No conocía lo suficiente Berlín como para saber que el Romanische Café era el lugar de reunión de la élite literaria y cultural de la ciudad, pero sabía lo suficiente sobre cafés como para quedarme impresionada con el tamaño de aquel. Su aforo era para mil plazas sentadas y tenía más bien el tamaño de una sala de baile que de un café. Un portero que estaba de pie junto a la puerta giratoria nos dio la bienvenida. No pude evitar fijarme en la etiqueta de su nombre: Nietz. Me sonaba como la palabra inglesa para limpio, neat, lo cual me hizo gracia porque aquella palabra lo resumía todo en él, desde sus lustrosísimas botas hasta su barba cuidadosamente afeitada.
Ardía en deseos de conocer al conde Kessler después de que André lo hubiera definido como «el hombre con los mejores contactos de Alemania» y me hubiera contado que era amigo de todo el mundo, desde Max Reinhardt hasta Einstein. Reconocí al conde sin que nadie me dijera quién era. Estaba sentado en una mesa reservada a los clientes habituales y era exactamente como me lo había imaginado, incluso iba más allá: un hombre elegante de cincuenta y muchos, de dedos afilados, mirada apreciativa y una sonrisa leve pero amable.
Desde el momento en el que el conde se puso en pie, nos saludó en un elegante francés y nos dimos un efusivo aunque formal apretón de manos, me quedé fascinada con él. Sus contradicciones resultaban muy interesantes. Era como si se hubiera llevado lo mejor de todas las culturas a las que había estado expuesto: la precisión de los alemanes y los suizos, el tacto británico, el encanto y la chispa franceses y la animada sencillez irlandesa. Era un hombre verdaderamente cosmopolita.
– Me he tomado la libertad de pedir tarta de fresa para todos. Les prometo que está muy buena -anunció el conde, sonriéndome abiertamente.
Su piel tenía una tonalidad cetrina alrededor de los ojos, cosa que sugería que no gozaba de buena salud, pero su rostro estaba alerta y sus movimientos eran tan enérgicos que perfectamente podría haber tenido la misma edad que yo y no cuarenta años más.
El conde me observó detenidamente, asimilándome.
– André me ha dicho que es usted una cantante y bailarina de mucho talento.
Miré de reojo a André. Al principio, sentí la tentación de negarlo, al menos para demostrar modestia. Pero luego pensé: «¿Por qué debo negarlo?». Eso era lo que quería ser y André estaba decidido a hacerlo realidad.
– ¡Estoy segura de que llegaré a serlo, sobre todo si André se implica en el proceso! -le respondí.
– Simone ha alcanzado una especie de tope en su carrera en París -le explicó André-. Pero lo que es sorprendente es lo lejos que llegó antes de que eso sucediera. Nunca ha recibido una formación adecuada. Confío en que si se expone a diferentes estilos y a una ciudad distinta volverá a París transformada.
– Aquí en Berlín hay profesores excepcionales -nos contó el conde-. Puedo escribirles cartas de presentación, si lo desean.
André y yo aceptamos con entusiasmo su propuesta.
El conde asintió.
– Berlín es distinto a París, mademoiselle Fleurier -me dijo-. Me puedo imaginar que los franceses estarían entusiasmados no solo por su talento, sino también por su vitalidad. Podría haber adivinado que era usted francesa desde el momento en el que entró por la puerta, por el brillo de sus ojos y la manera en la que vibra su cuerpo, como si cada nueva experiencia vital fuera una tarta de fresa que le estuviera haciendo la boca agua. Los alemanes son más cínicos. Pero, al mismo tiempo, creo que si uno se expone a diferentes culturas, logra profundizar en su propia personalidad y eso solamente puede contribuir al desarrollo de una artista como usted.
– Acabo de llegar a Berlín y ya siento que eso me está sucediendo -le confesé, enormemente satisfecha por que me hubiera llamado «artista». Creía firmemente que lo que me había dicho era cierto. Había nacido en Pays de Sault, pero ahora también tenía en mí algo de Marsella y de París-. Quizá Berlín logrará mejorar mi concentración y disciplina -comenté.
El conde se inclinó hacia mí.
– Hay ciertas cosas de Berlín que quizá la escandalicen -me advirtió-. En el cabaré parisino, las canciones tratan sobre desengaños amorosos y pobreza. En Berlín, los cabarés son mucho más políticos… y, con frecuencia, también son más nihilistas. El sexo y la muerte son dos obsesiones omnipresentes aquí.
André también se inclinó hacia delante y susurró en un tono conspiratorio:
– Afortunadamente, a diferencia de los ingleses y los estadounidenses, los franceses no nos escandalizamos tan fácilmente.
Por alguna razón, aquel comentario le hizo gracia al conde. Su rostro se ruborizó y escondió la barbilla hacia el cuello, haciendo todo lo posible por controlar la risa. Pero se le estremeció el pecho y la dejó escapar en forma de rugido. Aquel sonido pasó por encima de las mesas y rebotó contra las paredes, mucho más alto que el tintineo de las tazas de café y las apagadas conversaciones que nos rodeaban. Cuanto más trataba de contenerse el conde, más carmesí se le ponía la cara y más alto se reía. Entonces, André explotó a reír, emitiendo un sonido grave semejante a un ladrido, haciéndole eco a la alegría del conde, como un mastín tras una pelota. Miré a uno y a otro, ambos con los rostros contraídos y los torsos temblorosos. Eran como un dúo musical interpretando la música de la alegría.
Mademoiselle Canier llegó con su sirvienta y tres compartimentos llenos de equipaje al día siguiente. Parecía como si planeara mudarse a Berlín de manera permanente. Cuando me vio esperando en la estación con André, frunció el ceño fugazmente.
André ayudó a mademoiselle Canier a bajar al andén y ella le plantó un prolongado beso en los labios. Su actitud parecía haber cambiado en los últimos días. Se comportaba igual que en Le Boeuf sur le Toit, colgándose del brazo de André como un alga al casco de un barco.
Tras un almuerzo en el que solo nos intercambiamos monosílabos y durante el cual mademoiselle Canier se comió un pepinillo y apartó el resto de su comida a un lado del plato, me alivió enterarme de que tenía que volver a París quince días más tarde para asistir a un baile celebrado por su prima. Al menos, tendríamos un respiro. Mientras había estado a solas con André, él se había comportado de manera muy informal. Tan pronto como mademoiselle Canier llegó, volvió a llamarme mademoiselle Fleurier. Me di cuenta de que tendría que sentirme de una manera con respecto a él y comportarme de otra muy distinta.
El conde Kessler se nos unió para la cena en el Adlon aquella noche. Una sonrisa divertida apareció en la comisura de sus labios cuando vio a mademoiselle Canier dirigirse al personal en francés. A mí y al conde nos ignoraba, excepto cuando André se dirigía específicamente a nosotros durante la conversación. Después, los cuatro dimos un paseo por la Friedrichstrasse. Todos los edificios parecían albergar cabarés, cines, burdeles, salas de baile o fumaderos de opio. Las prostitutas atestaban todas las esquinas y merodeaban por todos los soportales. Estaba acostumbrada a las fulanas de Marsella y a las estridentes prostitutas de Montmartre, pero las putas de la Friedrichstrasse me resultaban muy agresivas: tenían un aspecto brutal y peligroso, envueltas en boas de plumas, cadenas y borlas. Un ama dominatriz guardaba su esquina con paso de pantera, blandiendo un látigo y enseñando los dientes al gruñir. Había otra mujer sentada sobre una boca de incendios completamente desnuda, a excepción de un par de botas de cordones. Pero lo que más me sorprendió fue que la gente que paseaba arriba y abajo por las aceras de la calle no eran hordas de obreros, sino hombres con pajarita y camisas con botones de madreperla y mujeres ataviadas con vestidos de seda oriental. Se bajaban de limusinas Mercedes Benz y contemplaban lo que había a su alrededor con una actitud de diversión voyeurista. «No todo el mundo ha debido de perder su dinero durante la crisis», pensé. Los magnates, los especuladores y los delincuentes parecían haber amasado buenas fortunas.