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Monsieur Etienne decidió que era mejor que él mismo le explicara la situación a monsieur Volterra, en caso de que la discusión subiera de tono. Tenía los nervios de punta y estaba gastando todas mis energías en hablar con un mínimo de coherencia. Regresé a mi hotel en taxi y tan pronto como abrí la puerta de mi habitación me desplomé en una silla. Kira, mi gatita, estaba durmiendo sobre el alféizar de la ventana. Levantó la cabeza y parpadeó. Debió de notar que algo andaba mal, porque se estiró sobre sus cuartos traseros y saltó del alféizar a mi regazo, sacrificando su cómoda y soleada posición por venir a consolarme. Miré las manecillas del reloj sobre la cómoda. Ya eran las tres. ¿Cuánto tiempo le haría falta a monsieur Etienne? Cerré los ojos por el temor de pensar que podrían prohibirme actuar esa noche -y todas las demás- en el Casino de París. Aquello se había convertido en mi vida.

– Murrr -ronroneó Kira, frotando su cabecita contra el dorso de mi mano.

Le masajeé el lomo y hundí los dedos en su pelaje color lavanda. Había adquirido a mi amiguita comprándosela una anciana que me encontré una mañana cuando paseaba por el Pare de Monceau.

– Un acompañante es lo que usted necesita -afirmó una voz.

Me volví para ver a una anciana sonriéndome y señalando una cesta cubierta con una manta que había colocado en el banco junto a ella. Incapaz de resistir la curiosidad, me aproximé a la mujer y ella levantó una esquina de la manta. Cuatro gatitos me miraron desde el interior. Metí el dedo a través del mimbre para jugar con ellos.

– Un gato es la mejor cura contra la soledad -me dijo la mujer.

Me contempló con sus ojos de azul desvaído como si estuviera tratando de ver mi interior y descubrir qué tipo de persona era. Me pregunté si mi soledad sería tan obvia o si simplemente era la manera que tenía de atraer a la gente. Llevaba puesto un abrigo color oliva con un ribete negro y el cabello grisáceo cubierto por un sombrero de terciopelo. Supuse que tenía aproximadamente setenta años, pero le temblaban las manos con la fragilidad de una persona mucho mayor. En conjunto, no parecía el tipo de mujer que estuviera buscando grandes beneficios y, si lo era, no había elegido un buen lugar. Las únicas personas a las que iba a encontrar en el Pare de Monceau en aquel momento del día eran ricos, que no se dejaban enternecer por tristes historias, o las niñeras de los hijos de los ricos, que tenían orden de no hablar con nadie. Y, sin embargo, también me había encontrado a mí, y yo no entraba en ninguna de esas dos categorías.

– Entonces me llevaré todos -le dije, echándome a reír.

– Solo uno por persona -me respondió la mujer-. Cada uno de ellos requiere atención especial. Y, además, tengo que ver dónde vive usted antes de tomar una decisión.

Mostrarle dónde vivía a una extraña no parecía una idea demasiado sensata, aunque la mujer tenía un aspecto bastante inofensivo.

– ¿Qué tipo de gatos son? -le pregunté.

– Azules rusos. Su padre es uno de los descendientes de Vasbka, el favorito del zar Nicolás I.

Dijo aquello con tanta naturalidad que yo no hubiera podido asegurar si me estaba mintiendo o no.

Jugué con aquellas agitadas bolas de pelo. Me recordaron lo mucho que echaba de menos la compañía de mis mascotas de la finca. Ahora que tenía una habitación cálida, podía permitirme alimentar otra boca. Quizá un gatito sería un buen bálsamo contra mi soledad. Todos tenían un aspecto saludable, pero uno de ellos en particular no apartaba los ojos de mí.

La mujer dejó escapar una carcajada que terminó en un acceso de tos. Se metió la mano en el abrigo en busca de un pañuelo. Cuando lo sacudió, flotó por el ambiente un aroma a lirio de los valles. Se apretó la tela contra la boca, se aclaró la garganta y, cuando se recompuso, me dijo:

– Esta es Kira y la ha elegido a usted. Es muy perceptiva. Sabe que será buena con ella.

Me quedé encandilada por la dulce expresión de Kira.

– Me la quedo -anuncié.

– Cuesta quinientos francos -respondió la mujer.

Abrí los ojos como platos de asombro. Era el doble de mi tarifa por una actuación. ¿De verdad que la gente pagaba tanto por un gato? Quizá, al verme en el Pare de Monceau y bien vestida, la mujer había pensado que yo era más rica de lo que en realidad era. Y, sin embargo, razoné, ahora me hacía ilusión comprarme la gatita y había pagado mucho más por las sillas de piel de leopardo. Al fin y al cabo, Kira era un ser vivo.

Asentí.

– ¿Quiere usted ver dónde vivo ahora mismo?

La mujer me dio unas palmaditas en la mano.

– No, iré mañana a esta misma hora. Tome -me dijo, abriendo un cuaderno y entregándomelo-, escriba aquí su dirección.

Hice lo que me pedía.

– Soy madame Ducroix, por cierto -añadió, tendiéndome la mano.

– Yo me llamo Simone Fleurier -respondí, alargando la mano para corresponder al saludo.

– Oh, ya sé quién es usted -replicó la mujer y me guiñó un ojo.

Madame Ducroix llegó a la mañana siguiente con Kira sentada en una cesta de mimbre con un lazo rojo alrededor del cuello.

– Muy bonita -comentó la anciana mientras admiraba mi habitación.

Justo después de salir del parque el día anterior, me había ido de compras y había adquirido unas alfombras, un juego de té decorado con flores y una bandeja de cristal sobre la que acababa de colocar una tarta de higos de la patisserie cercana al parque, que supuestamente era la mejor de París. No tenía ni idea de por qué me estaba tomando tantas molestias por impresionar a madame Ducroix. Después de todo, le iba a pagar quinientos francos por su gatita. Y, sin embargo, cuando pensaba en los inteligentes ojillos de Kira mirando desde su afelpada cabecilla, acababa por convencerme de que estaba adquiriendo una responsabilidad mayor que cuidar a un gato y que, de algún modo, tenía que ganármela.

– La suite es cálida y soleada. Y las puertas se cierran firmemente, así Kira no podrá salir al balcón -le expliqué a madame Ducroix, desconcertada por el tono de desesperación que percibía en mi propia voz.

Estaba comportándome como una novia tratando de ganarse la aprobación de su futura suegra.

– Estoy segura de que la cuidará usted bien -afirmó madame Ducroix, sentándose en una silla que le ofrecí-. Percibo esas cosas, y Kira, también. Los gatos tienen poderes psíquicos, ya sabe.

Madame Ducroix adquirió una expresión abatida y yo deseé preguntarle a qué se refería. Pero entonces volvió a alegrarse y comenzó a servir el té y el pastel, aunque fuera ella la invitada. A pesar de mis dudas del día anterior, acabé por decidir que las intenciones de madame Ducroix eran honradas. Me preguntó sobre la vida en los escenarios, pero solo me proporcionó sucintas respuestas a las preguntas que yo le hice. Lo máximo que pude deducir de ella fue que era viuda, que vivía cerca del parque y que uno de sus abuelos era ruso. Después de aproximadamente una hora, se levantó, acarició a Kira y se agachó para besarle la cabeza.

– Ya zhelayu schast'ya tebe, moy malen'kiy kotyonok -le susurró a Kira al oído.

Estuve a punto de bromear y decirle que esperaba que la gatita hablara francés aparte de ruso, pero me contuve cuando vi lágrimas en sus ojos.

– Esto es para usted -le dije, dándole los quinientos francos que habíamos acordado.