– Laden, Laden, Laden -repetí el término alemán para «tienda», tratando de memorizarlo.
Que mi educación hubiera sido esporádica era ya mucho decir, pero me encantaba aprender idiomas. Mi inglés había progresado, casi por osmosis más que por haber hecho un esfuerzo consciente, gracias a Eugene y la clientela del Café des Singes. De Rivarola había aprendido bastante más que unas meras nociones de español, aunque la mayor parte era para expresar disgusto. Sin embargo, el alemán era tan diferente al francés -tan preciso, tan definido, con esas palabras tan imposiblemente largas- que me propuse aprender todo lo que pudiera mientras estuviera en Berlín.
Continué caminando por el bulevar hasta la Pariser Platz y la Puerta de Brandeburgo, parándome para admirar las enormes columnas de la puerta, que según había leído se habían construido para evocar la Acrópolis de Atenas. Levanté la mirada hacia la estatua de bronce de la diosa de la paz dirigiendo un carro tirado por cuatro caballos. Había poca gente paseando por la Platz: una mujer que empujaba una carretilla; un joven sentado en un banco que estaba dibujando la puerta en un cuaderno; y una pareja de soldados de uniforme. Procuré no mirarles fijamente cuando pasé a su lado, pues ambos iban en silla de ruedas, con las perneras de los pantalones abotonadas a la altura de los muslos. Uno de ellos también había perdido un brazo y utilizaba una pinza metálica para manejar la silla.
Crucé la Platz y me encontré frente a la embajada francesa, cuya bandera roja, blanca y azul ondeaba por la brisa. Recordé las terribles heridas de mi padre y la lápida de piedra de nuestra aldea que conmemoraba a los caídos en la guerra. «¿De qué sirvió todo aquello? -me pregunté-. ¿Qué había conseguido aquella Gran Guerra?».
Le quité importancia a la repentina melancolía que me había invadido y continué mi paseo hacia el lado opuesto de Unter den Linden. Había más tiendas que vendían objetos de lujo alemanes y algunos comercios de alimentación cuyos tenderos estaban levantando las persianas. Doblé una esquina y me encontré frente a una juguetería cuyo escaparate era un festín para la vista: ositos de peluche, casas de pan de jengibre, edificios de juguete pintados a mano, muñecas ataviadas con el traje típico bávaro que abrían y cerraban los ojos… Había una cesta llena de pelotas de colores brillantes junto a la puerta. Consulté el horario de apertura y decidí volver más tarde y comprarle unas a Kira. Madame Ducroix me había dicho que los azules rusos se entretenían muy bien solos, pero pensé que ahora que Kira era una viajera internacional de primera clase alojada en el Adlon, había llegado el momento de que jugara con algo más sofisticado que periódicos viejos y madejas de lana.
Algo me agarró del brazo. Miré hacia abajo y pegué un salto del susto. Un rostro me miraba fijamente, pero aún tardé un momento en percatarme de que la criatura que me estaba tocando era una niña. Tenía unos ojos protuberantes que sobresalían como los de una rana bajo una frente hinchada. El resto de su cuerpecillo parecía un montón de pellejo y huesos. Unas débiles piernecillas asomaban por debajo del harapo que llevaba de vestido. Deslizó su mano dentro de la mía.
Miré arriba y abajo hacia la calle para ver de dónde había surgido. No tardé en averiguarlo: había una mujer tumbada en el umbral de una puerta al otro lado de la calle, entre dos tiendas cerradas con tablones. La mujer sostenía contra su pecho a otro niño, miserablemente envuelto en andrajos. Había contemplado la pobreza anteriormente, pero la suya era la más terrible que había visto en toda mi vida. No solo eran pobres, sino que se estaban muriendo de hambre. No llevaba encima demasiados marcos porque no pensé que fuera a haber nada abierto, pero estaba decidida a darles todo lo que tuviera.
Abrí el bolso y rebusqué mi monedero, pero en el instante en que lo encontré más miradas recayeron sobre mí.
Dos jóvenes surgieron del portal donde la mujer estaba tendida. Uno de ellos le pasó por encima como si no fuera más que un saco de harina y se quedó mirándome con las manos en las caderas. Una sonrisa maliciosa se le dibujó en mitad del rostro como una cicatriz sobre la piel. «Si le doy dinero a la mujer -pensé- simplemente se lo quitará». Había visto a demasiados chulos como esos en Montmartre como para saber cómo funcionaban aquellos tipos.
– Volveré -le dije a la niña-. Volveré con comida. Espérame.
Sacudió la cabeza y se agarró a mi falda, rogándome con la mirada que me quedara.
– Volveré -insistí, soltándome de sus deditos con delicadeza. Por la expresión desesperada que se pintó en su cara, supe que no lo había comprendido.
Ignorando a los dos jóvenes, corrí calle abajo y entré de nuevo en Unter den Linden. Traté de recordar cómo de lejos estaba la panadería con la que me había cruzado cuando había paseado antes por allí. «Bäckerei, Bäckerei», me repetía a mí misma, mirando con ojos entrecerrados los escaparates, aunque en mi fuero interno sabía que ni todo el pan del mundo podría salvar a la niña y a su familia. Necesitaban que cuidaran de ellos en un hospital. El mío era el gesto ineficaz de alguien que no tenía ni la menor idea de qué hacer frente a tanta miseria humana, pero esperaba que hacer algo al menos fuera mejor que quedarse de brazos cruzados.
Encontré la panadería y me apresuré a entrar. Había dos dientas antes que yo, pero cuando me vieron señalando como una loca al pan y vaciando mi monedero en el mostrador ambas mujeres se apartaron, con la esperanza de que cuanto antes despachara el panadero a la loca extranjera, antes se marcharía. Había oído que el pan alemán era nutritivo, y que incluso podía sustituir a la verdura durante el invierno, así que señalé todos los tipos disponibles -blanco, negro y de centeno- y me marché de la tienda con los brazos cargados de hogazas de pan.
Corrí de vuelta por Unter den Linden hasta la calle donde estaba la juguetería. En el portal donde la madre yacía tumbada no había nadie. Miré por toda la calle, pero no pude localizar a la niña por ninguna parte. «No pueden haber ido muy lejos -pensé-, no en esas condiciones».
Sentí la tentación de llamarla en alto, pero temía que solamente lograría atraer la atención de los dos jóvenes de antes. Anduve arriba y abajo por la calle en ambas direcciones, después coloqué el pan en el portal en el que la mujer había estado antes y me pasé la mano por el rostro. No podía quitarme de la mente la expresión torturada de la cría. Debía de haber pensado que yo estaba huyendo de ella.
Dejé el pan en el portal, aunque no sabía quién se iba a beneficiar de él, aparte de los ratones. Pensé en los panecillos que había pedido de desayuno esa mañana y en los trozos que me había dejado sin acabar en el plato, y me sentí culpable. Me volví para recorrer de nuevo la calle y me encontré cara a cara con uno de los dos jóvenes, el de la sonrisa maliciosa. De cerca, tenía un aspecto aún peor. El blanco de sus ojos era vidrioso, como el de un cadáver, y apestaba a tabaco y a sudor. Antes de que pudiera moverme, me agarró del brazo.
– Française? -preguntó, apretándome la piel con los dedos-. ¿Eres francesa?
No esperó a oír mi contestación para escupirme en la cara. El salivazo me ardió sobre la piel como si fuera ácido y fue suficiente como para ponerme en acción. Le empujé y corrí por la calle. Me había cruzado con un policía de vuelta de la panadería. No podía haberse alejado mucho, por si necesitaba gritar para que viniera en mi ayuda.