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– Saben lo que ha pasado, ¿verdad? -comentó Noir riéndose y mirando al público-. Dicen que fue porque tiene malos recuerdos de la guerra. ¡Ja! Será más bien por los malos recuerdos de Nueva York. Cuando estaba tratando de labrarse un nombre como gran estrella de Broadway, un niño y su madre se le acercaron y el niño le preguntó: «Mister Chevalier, ¿puede firmarme en mi cuaderno de autógrafos?». «Claro, chico», contestó Chevalier, lo suficientemente alto como para que todo el mundo en el radio de una milla supiera que alguien lo había reconocido. Pues bien, el muchacho sacó su minúsculo cuadernillo, de no más de cinco por cinco centímetros, que había comprado en un almacén de baratillo. «Vaya, muchacho -comentó Chevalier-, no hay mucho espacio aquí. ¿Qué quieres que ponga?». El chaval se lo pensó durante un rato y entonces se le encendió la mirada. «¿Sabe, mister Chevalier? ¡Quizá podría escribir todo su repertorio!»

El chiste hizo que el teatro se viniera abajo por las carcajadas del público. La relación de Noir con los espectadores me desconcertó. ¿Me estaba perdiendo algo? ¿Quizá trabajar con Rivarola había hecho que perdiera mi sentido del humor? Me pregunté qué pensaría monsieur Volterra de las pullas de Noir a Mistinguett y Chevalier; después de todo, eran dos de las estrellas más importantes que habían pasado por el Casino de París. Dudaba que después de aquella noche quisieran volver a actuar allí de nuevo. Pero Noir también tenía algo preparado para monsieur Volterra.

– ¿Cómo se puede saber si un empresario teatral está vivo o muerto? -preguntó al público-. ¡Abaníquenle con un billete de dos mil francos!

Después de aquello, la orquesta comenzó a tocar y Noir inició una canción. Todo el tono de la actuación cambió y entonces comprendí qué era lo que lo hacía tan atractivo. Noir tarareaba y medio cantaba, medio recitaba la canción con una voz que era la mejor que yo había oído en un cantante en París. Tenía más resonancia que el argot de Chevalier y era más ágil en sus saltos y acentuaciones que la de Fernandel. Si cerraba los ojos, podía olvidarme de que la canción la estaba interpretando aquel hombre tan repugnante. Aquella voz pertenecía a alguien apuesto. Pero incluso cuando abrí los ojos, el aspecto de Noir mejoró mientras cantaba. Tenía algo magnético. Traté de descubrir con exactitud qué era, porque me temía que podía ser aquella «cualidad para el estrellato» que yo andaba buscando tan desesperadamente. Quizá era la confianza que irradiaba por todos los poros de su generoso cuerpo. Era bueno y lo sabía.

Estaba tan embelesada por su canción sobre un dandi que está enamorado de la doncella de su amante que me olvidé del taburete astillado y de la crueldad de las bromas que antes había contado. La voz de Noir suavizaba sus asperezas de la misma manera que el mar despunta las piedras afiladas. Pero al instante siguiente dejé de disfrutar de un golpe. Noir cogió un bastón y recorrió dando saltitos el escenario mientras balanceaba el bastón al ritmo de una música que reconocí perfectamente.

;La! ¡La! ¡Bum! Aquí viene Jean

en su nuevo Voisin.

¡La! ¡La! ¡Bum! Y pregunta: «¿Qué haces?».

¿Qué le puedo decir?

¡La! ¡La! ¡Bum! Que estoy calentando mi maquinita…

Noir estaba parodiando la canción que yo había cantado en el espectáculo de la temporada anterior, pero su versión estaba llena de dobles sentidos. Sin embargo, peor que la parodia de la canción, era que se estaba burlando de mí, meneándose, dando saltitos y contoneando su trasero de la misma manera que yo había tenido que hacerlo por orden de madame Piége. Miré alternativamente a Noir y a los espectadores; se estaban riendo y sus bocas abiertas parecían cientos de negras cavernas. En su momento, aquel número ya me había resultado odioso, pero eso no disminuyó mi humillación. Noir había convertido aquella antigua actuación estúpida mía en un recuerdo realmente vergonzoso.

Hubiera sido suficientemente humillante si Noir hubiese dejado su parodia ahí. Pero para añadir sal a la herida, terminó el número con una pose de tango, le lanzó un beso al público y murmuró, con una voz sexy pero burlona, extendiendo las vocales para imitar un acento sureño:

– He recorrido un largo camino, ¿verdad, queridos? ¡Miradme hasta dónde he llegado ahora!

Cayó el telón y el público enloqueció. El horror me abrumaba y no podía moverme. Después de tres bises, Noir salió y el director de escena me echó del taburete para dejar paso a los tramoyistas, que tenían que cambiar el decorado. Miré fijamente al director, que no me prestó ni la más mínima atención. ¿Era tan insensible que no me había relacionado con la actuación de Noir antes de dejarme presenciarla? Corrí a mi camerino, tan ciega por la furia que los demás artistas que se apresuraban por los pasillos pasaban ante mí como imágenes borrosas. Pegué un portazo. Bouton y Rubis, los caniches, se sobresaltaron. Rubis aulló. Madame Ossard, su domadora, giró sobre sus talones.

Me lancé sobre mi tocador y comencé a pasarme un peine bruscamente por el cabello. No quería aparecer en el número final. Lo que deseaba era irme a casa.

– ¿Y a ti qué te pasa? -me preguntó madame Ossard, ajustando la puntilla de los aros a través de los que saltaban sus perros.

Evité su mirada y cambié el peine por una brocha de maquillaje, aplicándomelo furiosamente a la frente.

– Oh -exclamó-, ¿ya has visto la actuación de Noir?

Tiré la brocha y me encogí de hombros. Se me ocurrió que todos los demás artistas ya hacía tiempo que habrían visto la parodia. ¿Por qué nadie me había dicho nada?

Madame Ossard chasqueó la lengua.

– Es un malnacido por hacerle algo así a alguien que está empezando. Especialmente cuando es una compañera del Casino.

– ¿Cómo pueden dejarle hacerlo? -pregunté, con voz temblorosa-. No es justo.

Madame Ossard se sacó un pañuelo del escote y me lo entregó. El tejido olía al jabón de alquitrán que utilizaba para lavar a sus perros.

– Tómatelo como un cumplido -me aconsejó-. No ha logrado poner al público en contra de tu número, ¿a que no? En todo caso, es una buena publicidad para ti.

– Pero me hace parecer tonta -protesté.

Me di cuenta entonces de qué me había disgustado tanto. Al reírse de mí, Noir me había rebajado de nuevo a cantante cómica. En aquel momento, comprendí lo difícil que era «crecer» en el escenario. Siempre habría alguien que me recordaría las cosas que había tenido que hacer para avanzar.

Madame Ossard me agarró firmemente la barbilla entre los dedos y me levantó la cara para que la mirara a los ojos.

– Simone, creo que hay personas en el Casino que se sienten celosas de la atención que estás recibiendo. Que te satirice uno de los artistas más famosos de París no tiene por qué ser algo necesariamente malo.

Una noche, unas semanas antes de Navidades, regresó la esposa de Rivarola. Me la crucé mientras iba de camino a ver a la encargada de vestuario para que me arreglara un descosido en el dobladillo de la falda. Estaba de pie, cerca de la puerta de artistas, con las manos apretadas ante ella, mirando fijamente hacia el infinito. A pesar de la calefacción, una corriente de aire frío recorrió el ambiente y sentí un picor en el cuero cabelludo. Era como ver un fantasma de teatro al acecho. En secreto, había estado temiéndome que esto sucediera, pero lo último que había oído era que María estaba en Lisboa con un playboy alemán. Por el modo en el que se curvó su sonrisa carmesí y entrecerró los ojos cuando vio el vestido en mis manos, supe que estaba maldiciendo mi suerte y la de Rivarola.