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De camino a la sala que ocupaba la encargada de vestuario, me crucé con unos tramoyistas que estaban tratando de arreglar un decorado cuyas bisagras se habían aflojado. Era el del lanzador de cuchillos, que estaba programado justo después de Jacques Noir, por lo que no tenían mucho tiempo. Aunque me estaban bloqueando el paso, comprendí por sus congestionados rostros y las maldiciones exasperadas que profería el carpintero que era mejor no molestarles. Decidí dar un rodeo por los bastidores. Las coristas acababan de salir a escena para su número del tablero de ajedrez y si procuraba contar el número de bastidores que recorría, pensé que sería capaz de evitar aparecer ante el público tal y como iba vestida, en bata.

Estaba prohibido quedarse entre bambalinas durante una actuación sin la autorización del director de escena, así que traté de andar lo más sigilosamente que pude por detrás de cada bastidor. Iba avanzando correctamente hacia la puerta de salida cuando me deslicé por el que pensé que era el último bastidor y me encontré cara a cara con Jacques Noir. Me quedé congelada. Noir ya no hacía la entrada al escenario desde dentro de una torre de ajedrez porque afirmaba que le producía sensación de claustrofobia, pero yo hubiera jurado que entraba desde la derecha, donde normalmente se sentaba su esposa, y en ese momento nos encontrábamos en el lado izquierdo del escenario. Miré con ojos entrecerrados la oscuridad y me di cuenta de que Noir no me había visto. Estaba doblado sobre un cubo, con arcadas. Solo entonces fue cuando percibí el hedor acre a vómito.

– ¡Oh, Dios! -gimió mientras le temblaban los hombros como si tuviera fiebre.

Miré hacia el bastidor opuesto. Madame Noir no se encontraba allí, pero sus agujas de tejer y la madeja de lana estaban colgadas de la silla vacía. «Quizá viene de camino», pensé, casi rezando por que fuera así, pues estaba claro que algo muy malo le pasaba a Noir. Recordando el pasado, pensé en Zephora en Le Chat Espiègle. Al menos eso lo tenía claro: Noir no estaba de parto.

Dejó escapar otro gemido y se agarró el pecho. Por mucho que detestara a aquel hombre, sabía que tenía que hacer algo rápidamente. Alguien me había dicho una vez que vomitar podía ser síntoma de ataque cardiaco. O quizá le estaba dando un infarto cerebral, como a tío Gerome.

– Monsieur Noir -susurré, avanzando un paso y poniéndole la mano en el hombro-. ¿Puedo ayudarle? ¿Necesita que vaya a buscar a su esposa?

Noir se incorporó bruscamente y se revolvió torpemente en los bolsillos en busca de su pañuelo para secarse el sudor de la cara y limpiarse las comisuras de la boca. Cuando me reconoció, le recorrió un estremecimiento por todo el cuerpo.

– ¡Estúpida entrometida! -gruñó.

Cargó contra mí y me golpeó tan fuerte que me caí al suelo.

Levanté la mirada hacia él, con lágrimas de dolor escociéndome en los ojos. «Ha perdido la cabeza», pensé. Noir se ruborizó y yo estaba segura de que iba a volver a atacarme, cuando de repente la orquesta comenzó a tocar la música que abría su actuación. Entonces, me pregunté si no sería yo la que me había vuelto loca, porque Noir se transformó en un instante. Tiró el pañuelo, se estiró el traje, se puso el sombrero de copa y entró brincando en el escenario exactamente del mismo modo que lo había hecho la vez que yo lo vi actuar.

– ¡Señoras, señoras! ¡Por favor! ¿Qué van a pensar sus acompañantes masculinos?

Contemplé el escenario, incapaz de creer lo que veían mis ojos. Miré hacia el bastidor opuesto. La esposa de Noir estaba de vuelta en su asiento, tejiendo.

Me levanté del suelo y me tambaleé hasta la sala de la encargada de vestuario. Por suerte, la habían llamado para otra emergencia y Agnès, su ayudante principal, había empezado a arreglar mi tocado sin mí.

– ¡Muy bien! -exclamó, poniéndose de puntillas para colocarme el tocado y encajármelo detrás de las orejas y en la nuca-. Ahora se ajusta perfectamente. ¡Deprisa! ¡Tenemos que ir a su camerino para prepararla. -Echó un vistazo a mi cara-. Se le ha corrido el rímel.

Me toqué la mejilla y me examiné el dedo. Tenía la yema totalmente negra. Me pregunté qué aspecto tendría. No podía creerme lo que había sucedido con Noir. De no ser por el latido que notaba en el pecho donde me había golpeado, habría creído que todo había sido un sueño.

– ¡Rápido! -exclamó Agnès, empujándome por la puerta-. Solo quedan siete minutos para que vuelva a salir al escenario.

El aviso de Agnès me puso en acción. No podía explicar lo que había ocurrido con Noir, pero no había tiempo de pensar en ello en ese momento. Tenía un público al que entretener.

Sin embargo, lo sucedido se aclaró al día siguiente, cuando llegué al ensayo y me encontré con monsieur Etienne esperando en la puerta de artistas.

– Quieren despedirla -me anunció-. La acusan a usted de haber intentado sabotear la actuación de Jacques Noir.

Dejé caer el bolso. Repiqueteó escalones abajo y se salieron de su interior la polvera y la barra de labios. Lo que monsieur Etienne me acababa de decir me dejó tan aturdida que no logré contestarle nada.

– Tiene usted un contrato y voy a discutirles su decisión basándome en él -me explicó monsieur Etienne-. Pero será mejor que me cuente lo que ha pasado antes de que vaya a enfrentarme a monsieur Volterra.

Monsieur Etienne solía vestir impecablemente, pero aquella mañana el nudo de su corbata estaba torcido y llevaba el pelo revuelto. Me di cuenta de que nunca lo había visto tan agitado. Se me subió la sangre a la cabeza. ¿Despedirme? ¿Perder mi querida actuación en el Casino de París después de menos de tres meses?

– ¡Es mentira, monsieur Etienne!

Me desplomé sobre las escaleras y traté de recoger la barra de labios, pero me temblaba tanto la mano que acabé por empujarla aún más abajo.

– ¡Oh, de eso no hay ninguna duda! -exclamó monsieur Etienne.

El tono de su voz me calmó un poco. Si monsieur Etienne no dudaba de mi inocencia, quizá una vez que tuviera la oportunidad de explicar lo que había sucedido, monsieur Volterra tampoco lo dudaría. Le conté a monsieur Etienne por qué estaba entre bastidores y qué había pasado con Noir.

Monsieur Etienne apretó los puños.

– Sabía que era algo por el estilo -murmuró entre dientes-. Esta no es la primera vez que Noir ha puesto en marcha una calumnia publicitaria de estas características. Se desembaraza de cualquier artista con talento que percibe como una amenaza.

– ¡Pero si yo ni siquiera hago la misma actuación que él! -protesté.

– Sí, pero ha recibido usted mejores críticas que él del mismo periodista -replicó monsieur Etienne.

Se metió la mano en el bolsillo y me entregó su pañuelo. Yo no estaba llorando, pero el miedo a ser despedida me escocía en los ojos. Si Jacques Noir mancillaba mi reputación en el Casino de París, tendría dificultades para conseguir trabajo en cualquier otro sitio.

– ¿Estaba simulando que se encontraba mal? -pregunté-. ¿Era todo una trampa?

Monsieur Etienne negó con la cabeza.

– Esa parte era real. Es por los nervios. Solo lo saben unas pocas personas y Volterra hace oídos sordos porque se imagina que sencillamente es parte de la rutina de Noir. Es muy desafortunado que se tropezara usted con él precisamente entonces. Está tratando de utilizar todas sus municiones contra usted antes de que sea usted la que las use contra él. Si acude a los columnistas de la prensa sensacionalista y les cuenta el cotilleo, él rebatirá que lo está usted haciendo en venganza porque la han despedido.