Выбрать главу

La vida era bella sobre el escenario e impredecible fuera de él. Hacer exactamente lo mismo todos los días porque fuera lo que uno había hecho durante toda su existencia no cuadraba precisamente en mi ideal de vida.

– Todavía tengo más de una década por delante -me dijo André, volviendo a su tono jovial-. Solo tengo diecinueve años. Me gusta mucho más la gente que las máquinas. Voy a demostrarle a mi padre que lo que él considera aficiones son cosas de las que puedo obtener beneficio económico. No voy a derrochar la fortuna de mi familia, pero estoy decidido a vivir de manera diferente a la suya.

– Tengo la sensación de que tendrá usted éxito -le confesé.

Mis palabras eran sinceras, pero traté de ocultar mi sorpresa al saber su edad. ¿Así que tenía diecinueve años? Solo era un par de años mayor que yo, pero parecía tener mucho más mundo. Quizá así es como eran los ricos, por la falta de inseguridad en sus vidas.

Algo a mis espaldas llamó la atención de André.

– He aquí algo que debe usted ver -me anunció.

Me volví para contemplar a una mujer negra de pie a la entrada del salón principal. Tenía unos ojos expresivos y una brillante melena con un peinado tipo casco. Supe inmediatamente de quién se trataba, había visto carteles con su rostro por todas partes. Era Joséphine Baker. Permaneció inmóvil hasta que, una tras otra, todas las mesas se quedaron en silencio y las miradas de todos se volvieron hacia ella. Entonces, tiró al suelo el abrigo de chinchilla que llevaba puesto -obligando a la chica del guardarropa a acercarse gateando a recogerlo- para mostrar un vestido escarlata con un escote que le llegaba hasta la cintura.

Mientras el maître conducía a su mesa a mademoiselle Baker y a los advenedizos que la acompañaban, la estrella batió las pestañas y contoneó las caderas para regocijo de los comensales de cada una de las mesas junto a las que pasaba.

– Bonsoir, mes chéries -saludó, moviendo los brazos y lanzando besos por doquier-. ¡Qué aspecto tan magnífico tienen todos ustedes esta noche!

Aunque no estaba bien visto interrumpir a la gente mientras cenaba, nadie se sintió ofendido por su comportamiento. Los rostros se iluminaban con generosas sonrisas a medida que la diva pasaba a su lado. Toda la atmósfera del salón se transformó por completo. En lugar de los apagados susurros del principio de la noche, las conversaciones se animaron y las risas resonaron desde las cuatro esquinas de la estancia.

– ¿Ha visto usted eso? -murmuró André, con un brillo divertido encendiéndole la mirada-. No tiene ni la mitad de talento que usted, pero sabe cómo representar el papel de estrella.

– ¿La cualidad de comportarse como una estrella es algo que la gente tiene porque sí? ¿Nacen con ello? -le pregunté.

André negó con la cabeza.

– No sugeriría usted tal cosa si la hubiera visto antes. Ha aprendido lo que sabe observando a otros hacerlo y le ha añadido su propio toque personal.

– Y yo no lo he aprendido -repliqué-. Eso es lo que usted está intentando decirme.

André se inclinó hacia delante.

– Lo que estoy tratando de decirle es que si lo cultiva, logrará ser usted maravillosa. Debería tomarse como un cumplido lo que Jacques Noir le ha hecho. Si pensara que era una don nadie, ni siquiera se habría molestado en desembarazarse de usted. Le ha hecho sentirse amenazado.

Bajé la mirada hacia el plato.

– ¿Y cómo lograré cultivarlo?

André alargó el brazo por encima de la mesa y me quitó con el pulgar una mota de caviar que se me había quedado en la barbilla.

– Yo podría ayudarla -me dijo.

Agarré con fuerza la servilleta que tenía sobre el regazo y la enrollé hasta formar una bola. Me ardía la piel donde él me había rozado. Había pensado en André lo suficiente como para saber que me gustaba. Él era el sueño de cualquier artista: guapo, joven, rico y dispuesto a ayudarme en mi carrera. Y sin embargo yo sentía claramente los pies sobre la tierra, como si estuvieran tirando bruscamente de mí unos frenos imaginarios. No quería ser una más de una sucesión de chicas colgadas de su brazo. Me imaginé a Camille, cogiéndome de los hombros y zarandeándome: «¿Y qué es lo que esperas, Simone? ¿Amor?».

– Rivarola y yo no éramos amantes -le confesé.

Me quedé sorprendida por el tono de mi propia voz. La frialdad con la que pronuncié aquellas palabras dejó claro su significado. Levanté la mirada para encontrarme con la de André. Si se sentía decepcionado, se recuperó rápidamente.

– Me corre la sangre empresarial por las venas -dijo, apartando su plato a un lado-. Y algo que un empresario no soporta ver es un buen potencial desperdiciado. Y cuando la miro a usted, eso es lo que veo: un estrellato de millones de francos que se está desperdiciando. Un posible icono de la cultura francesa flotando a la orilla del río como un pez moribundo.

Me asusté al pensar en ese pez que luchaba por respirar. Me eché a reír y el ambiente entre ambos se relajó.

– Escuche, usted será mi proyecto de aprendizaje en el mundo empresarial y no espero nada más que eso -me dijo André-. Este es el plan: la sacaré de París y juntos trabajaremos para crear su nuevo estilo. Entonces, cuando consiga un enfoque extraordinario que pueda ofrecer, regresaremos.

Su tono firme me convenció y me decepcionó al mismo tiempo. ¿Realmente lo único que yo deseaba era una relación puramente profesional? Probablemente, debería haberle hecho más preguntas -después de todo, era de mi vida de lo que estábamos hablando-, pero me intrigaba André Blanchard y me halagaba su interés por mi carrera.

Cuando mencionó que mademoiselle Canier también nos acompañaría, me resigné al hecho de que quizá realmente solo estaba buscando algo intrépido a lo que poder aplicar sus cualidades empresariales.

– ¿Dónde propone que vayamos? -inquirí.

– A Berlín -me respondió, como si fuera la única respuesta posible a aquella pregunta.

Le miré fijamente. ¿Berlín? Cuando pensaba en Alemania, no podía dejar de recordar las discordantes canciones de Anke y el hecho de que fuera el país cuyo ejército casi había volado por los aires a mi padre.

– Iremos a los cabarés y asistiremos a los espectáculos musicales. Trabajará usted duro y aprenderá -me explicó André.

El brillo de sus ojos me incitaba a embarcarme en aquella aventura. ¿Iba a ser aquel el vínculo entre nosotros? ¿El de dos personas que amaban los desafíos?

– Pero no hablo alemán -le dije.

– ¿Ni siquiera «Guten Abend meine Damen und Herren»? -preguntó André.

– No.

– ¿Tampoco « Wir haben heute sehr sebones Wetter»?

– No.

– ¿Ni «Sie sind sehr bübscb und ich würde Sie gerne küssen»}

Negué con la cabeza.

El rostro de André mostró repentinamente una amplia sonrisa.

– ¿Hay algo más que le preocupe sobre marcharse a Berlín, mademoiselle Fleurier?

– No… Es decir, sí -le respondí, tomándome un trago de champán-. ¿Puede venir mi gata conmigo?

Le expliqué a monsieur Etienne que me iba a Berlín durante un tiempo a desarrollar mis capacidades y escribí a mi familia para comunicarles la misma noticia. Entonces, una semana después, André y yo abandonamos París. Llegamos a la Potsdammer Station justo después de anochecer. Mientras André le pedía un billete para un taxi al policía a la entrada de la estación, metí a Kira en su cesta de mimbre. Miró parpadeando a la gente que se apresuraba de aquí para allá y al mozo que empujaba el carrito con nuestro equipaje. Ni siquiera le perturbó que un hombre pasara junto a nosotros tras un perro alsaciano que tiraba de él manteniendo la correa en tensión: sencillamente bostezó, se hizo un ovillo y se quedó dormida.