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André le mostró el billete al taxista y el mozo colocó nuestro equipaje en el maletero. Miré por la ventana del taxi, absorta en mis pensamientos. A lo largo del bulevar, guirnaldas de bombillas eléctricas adornaban las entradas de los teatros, los restaurantes y los cabarés con nombres como Kabarett der Komiker y Die Weisse Maus. Las terrazas de los cafés estaban atestadas de hombres y mujeres que bebían jarras de cerveza. «Así que esto es Berlín», pensé. Aparte de los carteles escritos en alemán con letras góticas, la ciudad no parecía tan diferente de París. Y, sin embargo, de algún modo, sí que lo era. Me di cuenta de que me haría falta observarla con más detenimiento para ser capaz de discernir cuáles eran exactamente las diferencias.

El taxi se detuvo en el exterior de un edificio con columnas de piedra a cada lado de la entrada y una placa de bronce que rezaba: «Hotel Adlon».

André le pagó al taxista.

– Aquí es donde nos alojaremos -anunció, introduciéndose el monedero en el bolsillo de la chaqueta.

Teníamos dos días solos hasta que mademoiselle Canier se reuniera con nosotros. Habíamos tomado el desayuno con ella antes de dejar París y lo máximo que había conseguido sacarle habían sido monosílabos: «Oui» o «Non». Para ser una mujer que lo tenía todo -incluido a André-, parecía muy descontenta con la vida. Miró a su alrededor en aquel restaurante tan elegante con la intención de encontrar algo que le disgustara, independientemente de que fuera la consistencia de la mantequilla o los botones de la camisa del camarero. De vez en cuando yo miraba de soslayo a André, preguntándome si realmente se sentía atraído por ella. Para mi disgusto, André contemplaba a mademoiselle Canier como si no se creyera lo que estaba viendo y constantemente le acariciaba la mano o el brazo. Ella era hermosa, pero ¿cómo un hombre con su vitalidad e inteligencia podía pasar el tiempo con aquella criatura amargada? Por su parte, mademoiselle Canier aceptaba sus atenciones con una sonrisa lánguida. No obstante, el verdadero insulto residía en su actitud despreocupada hacia mí: aunque iba a estar a solas en Berlín con su pareja, mademoiselle Canier ni siquiera me consideraba una amenaza.

Un botones con el pelo tan corto que podría haber sido perfectamente un joven oficial del ejército recogió nuestras maletas del taxi.

Me pareció extraño que nos alojáramos en el Adlon cuando André me había contado que su padre era el dueño del Ambassadeur y tenía acciones en el Central.

– ¿Por qué nos quedamos aquí si no es uno de los hoteles de su padre? -le susurré mientras mis tacones se hundían en la lujosa alfombra de la zona de recepción.

– Para comparar -me respondió-. El Adlon se considera el mejor hotel de Berlín. Pero creo que con unos cuantos cambios el Ambassadeur podría superarlo.

Mientras André se ocupaba de nuestras habitaciones, contemplé el vestíbulo de mármol y las doradas lámparas de araña. Me volví para observar una estatua de bronce y crucé la mirada con un hombre que estaba de pie junto al ascensor. Se pasó los dedos por los mechones de pelo canoso que le surgían de las sienes y se alisó el bigote. Su expresión era seria, pero también parecía divertido.

Cuando André acabó con el registro, el botones nos condujo a los ascensores, donde estaba esperando el hombre. Miró con ojos entrecerrados a André.

– Buenas noches, monsieur Blanchard -saludó, en francés-. Siempre es un placer que un hombre de una categoría tan distinguida como la suya se aloje en nuestro hotel.

– Buenas noches tenga usted, herr Adlon -respondió André, con una sonrisa irónica en los labios-. ¿Puedo presentarle a mademoiselle Fleurier?

– Enchanté -me saludó herr Adlon, inclinándose para besarme la mano-. Confío en que disfrutará de Berlín y de su estancia en el hotel Adlon.

Una vez dentro del ascensor, André miró hacia el techo, tratando de no estallar en carcajadas. Tan pronto como las puertas se abrieron y el botones echó a andar delante de nosotros para mostrarnos dónde estaban nuestras habitaciones, André me susurró:

– Hubo una época en la que herr Adlon habría echado a patadas de su hotel al hijo de uno de sus competidores. Pero con la guerra y tal y como está la economía alemana, tiene que aceptar a todo aquel que pueda pagar.

– Quizá se lo toma como un cumplido -repliqué-. La mayoría de los artistas lo ven así cuando otra estrella se molesta en acudir a su actuación.

Yo pensaba que el glamour del escenario no tenía equivalente en la vida real, pero cambié de opinión tan pronto como el botones abrió la puerta de mi habitación, encendió las luces y nos hizo un gesto a André y a mí para que entráramos. Recorrí con la mirada la línea de pilastras francesas que llegaban hasta el altísimo techo y también la chimenea de mármol, con los dos candelabros de ónice a ambos lados. Había un cuenco con ciruelas y un jarrón de rosas de tallo largo sobre una mesilla auxiliar. El aire en la habitación era una mezcla de aromas embriagadores combinados con el olor a ropa de cama limpia. Si mademoiselle Chanel hubiera podido embotellar aquella combinación, habría descubierto un perfume mucho más rentable que el Chanel N° 5. El botones abrió unas puertas dobles para revelar una cama tan suntuosa con sábanas y colchas de Rudolf Herzog que sentí deseos de meterme en ella lo más pronto posible. Coloqué la cesta de Kira junto al sofá.

André se aproximó a la ventana y miró a través de las cortinas.

– Desde aquí puede ver Unter den Linden y la Puerta de Brandeburgo.

– Unter den Linden es el bulevar más famoso de Berlín -explicó el botones en un francés muy preciso-. Se llama así por los tilos de su alameda.

Colocó mis maletas cerca de un armario. Kira estiró una de sus patas a través de las barras de su cesta y me tocó el zapato. Abrí el pestillo, salió de un salto y correteó por la moqueta. Olfateó la alfombra turca y los rodapiés dorados, inhaló el aroma de las patas de la mesa y movió nerviosamente los bigotes por el sofá. De repente tensó el rabo y aguzó el oído. Durante un momento aterrador pensé que iba a arañar el sofá, pero pasó como un rayo a mi lado y a través de las piernas de André en un arrebato de energía gatuna. Dio tres vueltas a toda velocidad a la habitación antes de saltar sobre el sofá y acomodarse sobre él. Moví un dedo hacia ella y me miró como diciendo: «Esto está mucho mejor. Es lo que había estado deseando desde hace tiempo».

Después de que el botones me mostrara cómo funcionaban los grifos del baño y dónde estaban los interruptores de la luz, me deseó una agradable estancia y se encaminó hacia la puerta. André le siguió.

– Dejaré que se instale -me dijo volviéndose-. Cenaremos en el restaurante del hotel para poder acostarnos pronto. Así podremos empezar con Berlín mañana temprano.

El comedor del Adlon era como un palacio veneciano decorado con un mural en el techo y candelabros de bronce en las paredes. André pasó la palma de las manos por los brazos de su silla.

– ¿Sabía que son de caoba del jarrah de Australia?

¿Australia? No tenía claro dónde estaba. ¿Quizá en algún lugar cerca de Sudamérica?

André recorrió la estancia con la mirada, asimilando los detalles.

– ¿Se ha dado cuenta de que no hay timbres en ninguna parte? Suelen encender luces para llamar a las camareras y así no se molesta a los demás comensales.

Nunca había estado en un hotel en el que se emplearan timbres y menos luces. Cuando madame Lombard quería llamarme, se colocaba junto al ascensor y gritaba, sin importarle si molestaba a los otros huéspedes.

Le eché un vistazo al menú. Tenía curiosidad por probar la comida alemana, pero los platos eran franceses e ingleses: capones trufados, pescado en salsa de caviar, rosbif, perdices… Miré los ojos negros de André, que brillaban aún más bajo la suave luz. «No -me dije a mí misma-, si quieres ser una verdadera estrella, tienes que comportarte de manera profesional. Tienes que centrarte». Pero ¿por qué me sucedía que cuando estaba con André mi cabeza siempre me decía una cosa y mi corazón otra totalmente diferente?