– Me alegro de verte, Simone. Pero no te vas a quedar mucho tiempo, ¿verdad? Aún no -me dijo, contestándose a sí misma y dedicándome una de sus misteriosas sonrisas.
– ¡Simone! ¿Eres tú? -exclamó tía Yvette, dejando la sartén sobre el alféizar de la ventana y rebuscándose en el bolsillo las gafas. Se las puso y me miró con ojos entrecerrados-. ¡Pero mira qué pelo llevas! -gritó-. ¿Qué has hecho con él?
Se me había olvidado que las iba a impresionar. Las mujeres de nuestra aldea mantenían el pelo largo desde que nacían hasta que se morían, y lo llevaban siempre recogido.
– Así que la cosecha de lavanda ha vuelto a ser buena, ¿eh? -pregunté, tratando de desviar la atención de mi pelo.
– Incluso mejor que la del año pasado -contestó tía Yvette, sonriendo de oreja a oreja.
– ¿Dónde está Gerome? -preguntó Bernard, sacando mis maletas de la camioneta y colocándolas en el umbral de la puerta-. Seguramente le gustará ver a Simone.
– Ahora mismo está durmiendo -le contestó tía Yvette, y volviéndose hacia mí aclaró-; Hemos convertido la sala de estar principal en una habitación para él. Así puede unirse a nosotros durante las comidas y ver el trabajo de la finca sin que tengamos que transportarlo arriba y abajo por las escaleras.
– ¿Entonces está mejor? -pregunté mientras cogía el vaso de vino helado que mi madre me estaba entregando y me sentaba junto a ella en un banco del patio.
El enrejado se había combado por el peso de las flores de la glicinia, que colgaban sobre mi cabeza como racimos de uvas. Su aroma dulzón atraía a varios enjambres de abejas. Una se posó sobre mi falda, ebria por la dulzura del néctar. Deambuló sobre la tela durante unos instantes, sacudiendo las alas y las patas, antes de elevarse de nuevo en el aire.
– Ha mejorado -me explicó tía Yvette, acercando una silla-. Se puede sentar sin ayuda e incluso dice alguna que otra palabra de vez en cuando. Al final no hemos necesitado contratar a nadie que nos ayude con él. Entre tu madre y yo logramos ocuparnos de él.
Mi madre me pasó una raja de melón y me miró a los ojos.
– Ve y échate un rato antes de la cena -me dijo-. Pareces cansada. Podemos hablar más después de que te repongas.
Me tumbé en uno de los dormitorios de casa de tía Yvette y me sentí tan agotada por el viaje que no me molesté ni siquiera en quitarme el vestido. Bonbon saltó a la cama y se hizo un ovillo a mi lado. Le pasé los dedos por el pelaje. Me miró fijamente antes de estirar el morro a modo de bostezo. Ahora era la compañera de mi madre, pero me alegró verla de nuevo. Me dormí, pero no descansé bien, pues el calor me provocó toda una serie de sueños inconexos sobre bailes en el Casino de París y el sonido chirriante de los frenos del tren.
– ¡Simone! -me llamó la voz de mi madre desde la planta de abajo.
Me incorporé de un salto, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho y la espalda húmeda de sudor. Bonbon había desaparecido. Fuera, el sol se había puesto y en el cielo de la tarde brillaba un toque azulado. Debía de haber dormido durante horas.
Bajé las escaleras siguiendo el sonido de los platos que estaban poniendo a la mesa y el aroma del pollo al romero. Cuando abrí la puerta de la cocina, la llama de la lámpara a prueba de viento me hizo parpadear. Tío Gerome se hallaba sentado en la cabecera de la mesa. La expresión de su rostro estaba menos desfigurada que la última vez que lo había visto, pero uno de los ojos se le había quedado firmemente cerrado y su pelo, que siempre había sido canoso, ahora estaba completamente blanco.
Mi madre trinchó el pollo sobre la encimera. Tía Yvette, que estaba sirviendo la sopa en cuencos, dejó el cucharón suspendido en el aire y se quedó mirándome fijamente.
– Simone, ¿te encuentras bien? Estás muy pálida.
– Estoy bien -le respondí-. Es el calor. Me había olvidado de cómo era.
Bernard sirvió un vaso de vino y se lo puso en los labios a tío Gerome para que pudiera beber. Me aclaré la garganta.
– Hola -le saludé.
Me había pasado casi toda la vida temiendo u odiando a tío Gerome, pero verle con aquel cuerpo retorcido me producía mucha confusión. Me entraron ganas de llorar.
Tío Gerome inclinó la cabeza. Un hilo de vino se le resbaló por la barbilla. La expresión de sus ojos era vidriosa y parecía imposible asegurar si me había entendido.
– ¿Por qué lleva el brazo en cabestrillo? -le pregunté a Bernard mientras tomaba asiento a la mesa.
– No lo siente -me contestó Bernard, limpiándole la barbilla a tío Gerome con una servilleta-. A veces olvida que está ahí, así que hay que atárselo para evitar que se lo pille o que se retuerza la articulación.
Tío Gerome emitió un gemido y murmuró:
– ¿Pierre?
– No, es Simone -le corrigió Bernard-. Tu sobrina.
– ¿Pierre? -repitió tío Gerome-. ¿Pierre?
Comenzó a sollozar. El tono suplicante de su voz me desgarró las entrañas. Miré a mi madre y a tía Yvette. Estaban troceando los tomates y los dientes de ajo como si no pasara nada. ¿Cómo era posible que no las trastornara semejante sonido lastimero?
– No te disgustes, Simone -me susurró Bernard-. Tu tío no es desgraciado. El médico dice que es normal que los pacientes que han sufrido un infarto lloren sin motivo aparente.
Hice un gesto de dolor. Tanto Bernard como yo sabíamos que aquello no era cierto. Estábamos escuchando los gemidos de un hombre que se encontraba enterrado en vida, atrapado en el ataúd de su propio cuerpo. Lo que tío Gerome sufría era peor que la muerte. No podía disfrutar de la paz de perder el conocimiento. Era consciente de todos sus remordimientos, todos ellos desfilaban por su cabeza cada día y él tenía que contemplarlos con la impotencia de no poder hacer nada al respecto.
Mi madre y tía Yvette sirvieron la comida. Tía Yvette le metía la sopa a cucharadas a tío Gerome en la boca y así logró que se calmara. Después de la cena, tío Gerome se quedó con la mirada fija en sus propias manos y no volvió a decir nada más durante el resto de la velada. Bernard trató de levantarnos el ánimo preguntándome por qué había traído tres maletas de París.
– ¿Acaso piensas que vamos a ir a bailar al Zelli's todas las noches?
Me eché a reír.
– Cuando retiremos la mesa os enseñaré lo que hay dentro de las maletas.
Mi madre y tía Yvette se negaron a que las ayudara a limpiar después de la cena. Pero cuando terminaron, saqué los regalos que les había comprado antes de dejar París.
– Esto es la última moda -les dije, entregándoles unos paquetes blancos y negros a mi madre y a tía Yvette.
Mi madre abrió la caja de perfume y examinó la botella cuadrada y las llamativas letras de la etiqueta: Chanel N° 5. Aquel diseño representaba todo lo que era chic en París: elegante, sencillo y moderno. Desenroscó el tapón, aspiró el olor del líquido ambarino y se echó para atrás. Arrugó la nariz y se le llenaron los ojos de lágrimas como si acabara de aspirar el acre olor de una cebolla. Estornudó tan fuerte que la caja vacía salió volando por encima de la mesa.
Tía Yvette se humedeció una muñeca con un poco de perfume y se la pasó bajo las aletas de la nariz.
– Sí, es muy especial, ¿verdad?
Bernard, gracias a su habilidad para distinguir las fragancias, fue el que más elogió mi elección de su colonia.
– Esencia de neroli y ylang-ylang -comentó, aplicándose un poco de fragancia en el dorso de la mano-. Jazmín y rosa. -Esperó unos minutos antes de volver a olfatearse la piel de nuevo-. Sándalo, vetiver y vainilla.
– También contiene productos sintéticos. Hacen que la fragancia dure más -le expliqué.