos reflejaba la desilusión que yo misma sentía. Se quedó en suspenso un momento, mirándose los pies, antes de disculparse por interrumpir nuestra comida y guiar a mademoiselle Canier de vuelta a su propia mesa.
– ¿Quién era ese? -le preguntó Camille a Antoine.
Esperó hasta que Bentley se hubiera vuelto para llamar al camarero antes de contestar.
– André Blanchard, heredero de la fortuna Blanchard. Una de las familias que controlan la economía francesa. Pero ni siquiera pienses en ello, Camille. Es el único heredero. Créeme, su padre no le dejará dar un paso en falso.
– ¿Y ella?
– ¿Mademoiselle Canier? Simplemente, es una chica de la alta sociedad. Mimada, consentida y malcriada. Nada especial excepto su aspecto.
Los ojos de Camille se movieron en dirección a la mesa de André antes de volverse hacia mí.
– La que lo enganche será una chica con suerte -comentó.
Fiel a su palabra, Camille me organizó una audición en el Casino de París antes de que finalizara la semana. Ella iba a sustituir a una cantante británica que había roto su contrato para marcharse a hacer una película en Estados Unidos y, debido a que tenían que cubrir el puesto de Camille rápidamente, no era una audición abierta. En aquella ocasión contaba con los rostros amigos de monsieur Etienne y de Odette animándome desde la primera fila. Léon Volterra, el propietario del Casino de París, se sentó junto a ellos. Era un curioso hombrecillo con un guiño travieso en la mirada. Me preguntó si sabía bailar charlestón y le expliqué que había aprendido a bailarlo de forma autodidacta.
– ¡Eso es exactamente lo que queremos! -exclamó, levantando los brazos hacia el techo. Volviéndose a la coreógrafa, una mujer con el aspecto demacrado de una bailarina entrada en años, añadió-: ¡El Casino de París necesita bailarines teatrales, no robots técnicos! ¿No es cierto, madame Piége?
Madame Piége respondió que no podía estar más de acuerdo y le dio unas palmaditas en el brazo. Daba la impresión de que estaba tratando de evitar que añadiera nada más.
– ¡Maravilloso! ¡Maravilloso! -La voz de monsieur Volterra resonó con estruendo en la oscuridad cuando terminé mi baile y después canté La bouteille est vide. Los encargados de iluminación también aplaudieron desde bastidores. Miré a monsieur Etienne, que me dedicó un movimiento de cabeza satisfecho.
Monsieur Volterra se levantó de su asiento y apoyó los codos en el borde delantero del escenario.
– Venga de nuevo hoy a las dos en punto para los ensayos -me dijo-. Está usted contratada.
Cuando monsieur Etienne, Odette y yo salimos del teatro, apenas logré contener la emoción.
– ¡No puedo creerlo! -exclamé-. ¡El Casino de París!
– ¡Bien hecho! -me dijo monsieur Etienne-. Su voz mejora cada vez que la oigo.
– ¡Y estás tan hermosa! -me elogió Odette, dedicándome una discreta sonrisa.
– Monsieur Volterra es todo un personaje, ¿verdad? -comentó monsieur Etienne, haciéndole un gesto a un taxi-. ¿Sabía usted que no sabe leer?
– ¿No sabe leer? -repetí yo, montándome en el taxi cuando monsieur Etienne me abrió la portezuela-. ¿No me dijo que era uno de los empresarios teatrales de más éxito de París?
Odette y monsieur Etienne se subieron al taxi tras de mí.
– No sabe leer ni una palabra. Su socio le ha enseñado a trazar su firma en los contratos -explicó monsieur Etienne.
– Es difícil de creer, ¿verdad? -comentó Odette-. El hombre que, en un momento u otro, ha sido propietario del Ambassadeurs, del Folies Bergère y ahora del Casino de París no puede escribir ni su propio nombre.
– Era huérfano. Nunca fue a la escuela -aclaró monsieur Etienne.
– ¡Debe de ser muy inteligente! -observé yo.
Monsieur Etienne sonrió.
– Le corre la habilidad empresarial por las venas. Una vez me contó que cuando tenía siete años solía recoger los periódicos de 1a. noche que la gente dejaba olvidados en los bancos del parque y cerca de las salidas de métro. Después, a la mañana siguiente, se colocaba en una esquina anunciando a voz en grito unos titulares inventados, pero muy llamativos. Para cuando sus desprevenidos clientes abrían los periódicos, el granujilla ya había huido como alma que lleva el diablo.
– ¡Dios mío! ¡Espero que no trate de engañarme a mí también! -comenté yo.
Monsieur Etienne asintió.
– ¡Oh, claro que lo hará! -replicó-. Volterra engaña a todo el mundo, grande o pequeño. Es famoso por ello. Pero, por suerte, usted me tiene a mí.
Regresé muy animada al Casino de París aquella misma tarde. Aunque mi nombre no aparecería en los carteles de publicidad, aquello no me impedía fantasear sobre la fama y las buenas críticas. Sin embargo, mis delirios de grandeza se esfumaron en el instante en que entré en el auditorio. Madame Piége y el pianista de ensayos me estaban esperando.