– ¿Y ahora mismo Rivarola no está más preocupado por encontrar a su mujer? -pregunté.
– No -me contestó monsieur Etienne, echándose a reír-. Es un profesional de pies a cabeza. Lo demás no importa, pues sabe que el espectáculo debe continuar. No olvide que la temporada comienza en tres semanas.
«¿Quién puede igualar a María?», pensé, alisándome el cuello del vestido. La profundidad de sentimiento necesaria para interpretar un tango era algo que no se podía aprender de un día para otro. Que el Casino quisiera que yo lo intentara demostraba lo desesperado que estaba monsieur Volterra.
Madame Lombard pasó rozándome y se sentó tras el mostrador de recepción para revisar el correo que acababa de llegar. Le dije a monsieur Etienne que me presentaría en el Casino en menos de media hora. No me iba a quejar si monsieur Volterra quería ofrecerme un número: necesitaba el dinero.
Cuando llegué al Casino de París, comprobé con resentimiento que monsieur Volterra no solo me había incluido a mí en la audición para la pareja de baile de Rivarola, sino que estaban allí todas las coristas y otras artistas que realizaban números menores. Las tres primeras filas del patio de butacas estaban llenas de mujeres ataviadas con vestidos holgados y zapatos de baile. Sophie, la corista principal, se había sentado junto a monsieur Volterra y sostenía una rosa entre los dientes. Estaba a punto de darme la vuelta para marcharme cuando monsieur Volterra se percató de mi presencia y me saludó con la mano. Le devolví la sonrisa y tomé asiento. En pro de una buena relación con él en el futuro, era más sensato que me quedara.
Rivarola se encontraba sobre el escenario, probando unos pasos de tango con una de las coristas. Maniobraba como un gato al acecho, concienzuda y deliberadamente. De repente, estalló.
– ¡No, no, no! -murmuró, apartándose bruscamente de su pareja y dirigiéndose a Volterra-. ¡Esta chirusa no me sigue!
Como Rivarola no hablaba demasiado francés y Volterra no sabía ni palabra de español, el comentario lo tradujo un técnico de iluminación que era de Madrid.
– Dice que la chica no sigue sus pasos -explicó el muchacho.
– ¡Pero es muy hermosa! -protestó monsieur Volterra, extrayéndose un pañuelo del bolsillo y secándose la frente-. Seguro que podrá aprender algo si él le enseña. No es como si pudiéramos sacarle otra bailarina de tango argentina del sombrero del mago. Y al fin y al cabo su contrato sigue en pie.
Hubo un momento de pausa mientras el técnico le traducía aquellas palabras a Rivarola. El bailarín cruzó los brazos sobre el pecho y negó con la cabeza.
– ¡Esta mina salta como un conejo! -gruñó, blandiendo el puño hacia los bastidores-. Yo quiero una piba que se deslice como un cisne.
El técnico de iluminación trasladó el peso de su cuerpo de un pie a otro y recogió un cable suelto de uno de los focos, tratando claramente de evitar tener que traducir aquel último comentario.
Al ver que era inútil continuar con aquella discusión, monsieur Volterra le indicó a la corista que se sentara y llamó a otra, que se aproximó cautelosamente al escenario, como una virgen ante un sacrificio.
– No me extraña que su mujer le haya dejado -le susurró una corista a otra-. Es demasiado difícil de contentar.
Aunque me había resignado a que aquella audición iba a ser una pérdida de tiempo, me intrigaba el método de Rivarola para poner a prueba a las posibles candidatas. Empezaba por marcarle un paso de tango para que la chica lo siguiera. Cuando estaba seguro de que ella había comprendido la variación, se volvía y le hacía un gesto con la cabeza a un tramoyista que esperaba en la primera bambalina. El hombre ajustaba la aguja del gramófono en un disco y la música de tango resonaba en el aire. Entonces, Rivarola avanzaba hacia la chica y la aferraba con una de sus manos firmemente colocada sobre la zona lumbar de ella y el torso presionado contra el de ella. Aquel abrazo resultaba sugerente, pero no había ni rastro de familiaridad en el rostro pétreo de Rivarola. Se mantenía en aquella posición, sin pestañear ni mover ni un músculo, durante al menos un minuto. Si la chica se retorcía, se echaba a reír o movía los pies, la descartaba.
Me incliné hacia delante y estudié a Rivarola. Tenía como mínimo cuarenta y muchos años: aunque su cuerpo era flexible como el de un muchacho, era el rostro lo que revelaba su edad. Tenía hinchadas bolsas bajo los ojos, y su cuello, aunque se mantenía firme en la zona de la barbilla, tenía piel de gallina. Y, sin embargo, de alguna manera, aquellos defectos los contrarrestaba con el parpadeo de sus ojos y la curva de sus labios fruncidos. Cada vez que giraba la cabeza o doblaba las piernas rezumaba sensualidad por los cuatro costados. Comencé a sospechar que aquel fuerte abrazo al que sometía a las candidatas era para probar si la chica se inflamaría con la llama que ardía bajo su piel o si se fundiría con ella. Después de que Camille me dijera que yo era tan obviamente casta, tenía la certeza de que no sería la elegida. No obstante, sentía curiosidad por saber a quién seleccionaría.
Si la candidata pasaba la prueba del abrazo, Rivarola bailaba el paso de tango con ella, propulsando a la chica por el escenario y cambiando con frecuencia de dirección. Me percaté de que no desechaba a las bailarinas por confundirse con los pasos; no parecía estar buscando la perfección. Me intrigaba el modo en el que guiaba a sus diferentes parejas -cerniéndose sobre ellas, retrayéndose de ellas e incluso olfateando sus coronillas-, como si estuviera eligiendo flores en un mercado por su fragancia. Sin embargo, tras más de una hora de audición, ninguna de las chicas le complacía.
– ¡Esto es como bailar con troncos! -bufó Rivarola en español justo antes de que monsieur Volterra me ordenara subir al escenario.
No tenía ni la menor idea de qué acababa de decir, pero por su tono sabía que no era nada bueno. Sus insultos eran injustificados: tenía a su disposición a algunas de las mejores coristas de París, muchas de las cuales contaban con formación como bailarinas de ballet. Me puse en posición frente a él y me preparé para la prueba mientras me imaginaba el bollito de crema bañado en chocolate que pensaba devorar en cuanto saliera de la audición.
Rivarola contempló mis tobillos y se agachó para acariciarlos como un hombre que estuviera eligiendo un caballo de carreras. Parecía intrigado por la forma que tenían, aunque nadie me había hecho nunca ningún comentario sobre mis tobillos antes. Me rozó con las manos los puentes de los pies y deslizó los dedos por los empeines. Luché por contener la comezón que me irritaba la tráquea; estaba decidida a no reírme. Quería aguantar por lo menos hasta la segunda prueba antes de que Rivarola me descartara. Tenía curiosidad por descubrir cómo tomaba sus decisiones.
El tramoyista colocó la aguja en el gramófono y Rivarola me apretó contra su pecho. Tuve que contener un grito. Algo parecido a un rayo saltó de su pecho al mío. Me sacudí por la fuerza de la conmoción, pero no me moví del sitio. Rivarola me miró a los ojos. De alguna manera logré mantenerle la mirada. «Esto es lo que debe de sentirse cuando te seduce un gitano», pensé, aunque Rivarola no lo era, por supuesto. Era argentino de pura cepa.
Rivarola me movió hacia atrás, pero por la fuerza que brotaba desde sus piernas me dio la sensación de que me estaba arrastrando una columna de aire. Me cogió por sorpresa, pero no me resistí. Entonces, la fuerza de la gravedad pareció disiparse alrededor de mi cuerpo, mis piernas revoloteaban como si estuvieran flotando. Aquello no era lo que yo esperaba del tango, más bien me había imaginado que sería un baile cargado de dramatismo y desesperación. María siempre bailaba con los brazos alrededor del cuello de Rivarola, como la víctima de un naufragio aferrándose a un madero. Ahora me preguntaba si lo que había intentado era contener sus ganas de escaparse. Rivarola acometía cada paso como si estuviera probando el agua de un baño con la punta del pie. Y, sin embargo, todos sus movimientos eran fluidos. La música se separaba en capas y Rivarola bailaba cada una de ellas. A veces seguíamos la melodía del piano; otras, la nostálgica voz del cantante; otras, los violines. Nunca había prestado tanta atención a los detalles de la música mientras bailaba, solamente al ritmo y al compás en general. Hasta entonces, había considerado la música como el acompañamiento del baile, pero para Rivarola la música era lo esencial.